Los puentes de San Marco

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88–133 minutos

El último de los sestieri de Venecia merece un tratamiento especial. Voy a intentar entrelazar dos relatos paralelos: uno dedicado a los inevitables puentes que dan sentido a este proyecto fotográfico y otro a la historia de un descubrimiento aún más ambicioso, el de aquello de lo que estamos hechos nosotros y de lo que está hecho cuanto nos rodea. No será una tarea sencilla. Es muy posible que el tiempo necesario para escribirlo se alargue más de lo razonable y que también el tiempo de lectura sea inasumible para un lector ocasional. Pero, como decía aquel célebre presentador de TVE: «Aquí se viene a jugar».

Si no te interesa el segundo relato, puedes pasar de puntillas por él. Te lo pondré fácil: cada uno de los pasos en la historia de las partículas irá plegado. Para acceder a su lectura, deberás pulsar sobre el signo “+” que aparece a la derecha en cada uno de los Pasos de la Historia de los descubrimientos de las partículas fundamentales.

Para comenzar, nada mejor que un poema sobre Venecia. Quizá el más hermoso de cuantos he leído, y no han sido pocos.

El poema pertenece a un autor ruso que, además, fue yerno del gran Dmitri Mendeléyev, el sabio que ordenó los elementos en la tabla periódica y dio forma a una de las herramientas científicas más poderosas de la historia. Parece, por tanto, un punto de partida apropiado para hablar de la catalogación de la materia y también de los puentes de San Marco a través de los versos del gran poeta Александр Александрович Блок.

Os dejo a continuación el poema en su versión original rusa y la traducción que he podido encontrar (Mis coqueteos con el ruso acabaron infructuosamente).

Венеция

Холодный ветер от лагуны.
Гондол безмолвные гроба.
Я в эту ночь — больной и юный —
Простерт у львиного столба.

На башне, с песнию чугунной,
Гиганты бьют полночный час.
Марк утопил в лагуне лунной
Узорный свой иконостас.

В тени дворцовой галлереи,
Чуть озаренная луной,
Таясь, проходит Саломея
С моей кровавой головой.

Всё спит — дворцы, каналы, люди,
Лишь призрака скользящий шаг,
Лишь голова на черном блюде
Глядит с тоской в окрестный мрак.

Venecia

Por la laguna un viento frío.
Los silenciosos ataúdes de las góndolas.
Yo, esta noche -enfermo y joven-,
me desplomo junto a la columna del león.

Con un canto de hierro fundido
los gigantes de la torre dan la medianoche.
En la laguna iluminada por la luna
San Marcos ha ahogado sus iconos de encaje.

Por la galería del palacio
apenas iluminada por la luna
sigilosa entre las sombras pasa Salomé
llevando mi cabeza ensangrentada.

Todo duerme -palacios, canales, hombres-,
sólo se desliza el paso del fantasma,
sólo la cabeza desde el plato negro
mira con angustia la oscuridad en cerco.

El ruso puede dar la impresión de ser una lengua áspera, forjada en las estepas por los jinetes tártaros y los inviernos oscuros y eternos. Sin embargo, siempre me ha parecido profundamente musical. Los poemas escritos en ruso, del mismo modo que los compuestos en francés, poseen una cadencia especial que los eleva y les concede una belleza difícil de explicar y muy fácil de sentir.

Empecemos, primero, con el mapa que nos permite ubicar los puentes del sestiere de San Marco:

Nuestro punto de partida será el Ponte di Rialto. Si has seguido los recorridos que he ido proponiendo en esta particular guía veneciana, alcanzar la línea de salida de este último itinerario no supondrá esfuerzo alguno.

En la Venecia oriental, justo en la esquina donde se encuentran el Ramo dei Bombaseri y la Pescaria San Bartolomeo, comenzaremos un nuevo periplo. No tiene pérdida: avanzaremos siempre junto a esta orilla del Gran Canal, dejando atrás la Riva del Ferro (donde desaloja los turistas, o más bien vomita, el vaporetto procedente de Piazzale Roma) y la Riva del Carbon, que discurre bajo un sotoportego de proporciones monumentales.

Justo al rebasar su última arcada encontraremos el Ponte Manin. Para fotografiarlo tendrás que armarte de cierto valor y asomarte al Gran Canal desde la inestable pasarela de maderas bailarinas donde atracan los taxis acuáticos.

Ponte Manin

Caminar por la Riva del Carbon me trae inevitablemente a la memoria una de las particularidades del átomo de carbono, base de la única forma de vida que conocemos en el universo: la del planeta Tierra.

Una de las razones por las que el carbono resulta fundamental en la arquitectura de la materia es su capacidad para formar enlaces muy fuertes y, al mismo tiempo, versátiles. La clave está en sus cuatro electrones de valencia, situados en su capa más externa.

Los electrones, esas diminutas partículas que podríamos imaginar como los abrazos con los que los átomos se enlazan entre sí.

El electrón fue la primera partícula subatómica en ser descubierta. En 1897, el físico J. J. Thomson los identificó mediante un experimento con uno de los dispositivos más novedosos de la época: los tubos de rayos catódicos.

Thomson dedujo que se trataba de partículas con carga negativa y que su relación carga/masa era mucho mayor que la de cualquier objeto previamente medido. A esta nueva entidad la llamó electrón.


Al descender los escalones del puente hacia el siguiente tramo de la Riva del Carbon dirige tu mirada a la columna desoxirribonucleica de la esquina del Palazzo Bembo, cuya portada aparece además adornada con un taqueado jaqués que uno difícilmente esperaría encontrar en estos confines del Adriático. Las rutas comerciales medievales transportaban mucho más que especias.

En la primera oportunidad gira a la izquierda para tomar la Calle Bembo. Girar a la izquierda, por supuesto, te está permitido, aunque sospecho que girar a la derecha es algo que no se te pasa por la cabeza salvo que quieras darte un chapuzón.

Al llegar a la primera encrucijada de la Calle Bembo volveremos a girar a la izquierda, esta vez por la Calle del Lovo que, obedeciendo una lógica poco frecuente en el laberinto veneciano, termina exactamente donde cabría esperar: en el Ponte del Lovo.

Ponte del Lovo

Lo que distingue a este pequeño puente de los demás es una antigua tradición veneciana que le atribuye un privilegio singular.

Es el único punto de la ciudad desde el que puede contemplarse el Campanile de San Marco.

Esa supuesta exclusividad lo convierte, por así decirlo, en un puente alfa. Del mismo modo que en una manada de lobos siempre hay un individuo que sobresale sobre los demás por su fuerza, experiencia o astucia, este modesto puente habría logrado imponerse a todos los demás gracias a una perspectiva que ninguno otro posee.

En 1917, Ernest Rutherford continuaba investigando los fenómenos radiactivos descubiertos años antes por Henri Becquerel, Pierre Curie y Marie Skłodowska-Curie. Rutherford había identificado tres tipos distintos de emisiones radiactivas. A la primera de ellas (quizá porque también parecía ocupar una posición dominante) la bautizó con la primera letra del alfabeto griego: alfa.

Aquellas partículas alfa se convirtieron en proyectiles con los que bombardeó distintos materiales. Uno de ellos fue el nitrógeno. Al analizar los productos de esas colisiones observó la aparición de núcleos de hidrógeno. Por entonces ya se sabía que el número atómico del hidrógeno era uno, así que Rutherford propuso que su núcleo constituía una partícula fundamental dotada de carga positiva. La llamó protón (aunque eso fue algo más tarde, en 1920), palabra derivada del griego prôtos, que significa «el primero».


Continuaremos nuestro camino por la Calle del Lovo, una vía sobre la que poco puede decirse salvo que está abundantemente poblada de comercios cazaturistas. Esta pequeña arteria constituye un paso obligado para quienes recorren Venecia con las anteojeras del viajero ensimismado en su destino final.

Atravesamos el Campo San Salvador, flanqueado por la iglesia del mismo nombre y por la Scuola Grande San Teodoro. Ambos lugares ofrecen conciertos de música barroca, circunstancia más que suficiente para despertar mi interés. La iglesia alberga, según dicen los melómanos, uno de los mejores órganos de la ciudad. No he tenido todavía el privilegio de escucharlo, pero sí he visitado al menos uno de los salones de la Scuola, disfrutando de cantatas y arias del siglo XVIII.

Te sorprenderá encontrar un encabezado de desplegable numerado con un paso no entero. La explicación es mucho más prosaica de lo que imaginas.

Se me había olvidado una partícula y no estoy por la labor de renumerar toda la entrada. Así que este desplegable es, en realidad, lo último que escribo para completar este recorrido. Salvo, claro está, que reciba alguna corrección de Francis Villatoro, a quien considero una auténtica cima del conocimiento enciclopédico en física. Confío en que sus observaciones se limiten al contenido de estos desplegables y no a mis itinerarios por los puentes de Venecia.

La partícula olvidada no era precisamente una cualquiera. Es la más abundante del universo. La que hace posible que podamos ver y la que, hasta hace apenas unas décadas, era el único mensajero que nos permitía contemplar el pasado remoto del cosmos.

Si todavía no sabes de cuál hablo, empezaré a preocuparme.

Exacto. El fotón.

Casi todo el mundo sabe que el fotón es el cuanto de la luz. Sin embargo, durante siglos la luz se entendió como una onda electromagnética y no como un flujo de partículas.

Bueno… hagamos una excepción con Newton y aquel efímero sueño corpuscular que concibió en Woolsthorpe, donde incluso desarrolló una descripción matemática de la luz basada en pequeños corpúsculos.

A comienzos del siglo XX, Max Planck resolvió el problema de la radiación del cuerpo negro introduciendo la cuantización de la energía. Pero ni siquiera él llegó a pensar que la propia luz estuviera formada por partículas.

Ese paso lo dio Albert Einstein.

En uno de los artículos de su annus mirabilis de 1905 explicó el efecto fotoeléctrico, el trabajo que años más tarde le valdría el Premio Nobel de Física.

Si Planck había cuantizado el intercambio de energía entre la radiación y la materia, Einstein fue mucho más lejos al proponer que la luz estaba realmente compuesta por cuantos de energía. Solo así podía entenderse que un metal emitiera electrones únicamente cuando cada cuanto de luz poseía la energía suficiente para arrancarlos. Da igual cuántos cuantos (menuda paronomasia me ha salido😂) de baja energía incidan sobre un electrón: ninguno conseguirá expulsarlo si, individualmente, no supera el umbral necesario.

Pero Einstein era un teórico. Su propuesta explicaba los experimentos, aunque nadie había observado todavía un fotón comportándose como una partícula. Bueno… quizá sí, si descontamos los que rebotaban en los ojos de aquellos seress con falda por las que, según parece, sentía una especial debilidad.

Hubo que esperar hasta 1923 para que el físico estadounidense Arthur Compton demostrara experimentalmente que el fotón transporta momento lineal, una propiedad que hasta entonces parecía reservada a la materia.

Compton hizo incidir rayos X sobre electrones casi libres y comprobó que la radiación dispersada cambiaba de longitud de onda exactamente del modo esperado si los fotones chocaban con los electrones como diminutas bolas de billar. Aquel experimento se convirtió en una de las demostraciones más brillantes de la naturaleza corpuscular de la luz.

La deducción matemática del efecto Compton fue una de las primeras pizarras que mi profesor de Física Cuántica de segundo curso, Rafael Núñez-Lagos, llenó con tiza los primeros días de clase. Todavía conservo aquellos apuntes. Y, aunque ya no sería capaz de reproducir toda la demostración sin consultar algún libro, cada vez que vuelvo a verla recuerdo la sensación de estar contemplando cómo una ecuación era capaz de revelar un secreto de la naturaleza. Afortunadamente en sus clases no me iba a jugar al guiñote al ya desaparecido Bar Chirolas que estaba en la calle Arzobispo Apaolaza, justo al lado del recinto universitario.

Giraremos a la derecha por la Marzaria San Salvador, que recorreremos hasta encontrar el primer sotoportego de la Calle de le Acque. Esta desemboca en un nuevo paso cubierto donde se oculta el Ponte al civico 4934, un puente privado que da acceso a cuatro viviendas situadas al otro lado del Rio dei Bareteri. Si la altura de sus puertas guarda alguna relación con la de sus moradores, podríamos concluir que allí residen un elfo y tres hobbits, exiliados de la Tierra Media para ser acogidos en la Tierra lagunar.

Ponte al Civico 4934

El Ponte al civico 4934 también es conocido como Ponte de le Acque, ya que constituye la prolongación natural de la calle que lleva ese mismo nombre.

Un paso de agua sobre agua. Demasiada agua, quizá, para algunos lectores, que a estas alturas podrían empezar a encontrar cierta monotonía caminando al lado del líquido elemento. Pero, desde luego, no podréis decir que el agua sea pesada.

Bueno, en realidad sí existe el agua pesada.

Se trata de una variedad particular de agua en la que los dos átomos de hidrógeno que acompañan al oxígeno son núcleos de deuterio, es decir, núcleos formados por un protón y un neutrón. Podemos asegurar sin riesgo a equivocarnos que solo 1 de cada 3300 moléculas de las aguas del canal es pesada.

Y es precisamente ese neutrón es el involuntario protagonista del tercer paso hacia el conocimiento de lo más pequeño que acompaña nuestra historia.

En 1932, el físico inglés James Chadwick identificó una misteriosa radiación extremadamente penetrante al bombardear núcleos ligeros, como los de berilio, con partículas alfa en el célebre Cavendish Laboratory. Aquella radiación tenía una característica desconcertante: no era desviada por los campos eléctricos.

En un primer momento se pensó que podía tratarse de rayos gamma, cuya existencia ya era conocida. Sin embargo, los cálculos teóricos y los experimentos posteriores demostraron que aquella explicación no encajaba con las observaciones. Entre quienes contribuyeron a esclarecer el problema se encontraba Ettore Majorana, cuyos trabajos ayudaron a comprender la naturaleza de la nueva partícula.

La conclusión fue extraordinaria: aquella radiación estaba compuesta por partículas eléctricamente neutras y con una masa muy similar a la del protón. Había sido descubierto el neutrón, la pieza que faltaba para completar la imagen básica del núcleo atómico y comprender por qué los átomos podían existir sin que sus protones se repelieran hasta desintegrarse.


