No tenía previsto, dentro de mi proyecto de los puentes venecianos, ir a la isla de Murano. Ciertamente había catalogado sus puentes para que, en caso de finalizar los de la propia Venecia, tuviera estudiado el itinerario más rápido y adecuado.
Es obvio que me sobró tiempo en el proyecto, pues aquí quedan reflejados los doce pasos sobre el agua de Murano.
Doce era un número que me permitía llevar a cabo una locura: iba a darle un aire completamente distinto a lo hecho hasta ahora.
Si en el anterior capítulo combiné los puentes de San Marco con la historia de la física de partículas, este iría por derroteros completamente antagónicos.
Quería componer un verso.
Primer intento fallido
Mi primera idea, aprovechando la popularidad de la película de este verano, «La Odisea» de Christopher Nolan, fue intentar describir la visita a Murano al estilo homérico.
Así que fui a la parte no científica de mi librería (que la tengo) y tomé mi traducción de José Manuel Pabón del canto homérico (Editorial Gredos, 1993).
Reconozco que no pillaba el ritmo, ni por supuesto la inexistente rima. Me documenté sobre cómo debía sonar el canto en el metro de la poesía épica (hexámetros dactílicos).
Llegué al poeta Agustín García Calvo y a sus audios recitando la Ilíada y la Odisea.
Encontré también a este caballero, que me hizo mucha gracia.
También dedique mi tiempo a leer a quien, probablemente, plasmó de manera más fiel la métrica tónica/átona de los aedos arcaicos griegos.
El poeta nicaragüense, Rubén Darío, tiene un poema donde se marca el antinatural ritmo de los dáctilos. Descubrir esto supuso desbloquear un recuerdo del B.U.P. que seguía en algún oscuro rincón de mi cabeza.
Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!
...
Tras varios e infructuosos intentos por mi parte de hacer algo parecido con los puentes de Murano, tuve que tirar la toalla.
Retorno a los orígenes
Desestimada una Odisea fluvial en Murano, volví a mis intentos patéticos de componer sonetos. Aunque tampoco son muy naturales en esta época, me siguen pareciendo un método bello de estrujarse la cabeza intentando construirlos.
Así que tomé mis notas de papel, donde anoto cosas inverosímiles en los viajes, y, a partir de ese material, tocaba construí este periplo muranés.
Mi método para construirlos es simple: anotar un pequeño guion con ideas básicas, buscar metáforas imposibles sobre esas ideas y, por supuesto, un diccionario de rimas.
Una vez construido un esqueleto que obviamente no cumple la estricta métrica endecasílaba, toca jugar con los dedos. Sí; los dedos golpeando la mesa para que el ritmo nazca de los golpes de las yemas y cambiar las rimas mil y una veces.

No ha sido mi propósito construir una obra poética (esa la tengo en los diarios ocultos), sino ponerme el reto de contar el viaje a Murano de un modo distinto, original y, por qué no decirlo, sorprendente.
Además, le prometí a una persona que este capítulo iba dedicado a ella. Mi objetivo: intentar animarla y sacarle una sonrisa.
Epigramas Muraneses
Como en los capítulos anteriores os pongo el mapa del trayecto para que os sirva de guía.
Cada soneto es una etapa en el paseo por los puentes de Murano.
Dentro de cada soneto aparece en negrita violeta el nombre del puente, que generalmente señala el final de cada trayecto.
También he puesto en negrita las palabras que hacen referencia a objetos, nombres y, en general, sensaciones que salieron de mis notas tras recorrer los itinerarios.
Esas referencias pueden verse si haces el recorrido a pie por donde yo señalo. Es una especie de juego del tesoro (scavenger hunt) reservado para el viajero ocasional que observa más allá de lo que un turista despreocupado mira.
Ponte Santa Clara
Dejando atrás la Fondamente Nuove,
me adentro en la clara y vítrea comuna;
Tras periplo por Estigia laguna,
Mi ánima en Murano ya se muove.
Hacia el Vetrai mi paso se hace breve,
donde el cristal adquiere su fortuna
que de belleza no hay igual ninguna,
mientras la tarde su color conmueve.
Allí el soplo de Apolo con su fuego
cambia la dócil y dorada arena
en brillantes sobre dorada tiara
y el ojo atónito contempla el juego
de una materia de tesoros llena
al llegar al Ponte de Santa Clara.

Ponte de Mezo
Del malecón Manin salgo por babor,
mosaicos brillantes en la retina;
ante el león alado de la esquina,
reluce el cristal con noble resplandor.
Cruzo dos sotoportegos sin temor,
donde un pulpo asoma en una vitrina,
y al entrar en la sombra que domina
el ramo del Forno luce su fulgor.
Al dejar el lúgubre pasadizo,
cual impostado arlequín en Carnaval
susurro oscuro y arcano hechizo:
Que aparezca bajo estrellado umbral,
el Ponte de Mezo, ladrillo rojizo,
erguido en olio dorado en el canal.