El camino hacia el siguiente puente apenas supera los treinta metros. Basta con atravesar el sotoportego de le Acque, que nos conduce directamente al Ponte dei Bareteri. Lo más probable es que ya lo hayamos fotografiado desde nuestra parada anterior y, si has leído mis recomendaciones, volverás a hacerlo desde la siguiente.

Ponte dei Bareteri

Un sotoportego —o sotoportico, según otras fuentes— es una calle sumergida bajo las casas, un pasaje que parece ocultarse en el interior mismo de la ciudad. A veces la realidad física también permanece sumergida, aunque no bajo ladrillos y piedras de Istria, sino entre ecuaciones matemáticas. Y, por inverosímiles que puedan parecer algunas de sus soluciones, estas suelen ser una señal de que la naturaleza guarda sorpresas aún no descubiertas.

La siguiente partícula fundamental fue anticipada precisamente de ese modo: como una solución inesperada de una ecuación propuesta por Paul Dirac. Una solución tan audaz que algunas de las mayores eminencias de la época la descartaron por considerarla un mero artificio matemático.

La historia merece una entrada propia, que tengo desde hace tiempo entre mis borradores — dedicada a la fábrica de antimateria del CERN— y que espero retomar cuando concluya esta aventura veneciana.

Aquí me limitaré a su descubrimiento. En 1932, el físico Carl David Anderson identificó en los productos originados por los rayos cósmicos una partícula que parecía un electrón, pero con carga positiva. La observó gracias a una cámara de niebla sometida a un campo magnético: la nueva partícula describía una curvatura idéntica a la del electrón, aunque en sentido contrario. Tenía la misma masa, pero la carga opuesta.

Había sido descubierto el positrón, la primera partícula de antimateria, exactamente la que las ecuaciones de Dirac habían anticipado años antes.

Y ya que mencionamos a Dirac, merece la pena recordar una anécdota. Su legendaria timidez y extrema economía verbal dieron origen a una unidad humorística de medida: el dirac, definido como una palabra por hora de conversación. Una magnitud que, confirmo, habría resultado muy útil para cuantificar mis diálogos durante las largas jornadas de paseos venecianos.


Cruzamos el Rio dei Bareteri para continuar por la orilla opuesta y, casi sin sentirlo, llegamos al Ponte dei Pignoli. En su estribo contrario se abre el sotoportego Tramontin, también conocido como Basadonna, un paso cubierto tan singular que desafía su propia condición de calle. No conduce a ningún lugar salvo a las aguas del canal y, más que un tránsito para peatones, da la impresión de ser una diminuta atarazana para embarcaciones menores. Ni siquiera una góndola podría descansar en él.

Ponte dei Pignoli

Pignoli, en italiano, hace referencia a las semillas del pino: los piñones. Y aunque el nombre de la siguiente partícula descubierta rima perfectamente con esa palabra, también lo hacen con casi todas las demás, de modo que la relación resultaría demasiado elemental incluso para los estándares de esta crónica.

Prefiero aferrarme a otro significado del nombre del puente, mucho más sugerente para nuestro propósito. En italiano, un pignoli es alguien meticuloso, detallista, minucioso hasta el extremo.

Pero hagamos un breve inventario de los descubrimientos acumulados hasta este puente.

Ya hemos conocido el electrón, el protón y el neutrón, los tres ingredientes fundamentales de toda la materia ordinaria. También hemos descubierto el positrón, que no es otra cosa que un electrón con carga positiva y, por tanto, la primera partícula de antimateria identificada.

Lo lógico hubiera sido buscar a continuación las antipartículas del protón y del neutrón. Sin embargo, la naturaleza rara vez se preocupa por satisfacer nuestras expectativas y en los rayos cósmicos todavía aguardaban sorpresas.

En 1937, los físicos Carl David Anderson y Seth Neddermeyer examinaban con extraordinaria minuciosidad las trazas dejadas por los rayos cósmicos en una cámara de niebla. Entre ellas encontraron una partícula con carga negativa cuya trayectoria se curvaba bajo la acción de un campo magnético. Hasta ahí nada especialmente sorprendente.

Lo curioso era la desviación de la trayectoria. No se comportaba ni como un electrón ni como un protón. Su radio de curvatura ocupaba una posición intermedia entre ambos. Como dicho radio depende, entre otras cosas, de la masa de la partícula, aquello significaba que se encontraban ante un objeto cuya masa también se situaba entre las de esas dos partículas ya conocidas.

Inicialmente recibió el nombre de mesotrón, precisamente porque parecía ocupar una posición intermedia. Más tarde, cuando se descubrieron otras partículas de masa intermedia fue necesario poner algo de orden en el creciente zoológico subatómico y pasó a denominarse muón.

Y fue precisamente la meticulosidad de aquellos físicos —unos auténticos físicos pignoli— la que permitió sacar a la luz la verdadera naturaleza de esta extraña partícula. Y como también eran muy perfeccionistas —otra acepción de “pignoli”— también descubrieron el anti-muón, que solo se en la carga de su correspondiente contrapartida de materia ordinaria.


Volveremos a la otra orilla del Rio dei Bareteri para continuar por la Fondamenta Morosini de la Regina hasta encontrarnos con la Calle del Tagiapiera. La recorreremos íntegramente hasta desembocar en la Calle de le Ballotte, que tomaremos hacia la izquierda y que nos conducirá directamente al Rio di San Salvador, donde aparece el Ponte de le Ballotte.

El puente, sin embargo, es de esos tímidos que evitan ser foco de objetivos indiscretos. Sus inmediaciones no ofrecen ninguna perspectiva digna de tal nombre y resulta imposible obtener una imagen satisfactoria desde sus cercanías.

Afortunadamente,siempre hay una musa dispuesta a ayudar. Una calle paralela a la Calle dei Monti, continuación natural del puente en la orilla opuesta, nos proporciona un pequeño escalón de piedra desde el que ganar unos centímetros respecto a la fachada en el canal y, con ellos, la fotografía que buscamos.

Así pues, dirígete a la Calle del Gambaro y avanza hasta que las puntas de tus zapatos comiencen a sentir la proximidad del agua. Allí encontrarás el improvisado observatorio desde el que inmortalizar el puente para tu safari fotográfico, sin necesidad de poner a prueba tus habilidades natatorias ni de contratar a un gondolero que te ubique frente a él.

Ponte de le Ballotte

La calle desde la que está tomada la fotografía es la Calle del Gambaro. En la esquina con la Calle dei Fabbri se encuentra el Bistrot de Venice, uno de esos lugares a los que merece la pena llevar a tu pareja para poner el broche final a una jornada veneciana.

Porque, seamos sinceros, ¿qué sería de Venecia sin sus restaurantes, sus mesones y esas mesas junto al agua en las que el tiempo se estira como en un horizonte de sucesos de un agujero negro?

Pero hablemos ahora de otros mesones. No de los que sirven viandas y vino, sino de los que fueron predichos en 1935 por el físico japonés Hideki Yukawa como portadores de la fuerza nuclear fuerte.

El nombre no es casual. Yukawa buscaba una partícula de masa intermedia entre la del electrón y la del protón, y por ello recurrió al término griego mesos, «medio» o «intermedio». Así nacieron los mesones de la física, unas partículas cuya misión sería explicar cómo los protones y neutrones permanecen unidos dentro del núcleo atómico a pesar de la repulsión eléctrica que debería separarlos.

Cuando se descubrieron los muones, muchos físicos pensaron que encajaban perfectamente en la teoría propuesta por Hideki Yukawa. Parecían poseer la masa intermedia que él había predicho para las partículas responsables del «pegamento nuclear». Sin embargo, las evidencias experimentales acabaron demostrando que los muones no participaban en absoluto en la fuerza que mantiene unidos protones y neutrones dentro del núcleo.

En 1947, el físico británico Cecil Powell identificó en unas placas fotográficas expuestas a la radiación cósmica en el observatorio de Pic du Midi en los Pirineos las trazas de unas nuevas partículas que recibieron el nombre de piones cargados, π⁺ y π⁻. (Y no, no me refiero a gorriones de cien kilogramos, como en aquel viejo chiste).

Por este descubrimiento Powell recibiría el Premio Nobel. Poco después, en 1949, se identificó —o, para ser más precisos, se infirió experimentalmente— la existencia del pión neutro, π⁰, en experimentos realizados en un ciclotrón en California.

La elección de la letra π para bautizar estas partículas tampoco fue casual. El propio Yukawa explicó que el carácter japonés , asociado a la idea de «mediar» o «intervenir entre dos partes», evocaba visualmente la forma de la letra griega.


Retrocedemos de nuevo hasta la Calle dei Fabbri que, casi sin advertirlo, se transforma en la Calle Per San Marco, aunque nuestros pasos avancen precisamente en dirección contraria a la basílica. El siguiente cambio de rumbo será hacia la izquierda, que según algunos estudios es la dirección que los seres humanos elegimos de forma más natural cuando debemos decidir un camino. Tomaremos, pues, la Calle de le Balanze -o Calle de Mezzo, según prefieras llamarla- que, nada más atravesar un arco testigo de la efímera verticalidad de los edificios venecianos, nos revela de pronto el Campo San Luca.

Lo cruzaremos en diagonal para continuar por la Salizada San Luca, atentos a la aparición de un Ramo homónimo que se ofrece a la derecha justo cuando parece que la calle ya no tiene intención de permitirnos avanzar más.

El Ramo florece enseguida en un Campo que difícilmente merece tal nombre y que pronto vuelve a contraerse en un nuevo Ramo a fianco la Chiesa, porque, efectivamente, discurre junto a una iglesia. Este se adentra bajo un paso elevado de ladrillo imperfectamente enfoscado que nos conduce hasta el Ponte del Teatro, que se alza con su estructura metálica sobre las aguas del Rio di San Luca.

Ponte del Teatro

Uno esperaría que un puente llamado Ponte del Teatro diera acceso a un teatro. Sin embargo, si te sitúas en su punto más alto y giras sobre ti mismo, completando los trescientos sesenta grados de rigor, no encontrarás ninguno.

Lo que verás será una iglesia, unos juzgados y un supermercado. Resulta extraño, ¿verdad?

Más extraño aún fue el descubrimiento del siguiente ladrillo con el que está construida la realidad.

En 1947, en Manchester, el físico inglés George Rochester observó en una cámara de niebla las trazas de lo que parecía ser una partícula neutra que se desintegraba en dos piones cargados, esas partículas que acababan de incorporarse al creciente catálogo subatómico.

La sorpresa fue mayúscula. Pero no sería la última.

Un par de años más tarde, una estudiante llamada Rosemary Fowler identificó una partícula muy similar que, en lugar de desintegrarse en dos piones, lo hacía en tres.

Aquello era profundamente desconcertante. Me refiero al proceso de desintegración en tres partículas en lugar de dos, no a que la protagonista del descubrimiento fuera una mujer.

También lo era el hecho de que estas partículas poseyeran tiempos de vida extraordinariamente largos en comparación con otras partículas sometidas a la interacción fuerte. Algo no encajaba.

Con el tiempo se comprendió que aquellas desintegraciones no estaban gobernadas por la interacción fuerte, sino por la interacción débil, mucho más lenta. Y aunque la explicación completa requeriría adentrarnos en detalles algo más técnicos que esta caminata veneciana, lo cierto es que aquellas partículas parecían comportarse de una manera tan insólita que acabaron recibiendo un nombre muy apropiado: partículas extrañas.

Esta extraña familia de partículas fue bautizada con el nombre de kaones: K⁺, K⁻ y dos estados neutros, agrupados bajo la denominación K⁰.

Hoy sabemos que los kaones están formados por pares de quarks y que uno de sus componentes es el quark strangeextraño»), el primer representante de una nueva generación de constituyentes de la materia. Se abría una nueva puerta hacia territorios mucho más exóticos de la física.

Universos tan exóticos que parecerían propios de otro Strange; el Doctor Stephen Strange, experto en multiversos, dimensiones alternativas donde demonios como Cyttorak o Dormammu son amos y señores


Retrocederemos sobre nuestros pasos hasta el Ramo de la Salizada San Luca para adentrarnos después en el Campo Manin, presidido por la estatua de Daniele Manin, líder de la efímera República de San Marco que, en 1848, se alzó contra el dominio del Imperio austríaco. Su figura dirige su mirada a su casa natal a la que nunca pudo regresar desde su exilio parisino.

En el extremo occidental del campo se alzan dos puentes que parecen disputarse nuestra atención. Al norte, el Ponte de San Paternian; al sur, el Ponte de la Cortesia.

A pesar de la amable invitación implícita en el nombre de este último, nuestro itinerario seguirá por el más boreal.

Ponte de la Cortesia
Ponte San Paternian

El siguiente capítulo en la historia del descubrimiento de nuevas partículas no siguió el camino boreal, sino el meridional.

De hecho, el siguiente ladrillo incorporado al edificio de la física fue también el primero descubierto en el hemisferio austral de nuestro planeta.

En 1950, en la Universidad de Melbourne, los físicos Victor David Hopper y Sukumar Biswas identificaron una nueva partícula. Como sucedió con muchos de los descubrimientos de aquella época, la naturaleza utilizaba la tinta de los rayos cósmicos para escribir sus secretos en el pergamino de las emulsiones fotográficas, cámaras de niebla y otros ingeniosos artificios ideados por los físicos para espiar el mundo subatómico.

Las trazas de este nuevo miembro de la ya numerosa familia de partículas quedaron impresas en una emulsión fotográfica elevada hasta las capas altas de la atmósfera mediante un globo aerostático. Allí arriba, lejos de buena parte del escudo protector que constituye la atmósfera terrestre, los rayos cósmicos relataban con mayor claridad algunas de las intimidades de la materia.

Al igual que los mesones extraños descubiertos pocos años antes, esta nueva partícula parecía desafiar las expectativas. Recibió el nombre de Lambda (Λ) por la característica forma que dibujaban sus productos de desintegración en las placas fotográficas, semejante a la letra griega.

Lo verdaderamente intrigante era que, pese a producirse mediante la interacción fuerte, su tiempo de vida resultaba anormalmente largo. Se comportaba, en cierto modo, como si obedeciera reglas distintas de las conocidas hasta entonces.

Aquellas rarezas observadas en kaones y partículas lambda llevaron a los físicos a introducir una nueva propiedad cuántica, bautizada con un nombre tan evocador como apropiado: la extrañeza (strangeness).


La salida septentrional del Campo Manin nos conduce a la estrecha Calle San Paternian. No hay posibilidad de desviarse: la calle nos mantiene cautivos hasta desembocar en la Salizzada de la Chiesa, o del Teatro, que, pese a un par de leves requiebros, termina abriéndose en el Campo San Beneto. Un nombre que invita a la duda ortográfica, pues más de uno esperaría encontrar una V donde los venecianos han decidido colocar una B.

En la esquina opuesta del campo se nos presentan dos posibilidades. Solo una, sin embargo, nos llevará al siguiente puente.

Si elegimos la de la derecha, acabaremos desembocando en el Gran Canal, en uno de los embarcaderos desde los que puede tomarse un traghetto para cruzar la gran aorta veneciana sin necesidad de puente alguno. Es una solución práctica y muy veneciana para quienes no buscan pasos elevados sobre las aguas como yo.

Nosotros, en cambio, tomaremos la Calle Pesaro. Tras unos pocos pasos nos conducirá hasta el Ponte Michiel, uno de los puentes más esquivos de cuantos hemos encontrado hasta ahora. Fotografiarlo en su totalidad resulta una tarea casi imposible, como podrás comprobar en la imagen que acompaña estas líneas.

Ponte Michiel

La fotografía del Ponte Michiel fue una auténtica pesadilla. No encontré ningún lugar desde el que encuadrarlo en su totalidad. Ni siquiera la distancia adicional que proporcionaba mi inseparable palo selfie bastaba para ampliar el campo de visión de la cámara lo suficiente.

Una pesadilla aún más desconcertante fue la que comenzaron a vivir los físicos de la década de 1950 tras el descubrimiento de una nueva partícula (o, mejor dicho, de toda una familia de ellas) cuya masa superaba a la de protones y neutrones.

Sus masas resultaban comparables a las de las partículas Lambda, descubiertas casi al mismo tiempo. Y, como ocurría con la mayor parte de los hallazgos de aquella época, su existencia se reveló gracias al único laboratorio de altas energías del que disponían entonces los físicos: la atmósfera terrestre. Los rayos cósmicos, al colisionar con los núcleos del aire, dejaban sus efímeras firmas grabadas en cámaras de niebla, emulsiones fotográficas y cámaras de burbujas.

Aquellas nuevas partículas recibieron el nombre de Sigma (Σ). Lo más llamativo era que aparecían en varios estados de carga eléctrica: Σ⁻, Σ⁰, Σ⁺ e incluso otras resonancias relacionadas descubiertas posteriormente. El zoológico subatómico comenzaba a ser un conjunto enorme casi tanto como el de los puentes de Venecia.

La extrañeza ya no era una simple curiosidad experimental. Estaba a punto de convertirse en la pista que inspiraría a uno de los físicos más brillantes del siglo XX: Murray Gell-Mann.


El Ramo que continúa tras el Ponte Michiel, apenas interrumpido por la Calle degli Avvocati, se transforma, como si hubiera sufrido una interacción nuclear, en el Ramo al Ponte de l’Albero. Tras cruzarlo, tomaremos la Fondamenta hacia la derecha. Esta termina abruptamente, ofreciéndonos a la izquierda un efímero callejón que desemboca en la Corte de l’Albero.

Ponte de l’Albero

Nos mantendremos fieles a la fachada izquierda, que será nuestro hilo de Ariadna en este pequeño laberinto. Primero nos conducirá a un nuevo Ramo y, poco después, a la Fondamenta Narisi. Allí, tras atravesar un sotoportego renovado con níveas columnas, aparecerá ante nosotros el Ponte del Pestrin, cuyo vano metálico enlaza con unas escaleras de piedra de Istria en la orilla opuesta del Rio de Ca’ Granzoni.

Ponte del Pestrin

Continuando en la dirección marcada por el sotoportego Narisi, avanzaremos literalmente sobre las aguas mediante una plataforma metálica adosada a las fachadas. Durante buena parte del recorrido cuesta considerarla un puente: más bien parece una prolongación artificial de la calle suspendida sobre el canal. Sin embargo, justo al llegar al ángulo recto que forma el Rio de Ca’ Granzoni, la pasarela abandona la protección de los edificios y cruza oblicuamente el agua. Es en ese preciso instante cuando adquiere pleno derecho a llamarse puente y recibe el nombre de Ponte Piscina San Samuele.

Ponte Piscina San Samuele

Si uno se detiene a observar la orientación de estos tres puentes y prolonga mentalmente sus trazados, acaba emergiendo una figura geométrica familiar: un triángulo que recuerda, de manera sorprendente, a la letra griega Delta (Δ).

Y precisamente una nueva partícula a la que se denominaría con esa letra griega fue la siguiente incorporación al creciente bestiario subatómico de los años cincuenta.

La ya populosa familia de bariones aumentó gracias a los recién inaugurados aceleradores de partículas. Los ciclotrones de la University of Chicago y el ciclotrón-sincrotrón de la University of Pittsburgh permitieron por primera vez producir de forma controlada colisiones que hasta entonces solo podían observarse de manera esporádica en los rayos cósmicos.

Entre quienes participaron en aquella nueva era de la física experimental se encontraba Enrico Fermi, uno de los grandes arquitectos de la física nuclear moderna. Los experimentos de dispersión entre piones y protones revelaron la existencia de la nueva familia de partículas, conocidas desde entonces como resonancias Delta (Δ).

Aquellos estados resultaban extraordinariamente efímeros. Vivían apenas una fracción infinitesimal de segundo antes de desintegrarse, pero dejaban tras de sí una huella inequívoca en los detectores.

El descubrimiento de las Delta constituyó uno de los pasos decisivos hacia la formulación del modelo de quarks y, más tarde, de la cromodinámica cuántica, la teoría que describe cómo los quarks permanecen confinados en el interior de hadrones mediante el intercambio de gluones.

Se había dado un paso más y lo que se creía fundamental, dejaba de serlo para dar paso a un nuevo nivel de realidad en la naturaleza.


Tras cruzar el puente-pasarela nos adentramos por el Ramo de la Piscina, la primera calle que surge tierra adentro tras abandonar la singular proa que se adentra en este camino recuperado a las aguas de la laguna.

Evitaremos la Salizada para girar a la izquierda por la Calle Crosera, que abandonaremos poco después tomando a la derecha la estrecha Calle dei Orbi.

Es muy probable que recorramos este tramo en completa soledad. Pocos visitantes se aventuran por este laberinto de callejuelas secundarias, alejadas de las rutas más frecuentadas. Atravesaremos la Corte de la Vida, donde una pequeña fuente situada en el extremo más próximo a nuestro camino nos ofrece la posibilidad de refrescarnos antes de continuar.

Pronto llegará el momento de pasar bajo lo que, visto desde la distancia, parece un simple portal adornado con un escudo heráldico de piedra sobre el que descansa una corona de tres puntas. Sin embargo, no se trata de una puerta, sino del acceso a la Calle del Stampador.

Tras franquear la bóveda de cañón del sotoportego de la Scuola, desembocaremos casi de inmediato en el Ponte delle Scuole. Más que un puente, es una breve interrupción del entramado de túneles a cielo abierto, pues apenas hemos tenido tiempo de sentir el sol cuando volvemos a internarnos en las sombras bajo el paso cubierto de la Calle Frutarol.

Ponte delle Scuole

Tres han sido los pasos cubiertos que hemos atravesado desde el último puente visitado hasta este de la Scuola.

Siguiendo con la anterior mimetización caligráfica, podríamos decir que la siguiente partícula descubierta guarda cierta analogía con esos tres puentes: la partícula Xi (Ξ).

Se trata de un nuevo barión que, ya en 1953, comenzaban a perfilarse como una estructura compuesta por tres constituyentes internos. Los físicos teóricos, apoyándose en las evidencias acumuladas por los experimentales, trataban de imponer cierto orden en aquel maremagnum de datos, trazas y resonancias que la naturaleza iba revelando.

El descubrimiento de esta partícula tiene, además, un significado especial para nosotros. Fue la primera —y probablemente la única ocasión— en la que un físico español participó como investigados principal en el hallazgo de una partícula fundamental. El físico Rafael Armenteros se formó en el Reino Unido gracias a una beca de la Segunda República Española y formó parte de aquella generación de científicos exiliados que, durante la dictadura, mantuvieron vivo el pulso de una ciencia española huérfana de muchos de sus mejores nombres.

Su lema parecía resonar con especial fuerza en aquel contexto: la célebre estrofa de otro exiliado, Antonio Machado: «Caminante, no hay camino, se hace camino al andar». Y así, en cierto modo, también él avanzó por las procelosas aguas del vacío cuántico, ayudando a trazar senderos —y métodos matemáticos— donde antes solo había incertidumbre.


Desde el mismo comienzo de la Calle Frutarol ya distinguimos, al fondo, un nuevo puente. Sin embargo, ese no será nuestro siguiente destino. Antes nos desviaremos a la izquierda por la Calle Larga del Clero con la intención de fotografiar el Ponte Privato dell’Istituto.

El intento resultará vano. El último escalón de la calle obliga a una maniobra demasiado comprometida para la escasa recompensa fotográfica que ofrece. Hay ocasiones en las que se debe reconocer que la prudencia merece imponerse al afán coleccionista de imágenes.

Así que regresaremos sobre nuestros pasos hasta la Calle Frutarol. Desde allí, recurriendo al teleobjetivo, podremos capturar la imagen de la descarnada pasarela privada que enlaza las dependencias del Instituto Véneto.

Ponte Privato dell’Istituto

Ya desde el Ponte Vitturi podemos fotografiar, a diestra y siniestra, el puente que acabamos de dejar atrás y el que conquistaremos en el siguiente tramo del recorrido.

Como puede apreciarse en la fotografía, este puente, y muchos otros de Venecia, no son precisamente caminos adecuados para Charles Xavier. Escalones y estrecheces harían desesperar incluso a la más avanzada de las sillas de ruedas.

Sin embargo, la férrea filigrana de su forjado invita a imaginar otra posibilidad: que el célebre telépata reconociera en ella algún sofisticado sistema de acceso mutante y pudiera franquear sin dificultad el paso sobre el Rio di San Vidal.

Ponte Vitturi

Vamos a tomarnos un respiro en nuestro recorrido por la historia del descubrimiento de los ladrillos de la realidad. Hasta ahora he mencionado repetidamente cámaras de niebla y cámaras de burbujas, pero todavía no he explicado qué eran ni por qué resultaron tan revolucionarias.

El primer detector capaz de hacer visible el paso de las partículas fue la cámara de niebla, inventada en 1911 por el físico escocés Charles Thomson Rees Wilson, una aportación que le valdría años después el Premio Nobel.

Wilson fue, en cierto modo, el Prometeo de la física de partículas. Entregó a la humanidad la herramienta que permitiría iluminar un territorio inaccesible para cualquier microscopio: el mundo subatómico.

La cámara de niebla es un dispositivo diseñado para hacer visible el paso de partículas o radiaciones ionizantes. Se denomina así a aquellas capaces de arrancar electrones de los átomos de la materia que atraviesan, dejando tras de sí una estela de átomos cargados eléctricamente.

El aparato consistía en un recipiente cerrado que contenía vapor de agua o alcohol en estado supersaturado y superenfriado. Cuando una partícula cargada atravesaba la cámara, ionizaba las moléculas presentes en su trayectoria. Esos iones actuaban entonces como núcleos de condensación sobre los que se agrupaban diminutas gotas de líquido, formando una fina estela de niebla que hacía visible el camino recorrido por la partícula.

Y la historia no termina ahí. Si se aplicaba un campo magnético a la cámara, las trayectorias dejaban de ser rectas y comenzaban a curvarse. El sentido de la curvatura revelaba el signo de la carga eléctrica, mientras que el radio de la curva proporcionaba información sobre la velocidad y la masa de la partícula. De este modo, los investigadores podían identificar a los visitantes invisibles que llegaban desde materiales radiactivos o desde la radiación cósmica que bombardea continuamente la Tierra.

Mi relación con Venecia incluye, inevitablemente, la niebla. La niebla fría, opaca e invernal que acompaña, en ocasiones, a los carnavales y transforma la ciudad en algo más cercano a un sueño que a un lugar real.

He visitado Venecia en tres ocasiones durante el Carnaval, celebrado en febrero o, algunas veces, ya entrado marzo, según dicte el nada caprichoso ciclo lunar que determina la fecha de la Pascua. En la primera de aquellas visitas —corría el año 1997— el aliento del Dragón, según la expresión de Merlín en Excalibur de John Boorman (los incondicionales de la película sabrán perfectamente a qué me refiero), se extendía sobre la laguna envolviendo calles y canales, máscaras y fachadas, visitantes y enamorados en una atmósfera casi irreal.

Puede parecer una desgracia encontrarse Venecia cubierta por la niebla. Sin embargo, pocas experiencias resultan tan memorables como doblar una esquina o alcanzar un puente y descubrir de pronto, emergiendo de la blancura, a un arlequín, una bauta, una colombina o un Médico della Peste. Figuras que aparecen y desaparecen entre el vapor de agua como si surgieran de lo más recóndito del subconsciente.

Son estos encuentros fugaces que la niebla convierte en apariciones y que permanecen mucho tiempo grabados en la memoria, mucho después de que la ciudad haya quedado atrás — si es que alguna vez lo hace—.

La niebla del Carnaval de 1997

Media vuelta por la ya conocida Calle Frutarol hasta alcanzar el primer desvío a la izquierda, la Calle Giustinian. La seguiremos atentos a la aparición de un pequeño campiello que se abre también a nuestra izquierda. Allí tomaremos el camino que se adentra bajo su sotoportego y que nos conducirá, una vez más, a cruzar el canal para desembocar en el Campo San Vidal.

Nos espera allí una curiosa concentración de puentes. Cuatro, para ser exactos: tres privados y uno público, todos ellos tendidos sobre el canal que acabamos de atravesar. Los enumeraré comenzando por el más cercano a la desembocadura en el Gran Canal.