Ponte di San Pietro Martire
Por el Vetrai el río curva y gira,
dejando el Campo Pescheria a un lado,
y con dos arcos sobre el hueco alado
el muro con la piedra ya conspira.
La Madonna desde la pared mira,
asiente el niño sentado a su lado,
la Torre de Stefano y su legado,
reflejo dorado en su orbe expira.
Al Ponte de San Pietro Mártir llego,
donde un antiguo escudo en simetría
sus círculos en filas le delata.
Y en la madera del altar sin fuego,
la muerte nombra al vecino que guía
la humilde oración que al alma rescata.

Ponte Longo y Ponte de madera (efímero)
Por la Fondamenta Mula camino,
y contemplo el Cometa con su estrella;
gigante de cristal, alta y tan bella,
que enciende la penumbra en mi destino.
Llego al Gran Canal tras el mar marino;
se abre a oriente y a occidente luego,
a su curso sereno yo me entrego
entre dos rumbos sin fe me encamino.
El Ponte Longo, hierro verde y viejo
por el óxido denso está cerrado,
y un Ponte de madera cruzo inquieto;
al virar miro al agua y su reflejo,
veo a Corto, aguarda en el otro lado;
una acémila le dicta un secreto.


Ponte San Donato
De la Riva Longa el paso encamino,
al portal donde la Vida se nombra;
un viejo barbudo oculto en la sombra,
deja en la piedra su rasgo latino.
El paso oculto guía mi destino
donde Giustiniani el agua alfombra;
frente al blanco mármol que al aire asombra,
ante los caídos la testa inclino.
El Ponte San Donato el paso entrega,
donde doble arquería se despliega;
el ábside en el agua un brillo riega.
Su alta columnata al alma anega,
su limpio reflejo en canal navega,
y la fe ante su gracia no se niega.

Ponte San Martino
Queda atrás Donato; en la cubierta
la placa de Cerutti habla sincera,
del cura fiel que fue la voz primera
dando al abrumado la puerta abierta.
Tapiz de oro y vidrio nos despierta
su alfombra bajo el templo de alta esfera;
la Virgen desde el ábside es lumbrera
que al recinto sagrado tiene alerta.
Busca fuera los trígonos que el muro
mantiene en la estructura de la arcada,
mientras la brisa el cauce limpio exhala,
En San Martino la meta está dada,
donde el cruce de piedra ya es seguro,
la tenue corriente extiende su ala.

Ponte de le Terese
Por Sebastiano Santi el rumbo trazo,
que al fino Pomo Grana nos sujeta;
atrás la Calle Volpi ya no inquieta,
mientras la tarde cierra su firme lazo.
Cuatro caras de Istria en su regazo
el arco labra y su perfil completa;
la cruz en el ladrillo es su secreta
señal de fe que deja un dulce abrazo.
Las Case Nove muestran su retiro,
donde el ambiente plácido florece
sin el afán del agua en su suspiro.
Al Ponte de Terese ya parece
que el tránsito en la brisa halla un respiro,
mientras la tarde en calma permanece.

Ponte de le Case Nove
Siente el firme mudar bajo el desvelo,
donde el guijarro cambia su barranca;
un ariete la nave fija y tranca,
y ropa como lágrima alza el vuelo.
Muestra el llano empedrado un nuevo suelo
que la hiedra silvestre hoy desfalca;
la columna en arco su marco estanca
con efigies sagradas bajo el cielo.
En el cameo dos peregrinos ves
guardando la ventana dividida,
mientras la brisa en la hiedra se apura.
Pues el Ponte de le Case Nove es
el paso de metal que nos convida
a cruzar la corriente clara y pura.

Ponte Angelo Zaniol y Ponte Serenella
La Calle del Beato es una vía
sin rumbo ni destino, es un gran error;
quien allí busca el deporte con dolor
va hacia el Ponte Zaniol con tal porfía.
Allí el grumete ve con osadía,
con el noble comodoro a su estribor,
el brillo de los astros y su fulgor
que sobre el mar oscuro se lucía.
Perdidos por el viejo y gran distrito,
que nos conduce al Campo San Bernardo,
la ruta nos resulta ya cansada.
La Calle Motta dio su trazo escrito,
junto al canal al que sufriendo aguardo,
al Ponte Serenella en la llegada.


Ponte San Cipriano
La Calle San Cipriano es un camino
junto a un muro sombrío de ladrillo;
su alambrada proyecta un duro brillo
que evoca el cierro de un penal mezquino.
Dejo atrás una plaza sin destino,
gris espacio que cruzo cual pasillo;
al reencontrar la mar, gozoso chillo,
puesto que he conquistado mi vellocino.
El Ponte San Cipriano el agua engaña,
la atrapa en su interior sin dar salida,
trampa de piedra en la laguna regia.
Y aquí termina esta extensión extraña:
tomamos ya la embarcación querida
hacia mi inmortal amante, Venecia.

Referencias
¿Te atreves a sugerir a qué puntos reales hacen referencia las palabras de los sonetos que aparecen en color rosa palo ( o salmón, que yo no soy muy bueno para distinguir los tonos)?




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