El primero es el Ponte al civico 2883, que da acceso a un jardín situado en la orilla norte del Gran Canal. No puedo evitar imaginar a su propietario descansando en una hamaca durante las tardes de invierno, observando el lento desfile de góndolas y embarcaciones que navegan hacia el Ponte di Rialto.

Ponte al civico 2888

El segundo es el Ponte Giustiniani, el mismo que acabamos de cruzar y que nos permite desplazarnos longitudinalmente a lo largo de esta peculiar alineación de puentes.

Ponte Giustiniani

Los dos restantes, los Pontes al civico 2885 y 2869/A, son sencillas pasarelas metálicas de escaso atractivo estético, aunque de una funcionalidad indiscutible. Quizá no inspiren poemas ni aparezcan en las postales, pero tienen su cabida en mi reportaje fotográfico como participantes de mi proyecto fotográfico.

Ponte al civico 2885
Ponte al civico 2869/A

La cámara de burbujas fue el siguiente paso natural en la evolución de los detectores de radiación y partículas.

Su principio de funcionamiento guarda un notable parecido con el de la cámara de niebla que describí en el duodécimo paso. La diferencia fundamental es que, en lugar de emplear un vapor sobresaturado, utiliza un líquido en un estado metaestable. Cuando una partícula cargada atraviesa ese medio, ioniza los átomos a su paso y provoca la formación de una hilera de diminutas burbujas de vapor que delatan su trayectoria.

La cámara de burbujas ofrecía varias ventajas respecto a su predecesora. La principal era que el líquido detector posee una densidad mucho mayor que la de un gas. Dicho de otro modo: contiene más materia por unidad de volumen. Como consecuencia, aumentaba significativamente la probabilidad de que las partículas incidentes interactuaran con el detector y dejaran una señal observable.

Además, las burbujas generadas desaparecían con mayor rapidez, permitiendo preparar el dispositivo para una nueva observación en menos tiempo que las cámaras de niebla.

Mi relación con Venecia incluye, inevitablemente, las burbujas. No las que nacen del paso de una partícula ionizante a través de un líquido sobrecalentado, sino las que produce la segunda fermentación en una botella de cava o de champán: pequeñas esferas de dióxido de carbono liberadas por la paciente labor de las levaduras al digerir el azúcar en el universo líquido encerrado tras el vidrio —quién sabe si de Murano—.

Ni que decir tiene que he brindado con champán en alguno Palazzos venecianos. Pero, con mucha más frecuencia, mis burbujas han sido las de los innumerables Aperol Spritz con los que me he recompensado al final de cada jornada de caminatas, puentes y fotografías.

Te invito a realizar un experimento invernal desde la Fondamenta delle Zattere. Toma una copa de Aperol Spritz. Es importante que la experiencia tenga lugar precisamente allí, en esa estación y al final de la jornada; de otro modo, los resultados podrían no ser concluyentes.

Levanta la copa hacia el sol poniente, que en invierno se descuelga lentamente sobre la Giudecca. Deja que la radiación solar —afortunadamente no ionizante en este caso— atraviese el líquido anaranjado y las innumerables burbujas suspendidas en él antes de alcanzar tus ojos.

Quizá no descubras ninguna partícula fundamental ni obtengas un Premio Nobel, pero contemplarás el atardecer a través de tu propia cámara de burbujas. Las pequeñas esferas de gas dispersarán la luz, transformando la copa en un detector improvisado de colores, reflejos y destellos.

Y cuando el sol termine de hundirse en la laguna, siempre podrás anotar en tu diario —que considero imprescindible adquirir durante el primer día en Venecia— las observaciones del experimento. No las relacionadas con la física, sino las mucho más difíciles de medir: los sentimientos, recuerdos y pensamientos que esa singular experiencia haya despertado en ti mientras la ciudad se preparaba para la llegada de la noche.


Tras varios desplazamientos breves por el sestiere de San Marco, nos toca ahora acometer una caminata algo más larga hasta nuestro siguiente puente.

Abandonaremos el Campo San Vidal por el pequeño Campiello que se abre a su derecha, paso que nos conducirá a través del amplio Campo Santo Stefano, en dirección a la inmaculada estatua del dálmata monocromo que parece absorto en su propia meditación.

Continuaremos hacia la Chiesa di Santo Stefano y dejaremos a nuestra derecha su puerta, adornada por una curiosa combinación de símbolos científicos y jacobeos: una impecable hélice genética dextrógira en el interior del marco y un taqueado jaqués en el exterior.

Llegados a la bifurcación, ignoraremos la tentación de elegir al azar. Tomaremos la calle más próxima a la placa conmemorativa de mármol donde puede leerse la inscripción Pax et Gloria. Será ella quien nos guíe en un breve recorrido hasta el asimétrico Ponte del Frati.

Siguiendo con la metáfora biológica sugerida por la portada de la Chiesa de Santo Stefano, podría decirse que el Ponte dei Frati parece necesitar un proceso de mitosis. En la orilla oriental, sobre el Rio de San Anzolo, el puente adquiere una anchura casi tres veces superior a la de su extremo occidental, como si la estructura estuviera pidiendo a gritos el duplicarse sin acabar de decidir el sentido de la división.

Quizá, si esa escisión llegara a completarse, obtendríamos dos puentes distintos: uno más sobrio, conectado a la Calle del Frati y destinado a los viandantes habituales; y otro más escénico, reservado a quienes transitan bajo el imponente tímpano del edificio gubernamental que se alza sobre él.

Ponte dei Frati

Frati significa frailes. Sin embargo, siempre me ha gustado más otra palabra nacida de la misma raíz: fratello, hermano.

Y fue precisamente un hermano pródigo lo que la Física descubrió tras tantos hadrones pesados durante las décadas de los 40 y 50. Aunque, siendo rigurosos, no se trataba de un hermano, sino de su reflejo invertido: su antihermano.

En un primer momento, Paul Dirac propuso que el antielectrón predicho por su famosa ecuación era en realidad el propio protón. Sin embargo, en 1930, J. Robert Oppenheimer señaló las dificultades insalvables de aquella interpretación. Fue incluso más lejos y se atrevió a sugerir la existencia de una partícula aún no observada: el antiprotón. La razón era una simple cuestión de simetría. Si el protón hubiese sido realmente el antielectrón de Dirac, un hipotético átomo de antihidrógeno habría resultado inestable debido a la diferencia de masas entre sus componentes.

Hubo que esperar hasta 1955 para que aquella intuición adquiriera cuerpo experimental. Ese año, Emilio Segrè y Owen Chamberlain lograron producir los primeros antiprotones artificiales utilizando el entonces novedoso acelerador Bevatron de Berkeley. El hallazgo confirmó una de las predicciones más elegantes de la física del siglo XX y abrió una nueva ventana al estudio de la antimateria.

Como toda antipartícula que se precie, el antiprotón posee las mismas propiedades fundamentales que su contraparte material, salvo por el signo de determinadas magnitudes. La más evidente es la carga eléctrica: mientras el protón está cargado positivamente, el antiprotón posee carga negativa.

Del mismo modo, todos los puentes venecianos poseen su propi0 antipuente: el reflejo que las aguas de la laguna dibujan bajo sus arcos. Una imagen invertida, virada al verde en ocasiones, separada de su original por una delgada frontera líquida que hace las veces de espejo cósmico.

Confiemos en que puente y reflejo jamás lleguen a colisionar. La aniquilación simultánea de más de quinientos puentes y sus correspondientes antipuentes liberaría tal cantidad de energía en forma de fotones que el destello resultante no solo iluminaría la laguna, sino que podría contemplarse desde los confines del Universo. Venecia desaparecería en un fogonazo memorable, dejando tras de sí únicamente una nube de luz y el desconcierto de los astrónomos que tratarían de explicar por qué una pequeña ciudad del Adriático decidió convertirse, durante un instante, en una supernova arquitectónica.


Para fotografiar nuestro siguiente objetivo ni siquiera tendremos que movernos del lugar en el que nos encontramos. El Ponte al civico 3823 posa sin disimulo para ser capturado desde el propio Ponte dei Frati.

Nada impide, sin embargo, que te acerques hasta él para completar el juego de las simetrías, de vital importancia para entender la física de partículas. Desde allí podrás devolver la mirada y fotografiar el Ponte dei Frati desde el lado opuesto, obteniendo así las dos perspectivas conjugadas de este pequeño doblete arquitectónico.

Son, precisamente, esas dos visiones complementarias las que he traído al blog: cada puente contemplado desde el otro, como si ambos estuvieran confinados en un espacio limitado pero libres asintóticamente en su proximidad (y quédate con esto que pronto hablaremos de ello).

Ponte al civico 3823

Si hemos optado por la doble fotografía, regresaremos por la Fondamenta dei Frati y atravesaremos el Campo Sant’Anzolo hasta alcanzar su último embarcadero.

Pero ahí me dirás: «No hay ningún puente que cruce el río».

Vamos a poner a prueba tus dotes de investigador. Recuerda, antes de responder, qué es exactamente un puente.

puente
m. Construcción de piedra, ladrillo, madera, hierro, hormigón, etc., que se construye y forma sobre los ríos, fosos y otros sitios, para poder pasarlos.

Eleva ahora la vista hacia la fachada de la Chiesa Parrocchiale di Santo Stefano. En la primera planta descubrirás un paso elevado que cruza el embarcadero. En realidad, todo ese tramo del edificio puede considerarse un puente, pues bajo él discurre un canal subterráneo.

Ponte Chiostro di Santo Stefano

La prueba es difícil de rebatir: nos encontramos, literalmente, ante un paso construido sobre el agua. Al fondo se distingue un arco de escasa altura que apenas sobresale sobre el nivel de la laguna y permite que el canal continúe su recorrido bajo la iglesia.

El Rio del Santissimo constituye un caso extraordinario entre los canales de Venecia. Como ya has visto, desaparece bajo el conjunto formado por la iglesia y el antiguo convento de Santo Stefano, permitiendo que las aguas del Rio di Sant’Anzolo escapen discretamente hacia el Gran Canal por una salida oculta.

Si nos entretuviéramos en medir el caudal que circula por el Rio di Ca’ Garzoni y el que continúa por el Rio della Verona, comprobaríamos enseguida que las cuentas no salen. Falta agua. Algún canal escondido se la está llevando.

Algo muy parecido ocurrió durante décadas con la energía en uno de los procesos más intrigantes de la física nuclear: la desintegración beta.

Este tipo de desintegración se diferenciaba claramente de las emisiones alfa y gamma. En estas últimas, las partículas emitidas abandonaban el núcleo con energías muy bien definidas. Dicho de otro modo, el espectro de energías era discreto: todas las partículas salían prácticamente con la misma energía.

En la desintegración beta, en cambio, ocurría algo desconcertante. Te recuerdo que este proceso consiste en la transformación de un neutrón en un protón con la emisión de un electrón. Realmente en esos momentos la desintegración beta se observaba como la transmutación de un núcleo atómico en otro con el número atómico aumentado en una unidad y la emisión de un electrón. No se sabía de la existencia del neutrón ni se le esperaba. Pues bien, esos electrones no salían siempre con la misma energía. Unas veces abandonaban el núcleo muy energéticos; otras, apenas lo hacían. Las medidas realizadas durante las primeras décadas del siglo XX demostraban, sin lugar a dudas, que el espectro de energías era continuo.

Aquello planteaba un problema formidable.

Si en la desintegración solo intervenían el protón y el electrón, la energía del estado final resultaba inferior a la del estado inicial. Parecía que parte de la energía desaparecía sin dejar rastro.

Y no solo la energía.

También el momento lineal y el momento angular parecían dejar de conservarse. Los cimientos mismos de la física comenzaban a resquebrajarse.

En 1930, en un intento desesperado por salvar los principios de conservación, Wolfgang Pauli propuso una solución tan audaz como elegante. Sugirió que en la desintegración beta se emitía también una partícula neutra, de masa extraordinariamente pequeña y prácticamente indetectable, encargada de llevarse la energía y el momento «desaparecidos». En su famosa carta dirigida a sus «queridas damas y caballeros radiactivos», Pauli llegó a disculparse por proponer una partícula que, probablemente, jamás podría observarse.

Pocos años después, tras el descubrimiento del neutrón por James Chadwick, Enrico Fermi bautizó aquella nueva partícula con un nombre más apropiado: neutrino, es decir, «pequeño neutrón» en italiano.

Pero una cosa es predecir la existencia de una partícula y otra muy distinta demostrar experimentalmente que realmente existe.

El neutrino apenas interacciona con la materia. Miles de billones atraviesan cada segundo nuestro cuerpo sin dejar la menor huella. Por ello, la confirmación experimental hubo de esperar más de un cuarto de siglo.

Una idea propuesta por el físico chino Wang Ganchang consistía en aprovechar el proceso inverso de la desintegración beta para detectar antineutrinos procedentes de un reactor nuclear. Siguiendo esa estrategia, los físicos estadounidenses Clyde Cowan y Frederick Reines instalaron un detector —básicamente, una gran cantidad de agua que bien podría haber sido de la laguna véneta— junto a un reactor, donde el flujo de antineutrinos era inmenso.

No observaron los antineutrinos directamente. Detectaron el destello de luz producido cuando los positrones generados en la interacción se aniquilaban con electrones del detector, emitiendo dos fotones gamma perfectamente identificables. Aquellas señales constituían la firma inequívoca de la esquiva partícula postulada por Pauli.

Curiosamente, los primeros en ser detectados fueron los antineutrinos, antes incluso que los neutrinos. Con aquel experimento de 1956 no solo se confirmó una de las hipótesis más brillantes de la historia de la física: también se abrió la puerta a un universo fascinante, poblado por partículas capaces de atravesar estrellas, planetas… y también nuestros propios cuerpos, como si casi nada existiera. En ellos radica la respuesta a la pregunta que se hizo Parménides en el siglo VI A.D.C y Leibniz, siglos más tarde: ¿Por qué hay algo en lugar de nada?.


Si te ha ocurrido lo mismo que a mí, tendrás que retroceder sobre tus pasos para encontrar la perspectiva adecuada desde la que contemplar el canal subterráneo. Y será precisamente entonces cuando descubras el error cometido en el último tramo del recorrido: nos habíamos dejado atrás el desvío hacia la Calle dello Spezier.

Seguir un itinerario en Venecia es mucho más difícil de lo que parece. Hay que caminar siempre con los cinco sentidos alerta y el ojo avizor ante cualquier esquina o pasadizo. Haber diseñado un recorrido no garantiza completarlo sin equivocaciones. Los planos que circulan por internet son, en el mejor de los casos, imprecisos y, en el peor, sencillamente erróneos.

Al desandar nuestros pasos llegaremos al Ponte San Maurizio. Para fotografiarlo es preciso acercarse hasta la Calle Pasqualigo detta de l’Ogio y descolgarse al pequeño escalón que asoma sobre el canal, casi sumergido en las aguas.

Ponte San Maurizio

Desde el solitario puente de este canal también podremos contemplar la parte posterior del Ponte del Chiostro di Santo Stefano. Su curiosa silueta dibuja un rostro de expresión sorprendida que parece devolvernos la mirada, como si compartiera nuestro asombro ante esta vista pareidólica.

Ponte Chiostro di Santo Stefano

Regresaremos de nuevo a la Calle dei Frati, hasta el reverso luminoso de este singular remedo de la Bocca della Verità acuática. Prácticamente enfrente del paso elevado tomaremos la Calle de la Madonna, para lo cual tendremos que atravesar de nuevo el Campo Sant’Anzolo. Tras un breve juego de giros -derecha, izquierda y de nuevo derecha- desembocaremos en la Calle de la Verona.

Si dispones de algo de tiempo, te recomiendo desviarte unos instantes por el humilde sotoportego Balbi, que aparece en el último de esos giros. Al otro lado te espera un rincón auténticamente prattiano: la Corte Morosini. Es uno de esos lugares lugares de Venecia que parecen dibujados por Hugo Pratt antes incluso de haber sido incluído en sus viñetas.

Nuestro objetivo de hoy, sin embargo, siguen siendo los puentes de San Marco. Así que dejaremos esa tentación para otra ocasión. A tu derecha ya se anuncia el siguiente de nuestra lista: el Ponte de la Verona, en el que un rostro pálido observa, silencioso, nuestro paso. .

Ponte de la Verona

Cuando uno piensa en Verona, la ciudad más poblada del Véneto, lo primero que suele venirle a la mente es la inmortal historia de Romeo y Julieta.

Ambos personajes son, a primera vista, casi indistinguibles. Jóvenes, apasionados, nobles y dispuestos a desafiar el mundo por amor. Comparten prácticamente todas sus cualidades. Solo hay un rasgo que los separa: pertenecen a familias distintas. Él es un Montesco; ella, una Capuleto. Un simple apellido basta para convertirlos en enemigos irreconciliables y conducirlos a un destino trágico.

Algo parecido sucede con la siguiente incorporación al abarrotado zoológico de partículas de los años cincuenta. Existe una partícula que, aparentemente, es indistinguible de su hermana. Comparten masa, espín y prácticamente todas sus propiedades observables. Sin embargo, hay una característica que las diferencia por completo.

Me refiero a una nueva antipartícula: el antineutrón.

Llegados a este punto del recorrido, si te preguntara en qué se diferencia una partícula de su antipartícula, estoy convencido de que responderías sin dudar:

—En que tienen cargas eléctricas de signo opuesto.

Y tendrías razón… casi siempre.

Pero ¿qué ocurre cuando la partícula es eléctricamente neutra?

Ahí está la trampa.

En 1956, los físicos Bruce Cork, Glen Lambertson, Oreste Piccioni y William Wenzel descubrieron el antineutrón en el Bevatron del Laboratorio de Berkeley, haciéndolo aparecer en colisiones entre protones y antiprotones, estos últimos descubiertos apenas un año antes.

La pregunta resulta entonces inevitable.

Si el neutrón tiene carga eléctrica nula, ¿qué lo distingue de un antineutrón?

La respuesta no está en la carga eléctrica, sino en otros números cuánticos que, en aquella época, servían para catalogar las partículas que iban apareciendo.

Un neutrón quedaba caracterizado por:

  • Número bariónico (B) = +1
  • Espín (J) = ½
  • Isospín (I) = ½
  • Tercera componente del isospín (I₃) = −½
  • Extrañeza (S) = 0
  • Carga eléctrica (Q) = 0
  • Momento magnético (μ) = −1,91

La teoría de Dirac establecía que una partícula se transforma matemáticamente en su antipartícula mediante una operación de simetría que invierte todos los números cuánticos asociados a las cargas conservadas. Aplicando esa transformación, el antineutrón quedaba descrito por:

  • Número bariónico (B) = −1
  • Espín (J) = ½
  • Isospín (I) = ½
  • Tercera componente del isospín (I₃) = +½
  • Extrañeza (S) = 0
  • Carga eléctrica (Q) = 0
  • Momento magnético (μ) = +1,91

La explicación profunda de por qué esos números cuánticos adoptaban precisamente esos valores aún tardaría algunos años en llegar. En aquel momento, las teorías solo alcanzaban hasta ahí.

Y eso es, precisamente, una de las grandezas de la ciencia. Nunca ha pretendido poseer una verdad absoluta sobre la naturaleza. En cada época ofrece la mejor descripción compatible con las observaciones disponibles y, cuando aparecen nuevos datos, no duda en corregirse. Igual que un poeta pule una y otra vez sus versos hasta encontrar la palabra exacta, los físicos retocan sus ecuaciones buscando que reflejen, con la mayor fidelidad posible, la armonía del universo.

La prueba más convincente de que aquella nueva partícula era, efectivamente, el reflejo en antimateria del neutrón no estaba escrita en una ecuación, sino en un experimento: cuando un neutrón y un antineutrón se encuentran, ambos desaparecen, transformando toda su masa en energía.

Ese destino trágico de destrucción es el mismo que aparece en la historia de Romeo y Julieta. Dos seres casi idénticos, separados únicamente por una propiedad que parecía irreconciliable, cuyo encuentro solo podía terminar con la desaparición de ambos. Shakespeare lo convirtió en tragedia; la naturaleza, en una aniquilación fotónica.


Continuaremos por la Calle de la Verona hasta encontrar el primer sotoportego a la derecha. Este nos conducirá por el Ramo Ferretti hasta el Campiello Marinoni, que atravesaremos discretamente por su lado derecho para adentrarnos en el sombrío sotoportego de la Malvasia Vecchia.

Diríase que este oscuro pasaje hubiera sido concebido para obligarnos a elegir entre dos destinos. Una de sus salidas parece precipitarse directamente sobre el agua; la otra nos deposita sobre el Ponte della Malvasia Vecchia, desde donde, además, podremos fotografiar el puente que acabamos de visitar.

El arco de este puente está formado por seis dovelas: dos grupos de tres (lo que viene a ser un triplete)perfectamente simétricos.

Las simetrías desempeñan un papel esencial en la física de partículas. De hecho, a comienzos de los años sesenta, el físico estadounidense Murray Gell-Mann —de manera independiente y casi simultánea al físico israelí Yuval Ne’eman— descubrió que el creciente zoológico de hadrones podía ordenarse mediante sorprendentes simetrías matemáticas. Había nacido el Eightfold Way, una clasificación en la que los bariones de espín ½ se organizaban en octetes y los de espín 3/2 en decupletes.

Octete de bariones de spin ½

Dentro de ese octete, las partículas sigma forman un triplete de isospín. Aunque ya ha aparecido antes ese palabro, voy a resistir la tentación de explicarlo aquí. Bastante se está alargando ya esta entrada… y todavía me me queda preparar la presentación sobre el eclipse total..

En esa representación, los bariones sigma forman un triplete:

Σ,Σ0,Σ+\Sigma^{-}, \Sigma^{0}, \Sigma^{+}

Pero ya hemos hablado de su descubrimiento en el noveno paso.

Permitámonos ahora un pequeño juego. Imaginemos que el triplete de dovelas situado a la izquierda representa precisamente a esa familia de partículas. Entonces, por pura simetría, el triplete de la derecha bien podría corresponder a sus reflejos en el espejo de la antimateria: las anti-sigma.

Aquí conviene detenerse un instante.

Quizá hayas pensado que la Σ⁻ es la antipartícula de la Σ⁺.

No es así.

Cada una de las tres posee su propia compañera de antimateria:

Σ+,Σ0,Σ\bar{\Sigma}^{+}, \bar{\Sigma}^{0}, \bar{\Sigma}^{-}

Las antipartículas conservan la masa y el espín de sus correspondientes partículas, pero invierten los números cuánticos asociados a las cargas conservadas.

Su descubrimiento se produjo en 1959. La anti-Sigma positiva fue observada en los experimentos realizados con el Bevatron de Berkeley. La anti-Sigma negativa, por su parte, fue identificada al otro lado del llamado Telón de Acero, en el Instituto Conjunto de Investigación Nuclear de Dubná (Rusia).

Entre los miembros de aquel equipo figuraba el físico nuclear vietnamita Nguyễn Đình Tứ, encargado de presentar el descubrimiento en una conferencia científica internacional.

Me gusta detenerme en las personas desconocidas. La historia de la física suele recordar a quienes formularon las grandes teorías, pero los descubrimientos experimentales son casi siempre el fruto de equipos numerosos. Rescatar del anonimato a algunos de sus integrantes —especialmente cuando proceden de países con escasa tradición científica o con menos recursos— también forma parte de hacer justicia a la historia. Y, quién sabe, quizá su ejemplo despierte alguna vocación en otro joven científico que hoy, en algún lugar del mundo, comienza a mirar con curiosidad hacia la naturaleza y se pregunte cómo funciona.


Tras fotografiar el puente, nos daremos la vuelta para salir de la pequeña cueva platónica en la que nos encontramos y atravesaremos el Campiello Marinoni, también conocido como Campiello de la Fenice.

En el extremo opuesto se alza la parte trasera del Teatro La Fenice, una de esas espinitas que todavía llevo clavadas en el corazón. Algún día conseguiré asistir a una representación en su interior.

Dos calles nacen junto a su fachada. Nosotros elegiremos la que parte a la derecha de la placa conmemorativa dedicada a Mario Marinoni, incansable promotor del bel canto.

La Calle de la Fenice apenas nos ofrecerá distracciones, salvo la pequeña Corte Tagliapiera, cuyo nombre puede inducir a error si eres un fiel seguidor del marino de La Valeta.

Tras dejar atrás la corte, un breve quiebro hacia la izquierda nos reserva una agradable sorpresa: un coqueto sotoportego sostenido por cinco columnas de piedra de Istria bajo una techumbre de madera que nos invita a cruzarlo.

Al otro lado nos espera el Ponte di San Cristoforo. Su nombre podrías adivinarlo incluso sin leer el cartel que suele señalar cada puente veneciano. Basta con fijarse, justo antes de cruzarlo, en el fresco protegido por una reja formada por manzanas acorazonadas: representa a San Cristóbal (San Cristoforo en italiano), el santo que da nombre al puente.

Ponte San Cristoforo

Según la tradición cristiana, San Cristóbal medía cinco codos de altura, unos 2,30 metros, y poseía un rostro terrible. Vamos, que bien podría haber pasado por hermano de Polifemo. Alcanzó la santidad ayudando a cruzar un río a un Cristo niño que no tuvo mejor ocurrencia que aumentar milagrosamente su peso para complicarle la tarea al gigantesco y poco agraciado porteador.

Una ocupación cuanto menos singular para alguien que, sin duda, habría sido considerado un extraño incluso entre los suyos debido a su imponente aspecto.

La siguiente partícula descubierta también era extraña. O, para ser más precisos, antiextraña.

En 1959, un equipo de científicos de la Universidad de California, dirigido por el físico Luis Álvarez, descubrió en la cámara de burbujas del Bevatron el antibarión más extraño conocido hasta ese momento: el antiLambda (Λ̄⁰).

Puede parecer un descubrimiento más en la larga lista de la física de partículas, pero supuso un hito importante. Demostró que todos los bariones conocidos poseían su correspondiente contraparte de antimateria. Hasta entonces solo se habían observado las antipartículas de los bariones protón y neutrón.

Hoy el antiLambda (Λ̄⁰) vuelve a estar de actualidad. Y, al igual que san Cristóbal, lo hace asociado a una de las circunstancias más extrañas imaginables.

En recientes observaciones realizadas por el experimento ALICE del CERN se ha conseguido identificar el núcleo de antimateria más extraño observado hasta la fecha: el antihiperhelio-4.

Este núcleo está formado por dos antiprotones, un antineutrón y un antiLambda (Λ̄⁰).

No podemos negar que el antiLambda se ha convertido en nuestro particular San Cristóbal, guiándonos a través del vado del conocimiento hasta la orilla, todavía misteriosa, de la antimateria.


Desde el tablero de piedra del Ponte di San Cristoforo ya podemos distinguir nuestro siguiente objetivo: el Ponte Storto (dei Calegheri). Resulta difícil decidir si es el puente el que obliga al quiebro del Rio della Verona o si, por el contrario, fue el canal quien impuso al puente su peculiar geometría.

Ponte Storto (dei Callegheri)

La «storticidad» de este ponte storto no deja de llamar la atención. Si lo observamos desde el lado por el que nos acercamos, su margen derecho es prácticamente ortogonal a las fachadas que flanquean el Rio della Verona. En cambio, el izquierdo se estrecha hasta convertirse casi en una aguja gótica, pues coincide exactamente con el punto en el que el canal cambia de dirección. El resultado es un puente asimétrico que parece haberse adaptado, resignado, a los caprichos de la mecánica de fluidos.

Dejaremos atrás esa excéntrica inclinación para continuar por el Ramo dei Calegheri, que comienza bordeando el canal y, casi sin darnos cuenta, se encajona hasta convertirse en un estrecho pasadizo que desemboca en el campiello del mismo nombre.

Allí nos esperan tres escenas alineadas casi como las tres Marías del cinturón de Orión: a la derecha, un sotoportego… sin agua; en el centro, un pozo… también sin agua; y a la izquierda, un nuevo Ponte storto… sobre el agua, el Rio di Santa Maria Zobenigo.

Puedes detenerte a fotografiar lo que se contempla desde ese rincón. Si decides no hacerlo, no te preocupes: antes de abandonar esta zona volveremos a pasar por aquí y tendrás una segunda oportunidad.

Ponte Storto

Ya he comentado en ocasiones anteriores que los puentes storti son aquellos que cruzan los ríos (recuerda que en Venecia un canal es, en realidad, un río) de forma oblicua. Es como si, en lugar de construir un puente con dos tramos ortogonales, los catetos de un triángulo rectángulo, alguien hubiera optado por tenderlo directamente sobre la hipotenusa.

Eso invita a pensar que un puente storto es, en cierto modo, la combinación lineal de dos puentes rectos: uno que cruza el río y otro que avanza paralelo a la orilla.

Algo parecido ocurre con la siguiente partícula descubierta. También ella puede entenderse como una combinación lineal de otras más elementales. Claro que eso no se supo hasta unos años después, cuando los quarks vinieron a arrojar algo de luz sobre la oscuridad confinada del interior de los hadrones.

En 1961, el físico Aihud Pevsner, nacido en Haifa cuando la ciudad aún formaba parte del Mandato Británico de Palestina, y su equipo descubrieron un nuevo mesón en el acelerador Bevatron del Lawrence Berkeley Laboratory, en Estados Unidos.

El hallazgo de esta partícula neutra supuso un importante respaldo al modelo de los octetes de Murray Gell-Mann, que pocos años más tarde conduciría a la propuesta de los quarks como constituyentes fundamentales de bariones y mesones.

En ese lenguaje, el mesón η puede interpretarse como una superposición de distintos pares quark-antiquark de los tres sabores ligeros. Es decir, una combinación lineal de todas esas posibilidades. Una auténtica partícula storta.


Desde el Campiello dei Calegheri tomaremos el ramo situado en el lado opuesto al puente.

No necesitaremos recorrer ni veinte pasos para alcanzar el Ponte della Malvasia Vecchia, que parece nacer al abrigo de un curioso trébol con hoja en forma de picas que adorna el dintel de la casa contigua.

Ponte de la Malvasi Vecchia

Este puente de hierro se alza justo donde el Rio di San Maurizio describe un giro de noventa grados. Allí me llamó la atención un pequeño detalle que suele pasar inadvertido: el aldabón de piedra con forma de león que adorna la primera casa de la fondamenta. Al carecer de la habitual pieza móvil, uno se pregunta si realmente es un aldabón o un simple símbolo. Y, sobre todo, qué puerta custodia y adónde conduce.

Me pregunto quién fue la primera persona que identificó un trébol de cuatro hojas en la naturaleza. Resulta difícil imaginar que un botánico, después de haber visto únicamente tréboles de tres hojas, tuviera la feliz ocurrencia de pensar que debían existir otros con una hoja más.

Quizá los físicos no piensan como los botánicos. Tras la hipótesis de Pauli sobre la existencia del neutrino y su posterior descubrimiento experimental, relatado en el decimoquinto paso, algunos comenzaron a preguntarse si no habría más de uno.

Ya se había descubierto un primo pesado del electrón: el muón (véase el quinto paso). El físico Gerald Feinberg propuso que también debía existir un compañero neutro y ligerísimo para esta nueva partícula, del mismo modo que el electrón tenía el suyo. Feinberg fue, además, quien acuñó el término taquión al predecir la existencia de partículas supralumínicas. En esa ocasión, sin embargo, la naturaleza no parece mostrarse tan colaboradora.

Fue Bruno Pontecorvo quien dio el paso decisivo. Identificó una serie de procesos que solo podían entenderse si existían dos tipos distintos de neutrinos: uno asociado al electrón y otro al muón.

Con semejantes indicios, la pelota pasaba al tejado de los físicos experimentales. Había llegado el momento de salir a la caza del hipotético neutrino muónico.

En 1962, Leon Lederman, Melvin Schwartz y Jack Steinberger demostraron su existencia utilizando el acelerador AGS del Brookhaven National Laboratory. Habían encontrado al compañero neutro del muón: el neutrino muónico (νμ).

El experimento fue tan ingenioso como elegante. Aceleraron protones y los hicieron chocar contra un blanco para producir un intenso haz de piones. Estos se desintegraban en muones y neutrinos. Después interpusieron un enorme bloque de acero que detenía todas las partículas salvo los neutrinos, capaces de atravesarlo sin apenas inmutarse. Finalmente hicieron incidir ese haz sobre otro blanco. Si todos los neutrinos fueran iguales, deberían producirse tanto electrones como muones. Sin embargo, solo aparecían muones. Aquella era la prueba de que el neutrino del electrón y el del muón eran partículas diferentes.

Y así, con una idea brillante, un bloque de acero y una partícula casi imposible de detectar, se consigue un Premio Nobel.

Al final de la fondamenta ya se distingue nuestro siguiente objetivo: el Ponte Zaguri. Hacia él encaminaremos nuestros pasos, aunque antes merece la pena asomarse al sotoportego de l’Avezzera, que se insinúa emboscado a nuestra derecha.

Ponte Zaguri

Cruzaremos el puente para internarnos en el Campiello della Feltrina, que ocupa prácticamente toda la anchura del pequeño islote sobre el que se asienta. Quizás tengas la fortuna de escuchar el tañido de las tres campanas de la cercana Chiesa di Santa Maria del Giglio, cuya espadaña asoma por encima del exuberante quincunce con el que se adorna su fachada.

Las posibilidades de abandonar el campiello son escasas. En realidad, solo una: el Ponte della Feltrina. Da la impresión de que alguien hubiera partido el puente por su eje de simetría, pues el estrecho Rio Barbarigo apenas dejó espacio para desarrollar al arquitecto veneciano su estructura completa.

Ponte de la Feltrina

Apenas diez metros más adelante nos espera el Ponte Duodo, que nos devuelvoría al islote anterior con absoluta indiferencia, como si ambos puentes formaran un signo de equivalencia.

Y, si a estas alturas del recorrido te apetece una grappa, este pequeño intervalo entre un puente y otro me parece un lugar inmejorable para concederte esa pausa reservada para los guerreros de armas incruentas.

Ponte Duodo o Barbarigo

Un pequeño inciso antes de abandonar esta zona. Si encaminas tus pasos hacia el Gran Canal por la Fondamenta Duodo, te encontrarás con un sotoportego oscuro y algo destartalado que no invita precisamente a cruzarlo. Sin embargo, no te dejes engañar por las apariencias.

Al otro lado se encuentra el Palazzo Barbarigo Minotto, donde se representan, en un ambiente íntimo y para un reducido número de espectadores, escenas de algunas de las óperas más célebres del repertorio, acompañadas por sus arias más memorables, ya sean luminosas… o desgarradoras, que de ambas se alimenta la ópera y el alma de los melómanos.

Fue una de las experiencias más inolvidables de mis viajes de Carnaval a Venecia. Allí disfrutamos de la representación perfectamente integrados en la atmósfera del palacio, vestidos con trajes inspirados en la Venecia del siglo XVIII. Durante unas horas dejó de parecer un espectáculo para convertirse en un pequeño viaje en el tiempo.

La búsqueda de nuevas partículas a comienzos de los años sesenta mantenía, en cierto modo, la estructura de una ópera clásica.

Una vez que Murray Gell-Mann, del Instituto Tecnológico de California, y Yuval Ne’eman, del Imperial College de Londres, establecieron el camino con el modelo de los octetes, cada nueva partícula seguía un libreto bien definido. Todo comenzaba con una predicción audaz; después llegaban años de búsqueda, de incertidumbre y de tensión creciente, como si transcurrieran el primero y el segundo acto de una ópera. Finalmente aparecía el aria que justificaba toda la obra: el descubrimiento experimental. Y, en este caso, la partitura reservaba para la última nota un nombre especialmente apropiado: Ω.

Antes de ese desenlace, los hadrones ya se organizaban en elegantes familias simétricas —octetes y decupletes— cuya geometría parecía esconder un orden profundo. Los físicos teóricos, que con frecuencia son tan matemáticos como físicos, reconocieron que aquella estructura encajaba de forma natural con el grupo unitario especial de dimensión tres, SU(3), una simetría capaz de describir con sorprendente precisión las relaciones entre esas partículas.

Pero toda buena ópera necesita un aria final. Y toda buena teoría física, una predicción cuya verificación dependa exclusivamente del experimento.

Así nació una de las apuestas más atrevidas de la física de partículas. El decuplete bariónico de espín 3/2 y paridad positiva presentaba un hueco imposible de ignorar. Para completar la simetría debía existir un singlete isotópico con espín 3/2, paridad positiva, masa cercana a 1680 MeV, carga negativa, número bariónico +1, extrañeza −3 y estabilidad frente a la interacción fuerte. Predecir la existencia de una partícula nunca observada ya era una osadía; anticipar, además, todas esas propiedades rozaba la temeridad. Gell-Mann incluso le asignó un nombre antes de que nadie la hubiera visto: Ω⁻. Era la nota final de la partitura. Aunque, en ciencia, conviene desconfiar siempre de las notas finales.

En 1964, un grupo de físicos del Brookhaven National Laboratory, la University of Rochester y la Syracuse University, liderados por Virgil I. Barnes y Nicholas Samios, encontró en una cámara de burbujas de 80 pulgadas la escurridiza Ω⁻. Sus propiedades coincidían, una tras otra, con las predichas por los teóricos.

La Ω⁻ era la pieza que faltaba para completar el rompecabezas. Su descubrimiento constituyó una de las confirmaciones más espectaculares del modelo de los octetes y abrió el camino para que el modelo de quarks se consolidara como la explicación fundamental de la estructura de los hadrones y de las partículas sometidas a la interacción fuerte..


Continuemos el recorrido, que ya empezamos a vislumbrar el final de nuestro periplo. La calle que nace del Ponte Duodo nos conduce hasta el Campiello Santa Maria Zobenigo.

Antes de seguir, voy a pedirte un pequeño desvío para contemplar la magnífica fachada de mármol blanco de la iglesia. No quiero que centres tu atención en las imponentes esculturas de la parte superior, más propias de un mausoleo civil que de un templo cristiano, sino en los altorrelieves situados a la altura de la calle.

Representan planos de diversas ciudades tal y como eran en el siglo XVII. Merece la pena detenerse un instante en el de Roma e intentar localizar su monumento más emblemático. Es un pequeño juego que te ofrezco para que, por un momento, descanses de tanto paso elevado sobre las aguas.

No deja de resultar curioso que una fachada de una iglesia tan espectacular apenas muestre referencias explícitas a la santidad.

Tras este breve paréntesis eclesiástico retomaremos nuestro camino por la Calle de le Ostreghe. Como curiosidad, justo antes de vadear el Rio de l’Alboro por el Ponte de le Ostreghe encontrarás, a tu derecha, una estructura de piedra que recuerda a un pequeño dolmen.

Ponte de le Ostreghe

Si desde el puente diriges la mirada hacia el Gran Canal, descubrirás el Ponte al Civico 2442/A. Es uno de esos puentes privados que me resultan especialmente fotogénicos. Frente a la vivienda a la que da acceso se ubica un sotoportego que actúa como un encuadre natural y permite conseguir composiciones de gran profundidad. Merece la pena detenerse unos minutos con la cámara antes de continuar.

Ponte al Civico 2442/A

Llegados a este punto, haremos un Teseo: regresaremos sobre nuestros pasos, aunque esta vez sin la ayuda del hilo de Ariadna. Volveremos a cruzar el Rio de l’Alboro para recorrer de nuevo la Calle de le Ostreghe hasta reencontrarnos con el plano de Roma que admirábamos hace apenas unos minutos.

Retroceder sobre el camino recorrido ofrece la oportunidad de detenerse, mirar atrás y tomar conciencia de lo conseguido hasta ese momento.

En mi aventura por los puentes de Venecia tampoco hay grandes conclusiones que extraer. Apenas este texto, construido a partir de unas notas escritas hace más de un año y rehechas al calor de unas noches de verano que, como en Shakespeare, transcurren entre sueños mientras Teseo celebra sus desposorios con Hipólita.

En la historia de la física, en cambio, aquel alto en el camino resultó extraordinariamente fructífero. Tras las explicaciones, más geométricas que físicas, basadas en octetes, decupletes y otras figuras simétricas, Murray Gell-Mann y George Zweig propusieron de manera independiente que los hadrones observados hasta entonces en los aceleradores y en los rayos cósmicos no eran partículas elementales, sino que estaban formados por constituyentes más pequeños.

Gell-Mann bautizó a esos constituyentes con el nombre de quarks. Zweig prefirió llamarlos ases (aces).

La historia ya nos ha revelado quién ganó aquella pequeña batalla terminológica.

En su formulación original bastaban tres quarks para explicar todas las partículas conocidas:

  • quark up (arriba),
  • quark down (abajo),
  • quark strange (extraño).

Poco después la familia crecería con nuevos miembros —charm, bottom y top—, pero esa es otra historia.

Los hadrones adquirían entonces una estructura sorprendentemente sencilla:

  • Bariones: formados por tres quarks.
  • Mesones: formados por un quark y un antiquark.
  • Hiperones: un tipo particular de barión que contiene al menos un quark extraño.

El nombre elegido por Gell-Mann tampoco era casual. La palabra quark aparece en la novela Finnegans Wake, de James Joyce, en la célebre frase: «Three quarks for Muster Mark!».

Aquella teoría tenía, sin embargo, un detalle desconcertante. Para que todo encajara, los quarks debían poseer cargas eléctricas fraccionarias, algo que nadie había observado jamás. Hasta entonces todas las partículas conocidas presentaban cargas iguales, en valor absoluto, a la del electrón o a un múltiplo entero de ella.

Pero dejemos aquí esta breve incursión en la teoría. Igual que hemos interrumpido por un momento nuestro paseo por Venecia, también conviene regresar al hilo principal de esta historia: los experimentos. Porque una teoría puede ser elegante, incluso hermosa, pero la naturaleza no corrige exámenes de Estética. Por mucho que Einstein y Dirac estuvieran convencidos de que el universo sí lo hacía.

Hacían falta pruebas de que los hadrones eran realmente partículas compuestas.

Y esas pruebas no tardarían en llegar.

Desde allí continuaremos por la Calle del Piova, también conocida como Calle Gritti, una vía que se quiebra a mitad de recorrido antes de desembocar en la Fondamenta de La Fenice.

Una vez allí, giraremos a la derecha para acercarnos hasta el Ponte Maria Callas. ¡Bendita sea ella entre todas las sopranos!

Te dejo el placer de descubrir el mejor encuadre por ti mismo. Si aceptas una sugerencia, cruza el puente y sitúate bajo el moderno sotoportego que se abre frente al Rio della Vesta. Desde allí, la perspectiva realza la nívea piedra en la que está construído y nos permite centrar el elegante Campanile si Santo Stefano como clave musical de la composición fotográfica.

No se me ocurre un lugar mejor para recordar a quien convirtió el silencio en emoción y la emoción en música.

Ponte Maria Callas

¿Qué convirtió a Maria Callas en un punto de inflexión en la historia de la ópera?

Quien hubiera asistido a una representación suya en el Teatro La Fenice desde el loggione habría disfrutado de una voz extraordinaria. Pero quienes ocupaban las butacas de platea descubrían algo más. Desde allí podían apreciar lo que realmente hacía única a la Callas: una intensidad interpretativa desconocida hasta entonces, una fuerza dramática capaz de transformar cada aria en una auténtica representación teatral. Su revolución no solo se escuchaba; también se veía.

Vista desde el loggione del Teatro La Fenice

El siguiente experimento que reveló la estructura interna de protones y neutrones obedecía a la misma idea. Observados desde lejos, es decir, con sondas de baja energía, ambos parecen partículas elementales, compactas y sin estructura. Pero al acercarse lo suficiente, utilizando electrones de altísima energía, la imagen cambia por completo. Entonces se descubre que su carga no está distribuida de manera uniforme y que, en su interior, existen constituyentes mucho más pequeños.

En realidad, el planteamiento recordaba al célebre experimento de Ernest Rutherford, que más de medio siglo antes había desvelado la estructura interna del átomo. La diferencia era que ahora el objetivo no era atravesar la corteza electrónica para alcanzar el núcleo, sino penetrar en el propio núcleo y averiguar si protones y neutrones ocultaban una estructura aún más profunda.

A comienzos de los años setenta, en el SLAC National Accelerator Laboratory, se bombardearon blancos de hidrógeno líquido —para estudiar protones— y de deuterio líquido —para estudiar protones y neutrones— con electrones de muy alta energía. Si los protones hubieran sido partículas indivisibles, los electrones se habrían dispersado como si rebotaran sobre una superficie lisa. Sin embargo, las colisiones a grandes ángulos revelaban la realidad: los electrones chocaban contra pequeños constituyentes duros y puntuales situados en el interior de los nucleones.

Los quarks propuestos por Murray Gell-Mann y George Zweig, junto con los partones introducidos por Richard Feynman superaban con nota el examen experimental. La belleza matemática de la teoría encontraba, por fin, el respaldo de la realidad.


Nuestro siguiente objetivo se encuentra a tiro de piedra, al otro lado del Rio della Vesta. Sin embargo, para quienes recorremos Venecia a pie, será un pequeño rodeo. Los canales obligan a desandar y volver a empezar, de modo que el trayecto termina siendo bastante más largo de lo que aparenta el mapa.

Esta vez no voy a darte un itinerario detallado. Ha llegado el momento de que te sumerjas en tus propias decisiones y empieces a recorrer Venecia con la misma incertidumbre y el mismo placer con que yo lo hago.

Solo te daré una pista. Si eliges el camino más corto, volverás a cruzar dos ponti storti (el segundo será el de Calegheri) y pasarás de nuevo por el puente custodiado por el patrón de los conductores, que una vez más te ayudará a franquear las aguas.

Al final de la Calle della Fenice bastará con girar a la derecha por la Calle del Caffettier para que, casi sin darte cuenta, aparezcan ante ti las escaleras del Ponte de le Veste.

Ponte de le Veste

Cruzaremos el puente, aunque conviene recordar el trayecto que aquí empezamos, porque dentro de unos minutos volveremos sobre nuestros pasos.

Casi sin advertirlo, la vía cambia su nombre por el de Calle del Sartor da Veste antes de desembocar en una de las grandes arterias peatonales de Venecia, esas «vías marea» por las que discurre el camino más corto entre los puentes del Gran Canal y la plaza de San Marco. En este caso se trata de la Calle Larga XXII Marzo, llamada así en recuerdo del 22 de marzo de 1848, fecha del nacimiento de la efímera República de San Marco.

Tan efímera fue la República de San Marco proclamada el 22 de marzo de 1848 que, durante el tiempo que permaneció en pie, habría sido imposible analizar las más de medio millón de fotografías que, años más tarde, permitieron demostrar la existencia del escurridizo antiomega (Ω̄⁺).

En el californiano Lawrence Radiation Laboratory, Alexander Firestone, Gerston Goldhaber y su equipo invirtieron más de seis años en revisar, una por una, más de quinientas mil fotografías. Todo ello en una época en la que la única inteligencia artificial pertenecía a la ciencia ficción y, para muchos aficionados, tenía el rostro de la Inteligencia Suprema Kree de los cómics de Marvel.

Las antipartículas viven exactamente lo mismo que sus correspondientes partículas. Así lo establece el teorema CPT, una de las piedras angulares de la física de partículas, basado en las simetrías de carga (C), paridad (P) e inversión temporal (T). Lo sé porque, en su día, fue uno de los trabajos de fin de curso que tuve que presentar ante quien, para nosotros, era poco menos que Dios: el catedrático de Física Atómica de Zaragoza. Confieso que de todo aquello ha sobrevivido bastante menos en mis neuronas de lo que ha sobrevivido el propio teorema.

El descubrimiento del antiomega (Ω̄⁺) confirmó que todos los bariones de vida relativamente larga poseían también su correspondiente antipartícula.

La duración de un hadrón depende, en realidad, de la interacción responsable de su desintegración. Los más longevos son los que decaen mediante la interacción débil; después vienen los que lo hacen por interacción electromagnética; y los más efímeros de todos son aquellos cuya desintegración está gobernada por la interacción fuerte. Su existencia es tan breve que ni siquiera dejan una traza visible en los detectores. Solo el estudio de sus productos de desintegración permite reconstruir la existencia de ese fugitivo instante en que estuvieron allí.

Al incorporarnos a ella, la Iglesia de San Moisè se alza, a nuestra izquierda, encajada entre el cañón pétreo formado por las fachadas neoclásicas de la calle. Su exuberante portada barroca irrumpe entre ellas esperando el rostro en scorzo de Corto Maltés.

Sin embargo, conforme nos acercamos al Ponte San Moisè aparecen también dos edificios cuya arquitectura rompe por completo el encanto del entorno. No son, estrictamente, ejemplos de brutalismo, pero su presencia resulta tan fuera de tiempo que a uno le asalta la tentación de invocar a la piqueta para devolverlos, ladrillo a ladrillo, al fondo de la laguna.

Ponte San Moisè

La presencia de los dos edificios extemporáneos de la plaza de San Moisè resta parte del encanto a uno de los rincones más bellos de Venecia.

Nuestro siguiente paso también tiene que ver con el encanto. Aunque, en esta ocasión, poco tiene que ver con esa cualidad que hace agradable a una persona, una obra de arte o una ciudad.

A mediados de los años sesenta, el modelo de los quarks, que tan buenos resultados había dado para ordenar el aparentemente caótico zoológico de los hadrones, comenzó a mostrar algunas lagunas. Tan estancadas, si se me permite el símil, como las aguas de la veneciana.

Un grupo de físicos teóricos —Sheldon Glashow, John Iliopoulos y Luciano Maiani— propuso la existencia de un cuarto quark para explicar ciertas desintegraciones que el modelo original era incapaz de describir correctamente.

La solución era tan sencilla como audaz. La misma que había funcionado en el pasado y volvería a funcionar en el futuro: cuando la naturaleza no encaja con la teoría, se predice una nueva partícula… y se sale de excursión a buscarla.

He tenido la fortuna de conversar en dos ocasiones con Sheldon Glashow, uno de los padres de la teoría electrodébil. Puedo afirmar, por tanto, con conocimiento de causa, que es una persona encantadora. Rebosa encanto. Tanto que el nuevo quark recibió, precisamente, ese nombre: charm, «encanto».

Con el nuevo modelo solo faltaba lo de siempre: que la naturaleza diera su aprobación.

Y la concedió en noviembre de 1974. En lo que pasó a la historia como la Revolución de Noviembre, dos equipos trabajaron de forma independiente y descubrieron simultáneamente la misma partícula. Uno de ellos, dirigido por Samuel C. C. Ting en el Brookhaven National Laboratory; el otro, encabezado por Burton Richter en el SLAC National Accelerator Laboratory. Se trataba de un nuevo mesón formado por un quark encanto y un antiquark encanto: exactamente la partícula que la teoría había anticipado.

Como ambos grupos llegaron al descubrimiento de manera independiente, cada uno bautizó la nueva partícula a su manera. La comunidad científica, actuando con una salomónica ecuanimidad, decidió no dar la razón a ninguno de los dos… y se la dio a ambos —Lo que viene a llamrase la dualidad te doy la razón/no te la doy—. Desde entonces, el mesón recibe el nombre de J/ψ.

Y, permitidme terminar con un juego de palabras: aquel descubrimiento constituyó una evidencia FUERTE realmente ENCANTADORA de la teoría de la interacción DÉBIL.


Es momento de hacer uso de tu brújula interior (o del hilo de Ariadna) para regresar hasta el cruzo de la Calle del Caffettier con la Calle de la Fenica.. es muy sencillo, no ceo que te pierdas.

Si has sido capaz de llegar, retrocede unos pasos para tomar la Calle Drio la Chiesa. Es fácil de identificar, pues tiene un paso elevado que da acceso desde la Chiesa di San Fantin hacia una casa particular. Quién sabe si el párroco de la iglesia hacía visitas nocturnas con alevosía a alguna (o alguno) de sus habitantes.

Al final de la calle está el Ponte de la Piscina que tendrás que esperar a fotografiarlo desde el vecino Ponte dei Barcaroli. No creo que sea necesario que remarque que ya que estás aquí, hagas lo propio con el siguiente destino, recuerda… puentes conjugados.

Ponte de la Piscina

Volveremos sobre nuestros pasos hasta la Calle del Caffettier y, avanzando hacia el norte, giraremos por la Calle Barcaroli, que, tras el breve paréntesis del campiello, cambia discretamente su nombre por el de Calle Frutarol.

El Ponte dei Barcaroli nos espera. Mientras te acercas, quizá creas distinguir una risa infantil, aguda, estridente, lejana, flotando sobre el murmullo de la marea.

Desde el lugar en el que fotografío el puente encuentro la explicación a ese sonido imaginario. Me hallo frente a la casa donde un quinceañero Wolfgang Amadeus Mozart residió durante su estancia en Venecia entre febrero y marzo de 1771.

Quién sabe si durante aquellos días de Carnaval llegó a cruzarse con alguna misteriosa figura enmascarada, de esas que convierten Venecia en un escenario donde resulta imposible distinguir la realidad de la ficción. Doy fe de que yo las he visto surgir entre la niebla. Me gusta pensar que fue entonces cuando comenzó a gestarse, en algún rincón de su imaginación, el oscuro personaje que siglos después asociaríamos al hombre de la máscara negra de Don Giovanni.

No, ya lo sé. Esa imagen pertenece más al cine que a la biografía. Fue Amadeus, la magnífica película de Miloš Forman, la que convirtió la máscara negra del padre de Mozart, encarnado por el siniestro Salieri, en uno de los iconos del séptimo arte. Dejadme soñar. Soñar en Venecia está permitido.

Ponte dei Barcaroli

Mozart vivió apenas treinta y cinco años. No necesitó más tiempo para dejar una obra inmensa y una huella imborrable en la historia de la música.

La siguiente partícula descubierta también rompía con la tradición. Hasta ese momento, la historia había estado dominada por hadrones y por los constituyentes que escondían en su interior. Ahora le llegaba el turno a una partícula elemental de vida extraordinariamente breve, pero cuyo paso por la física resultaría tan prolífico como el de Mozart en la música.

Aquella partícula era el tauón. Aunque, reconozcámoslo, el nombre suena más a descalificativo que a partícula elemental. Mucho más elegante resulta llamarlo electrón tau.

Su existencia es muchísimo más efímera que la del compositor austríaco: apenas 2,9 10-13 segundos. Pero, igual que Mozart se atrevió con todos los géneros musicales de su época, el tau también explora un repertorio de desintegraciones que ningún otro leptón puede interpretar. Su elevada masa le permite desintegrarse de múltiples maneras, muchas de ellas inaccesibles para el electrón y el muón. Incluso se atreve a dejar su huella como hadrones.

El tau fue descubierto en 1975 por el equipo de Martin Lewis Perl utilizando el detector MARK I del acelerador SPEAR, en el SLAC National Accelerator Laboratory. Allí se hacían colisionar electrones con positrones, un tipo de experimento extraordinariamente limpio. Los electrones son partículas elementales, sin estructura interna conocida. Los protones, en cambio, se parecen más a un caldero en ebullición: además de sus tres quarks, contienen gluones y un incesante mar de pares quark-antiquark virtuales que aparecen y desaparecen sin descanso.

Y, como suele ocurrir cuando la naturaleza decide revelar uno de sus secretos mejor guardados, el descubrimiento tuvo recompensa. Martin Perl recibió en 1995 el Premio Nobel de Física.


Continuaremos por la Calle Frezzaria hasta que, a nuestra izquierda, se insinúe el Ramo dei Fuseri. Lo seguiremos para alcanzar el Ponte dei Fuseri, desde donde obtendremos la perspectiva adecuada para fotografiar el Ponte de le Colonne.

Y, como suele ocurrir en Venecia, la cortesía será correspondida: cuando lleguemos al Ponte de le Colonne, será él quien nos regale el mejor encuadre del puente en el que ahora nos encontramos.

Ponte dei Fuseri

Para alcanzarlo tendremos que regresar a la Frezzaria y adentrarnos en el sotoportego de le Colonne. Salvo un brevísimo tramo bañado por la luz natural, recorreremos todo el pasaje bajo las sombras hasta desembocar, casi de improviso, en el Ponte de la Colonne.

Ponte de la Colonne

Para ir del Ponte dei Fuseri al Ponte de le Colonne hay que pasar junto a la casa en la que residió el polímata y poeta romántico Johann Wolfgang von Goethe. Su relación con Venecia, y con el resto de los estados que hoy forman Italia, nació durante el célebre viaje que emprendió entre 1786 y 1788. Precisamente inició su periplo italiano en esta ciudad y se alojó, del 28 de septiembre al 14 de octubre de 1786, en la casa situada junto al Ponte dei Fuseri.

Allí escribió buena parte de sus Epigramas venecianos. Confieso que su poesía nunca ha terminado de conquistarme, ni siquiera sus epigramas más subidos de tono, atrevidos incluso para algunos cánones actuales. Aun así, su lectura resulta casi obligada para cualquiera que sienta fascinación por la belleza de Venecia.

Y ya tenemos el hilo conductor del siguiente descubrimiento. Del paso bajo un sotoportego hemos llegado a la belleza de la poesía goethiana. Es el puente que se me venido a la cabeza para introducir al siguiente protagonista.

Porque ahora toca hablar de cómo los físicos terminaron «exigiendo» la existencia de un quinto quark -y de un sexto-, el quark bottomabajo«, conocido también, con bastante mejor gusto, como quark beauty.

Los kaones, descubiertos en el séptimo paso, presentaban un comportamiento que desafiaba una de las convicciones más profundas de la física de la época. Algunos de sus modos de desintegración violaban la simetría CP, es decir, el principio según el cual las leyes de la naturaleza deberían permanecer inalteradas al intercambiar simultáneamente las cargas de las partículas y su paridad.

¿Qué se les ocurrió entonces a dos físicos japoneses, Makoto Kobayashi y Toshihide Maskawa?

Paso lo de siempre. Propusieron que aquella aparente anomalía desaparecería si existían seis quarks en lugar de cuatro. La historia de la física de partículas parece repetirse una y otra vez: cuando la naturaleza no encaja en el modelo, quizá no sea la naturaleza la que esté equivocada, sino nuestro inventario de partículas, campos o energías.

La confirmación experimental llegó apenas cuatro años después. Leon Lederman y su equipo, en el Fermilab, hicieron colisionar protones de muy alta energía contra núcleos de elementos pesados. Como suele ocurrir en este tipo de experimentos, de aquellas colisiones nació una auténtica lluvia de mesones. Entre ellos apareció una nueva resonancia formada por un quark bottom y su correspondiente antiquark.

En un primer momento alguien propuso bautizar aquella partícula como bottomonio, siguiendo el precedente del charmonio. Afortunadamente, la sensatez terminó imponiéndose y el nuevo mesón recibió un nombre mucho más elegante: Upsilon o Υ (ípsilon), para quienes prefieren conservar la grafía griega internacional.

Leon Lederman recibió, cómo no, el Premio Nobel. Y permíteme una recomendación. Si tienes ocasión, busca uno de sus libros de divulgación: La partícula de Dios: Si el universo es la respuesta, ¿cuál es la pregunta?. Es una obra tan divertida como instructiva. De esas que consiguen explicar la física sin perder el sentido del humor.


Es en esta zona de San Marco donde uno siente con mayor intensidad que Venecia es un auténtico laberinto. Resulta imposible desplazarse de un punto a otro siguiendo las fondamentas: los canales son demasiado estrechos y las calles parecen retar a los topólogos mas avezados en su intento de enredarse unas con otras.

Regresaremos una vez más a la Frezzaria para adentrarnos en la boca del lobo: el sotoportego dello Spiron d’Oro, un pasaje que nos conduce hasta el Rio del Covo.

Allí giraremos a la izquierda por la Fondamenta Orseolo hasta alcanzar el Ponte Goldoni, uno de esos lugares donde las góndolas se amontonan esperando su turno en la encrucijada de los canales, cargadas de turistas japoneses, alemanes y de cualquier otra procedencia. Muchos contemplan la ciudad a través de la pantalla de su teléfono móvil; hace unos años habría dicho que lo hacían por el visor de su cámara. Cambian los dispositivos, pero seguimos empeñados en interponer algo entre nuestros ojos y Venecia, cuando de todos es sabido que Venecia se ve con el alma.

Ponte Carlo Goldoni

La zona del Ponte Goldoni suele estar atestada de góndolas. Aun así, resulta un lugar sorprendentemente ordenado si se compara con el interior de un protón.

La versión más sencilla de un protón nos dice que está formado por tres quarks: dos up y uno down.

La realidad, sin embargo, dista mucho de esa imagen casi escolar. El interior de un protón se parece más a un mar embravecido que a una estructura rígida. En él, los gluones —los mediadores de la interacción fuerte, del mismo modo que el fotón lo es de la interacción electromagnética— intercambian energía sin descanso, mientras pares de quarks y antiquarks virtuales aparecen y desaparecen de forma incesante.

Pero faltaba encontrar a los verdaderos protagonistas de esa agitación: los gluones. Solo entonces la cromodinámica cuántica dejaría de ser una teoría elegante para convertirse en una descripción convincente de la naturaleza.

Los cálculos predecían una firma experimental muy característica. En las colisiones entre electrones y positrones lo habitual era observar dos chorros (jets) de hadrones, correspondientes al quark y al antiquark producidos. Sin embargo, en contadas ocasiones uno de esos quarks debía emitir un gluón antes de hadronizar (proceso por el que los quarks y gluones se combinan para formar hadrones). El resultado sería inconfundible: tres chorros de partículas emergiendo del punto de colisión.

Los físicos experimentales ya sabían qué debían buscar. Y, esta vez, el protagonismo cruzó el Atlántico para quedarse en Europa. En Alemania.

Que el descubrimiento se hiciera en Alemania y que la traza que debían buscar en los detectores tuviera una forma que recuerda al logo de la marca alemana por excelencia no puede ser casualidad.

Izquierda: Lo que los experimentales buscaban en el laboratorio.
Derecha: Cómo los teóricos iban al laboratorio.

En el acelerador PETRA del DESY, cuatro colaboraciones independientes analizaron miles de colisiones en busca de esos esquivos eventos de tres chorros. El estudio fue minucioso. Antes de proclamar un descubrimiento había que demostrar que ninguna otra explicación era compatible con las observaciones.

Finalmente, en 1979, la conclusión fue inevitable: solo la existencia de los gluones permitía explicar aquellos sucesos. El último ladrillo fundamental de la cromodinámica cuántica acababa de ocupar su lugar.


Desde la Fondamenta Orseolo nos dirigiremos hacia la Calle Goldoni y continuaremos por ella hasta girar a la derecha por la Calle del Magazen. Esta desemboca bruscamente en una vía cuyo nombre no deja lugar a dudas sobre su destino: Per San Marco.

Casi sin advertirlo, la calle cambia de nombre y pasa a llamarse Calle dei Fabbri. En mitad de su recorrido aparece el Ponte de le Pignate, uno de los escasos puentes de esta guía para los que no fui capaz de encontrar un encuadre satisfactorio. Por ese motivo me vi obligado a fotografiarlo desde su propio vano, una solución que dista mucho de convencerme.

Que una calle cambie de nombre inesperadamente es casi tan desconcertante como que un quark cambie de sabor.

Uno espera al menos una explicación urbanística: un cruce con otra calle, un giro pronunciado o un vértice en el trazado que justifique el nuevo nombre.

En el mundo subatómico sucede algo parecido. Un quark no cambia de sabor porque sí. Ese cambio exige una interacción y, por tanto, la existencia de una partícula mediadora. En el lenguaje de los diagramas de Feynman también hace falta un vértice: el punto donde nace la interacción y donde el quark deja de ser quien era para convertirse en otro distinto.

La teoría de unificación electrodébil desarrollada por Sheldon Glashow, Steven Weinberg y Abdus Salam proporcionaba esa explicación. Para que la interacción débil pudiera producir procesos como la desintegración beta, debían existir unas partículas portadoras completamente nuevas.

Dos de ellas tenían carga eléctrica. Y, para complicar todavía más su búsqueda, también poseían una masa enorme.

Recuerdo perfectamente el anuncio de su descubrimiento en el CERN. Yo cursaba entonces segundo de Ciencias Físicas. No sé si fue aquella noticia la que terminó de convencerme para elegir la especialidad de Física de Partículas durante los dos últimos cursos de la carrera. La aventura, sin embargo, duró poco. Las comunicaciones por satélite se cruzaron en mi camino y, la verdad, la oportunidad de acercarme al mundo del espacio no era para dejarla pasar. Tampoco duró mucho esa aventura…

La teoría predecía que aquellas partículas, bautizadas como W⁺ y W⁻, tendrían una masa muy elevada. El problema era evidente: ningún acelerador existente podía proporcionar la energía necesaria para producirlas.

La solución llegó de la mano del ingeniero italiano Carlo Rubbia y del físico neerlandés Simon van der Meer. Su propuesta consistía en transformar el ya existente Super Proton Synchrotron (SPS) en un colisionador de protones y antiprotones (SPSS) Hacer colisionar materia con antimateria tiene una ventaja evidente: además de la energía cinética de las partículas aceleradas, se aprovecha la enorme energía liberada en su aniquilación.

En enero de 1983, casi coincidiendo con mis exámenes de Electromagnetismo de febrero, llegó la noticia esperada. Las partículas W habían sido descubiertas. Su firma experimental era tan sencilla como inconfundible: un electrón de muy alta energía acompañado de una cantidad de energía desaparecida. Nadie la había robado. Simplemente se la llevaba un neutrino que abandonaba el detector sin que nadie se percatara.

Pero Venecia siempre concede nuevas oportunidades. Ya he descubierto desde dónde fotografiarlo la próxima vez que regrese a la ciudad.

Ponte de la Pignate

Retomaremos la continuación de Per San Marco, una calle bulliciosa y abarrotada de comercios que, al menos para mí, carecen de cualquier interés. Así que, en cuanto se presente la primera oportunidad, giraremos a la izquierda por la Marzaria San Zulian.

Es cierto que esta calle tampoco escapa a la omnipresente quincalla veneciana, pero al menos tiene una virtud que la redime: nos conduce directamente hasta nuestro siguiente objetivo, el Ponte dei Ferali.

Ponte dei Ferali

En este tramo, ya casi conclusivo, de nuestro recorrido por los puentes de Venecia, da la sensación de que avanzamos para volver a retroceder una y otra vez. Quizá sea el itinerario más corto según el algoritmo que presenté al comienzo de esta serie. No obstante, cuando la meta ya se intuye cercana, este continuo ir y venir termina por hacerse un tanto agotador. ¡Resistid! Ya queda muy poco.

Volveremos sobre nuestros pasos por la Marzaria San Zulian hasta reencontrarnos con la ya trillada Per San Marco. Cuando, a la izquierda, aparezca la Calle San Gallo, la tomaremos sin dudar. Su destino es un puente muy «informático», de los albores de la computación: el Ponte Tron.

El bit de TRON (película de 1982)

TRON, al igual que su contrapartida especular TROFF, era un comando del lenguaje BASIC de los años setenta que permitía activar el seguimiento de las instrucciones ejecutadas por un programa.

Uno de los mayores quebraderos de cabeza para cualquier programador de BASIC eran las instrucciones GOTO. La primera regla para escribir un programa legible era no utilizarlas.

Confieso que he incumplido esa norma a conciencia en esta serie de artículos. Te he ido lanzando instrucciones GOTO para llevarte de un puente a otro y, en más de una ocasión, incluso algún GOSUB, de esos que permiten desviarse un momento del camino principal para regresar después al punto exacto en el que se había interrumpido la historia.

Algo parecido ocurre con el bosón Z0. A diferencia de los bosones W±, la interacción que media es neutra: no modifica la carga eléctrica ni cambia el sabor de los quarks. Y, además, su vida es tan extraordinariamente breve que ni siquiera activando un modo TRON imaginario lograríamos seguir su recorrido en un detector.

Solo sabemos dónde «aparece» , donde se toma prestada la energía necesaria para crearlo, y dónde «desaparece» porque, inmediatamente después, observamos los productos de su desintegración, normalmente un par leptón-antileptón.

CUna aclaración por mi parte. Hablar de partículas «madre», «hijas», «antecesoras» o «descendientes» no deja de ser una metáfora útil para entendernos. En realidad, ninguna partícula sabe de dónde viene ni hacia dónde va. Las leyes de la mecánica cuántica solo permiten asignar probabilidades a cada proceso posible.

En mayo de 1983, apenas unos meses después del descubrimiento de los bosones W±, los mismos equipos del CERN anunciaron la observación de su esquivo compañero neutro. El bosón Z0 dejaba de ser una predicción de la teoría electrodébil para convertirse en una realidad experimental.

Ponte Tron

Su imagen probablemente te resulte familiar. Es uno de los puentes más fotografiados cuando la noche cae sobre Venecia, pues constituye el paso obligado de las góndolas que parten del Bacino Orseolo, una suerte de aparcamiento acuático donde se apiña la mayor concentración de embarcaciones de toda la ciudad.


Tras cruzar el puente nos situamos en la Fondamenta Orseolo, que recorreremos siguiendo la fachada de la antigua residencia de Floriano Francesconi, situada en la orilla opuesta del Rio del Covo, o Rio Orseolo, según la denominación que prefieras.

Es muy probable que ese nombre no te diga nada. Sin embargo, Francesconi fue benefactor y amigo de Antonio Canova -o quizá el orden más justo sería el inverso: amigo y mecenas-, el extraordinario escultor neoclásico cuya Psique reanimada por el beso de Cupido figura entre mis obras favoritas. Canova pasó sus últimos días en esta casa y aquí falleció el 13 de octubre de 1822.

Este rincón de Venecia posee una curiosa dualidad propiedad que no solo podemos relacionar con el mundo cuántico. Durante el día concentra una multitud incesante de visitantes; cuando cae la noche, quienes ocupan el espacio son las góndolas, alineadas y silenciosas, entregadas a un sueño reparador. Si puedes elegir, no lo dudes: ven de noche.

Al doblar la esquina hacia la izquierda descubriremos el Ponte del Cavalletto. Sin embargo, para alcanzarlo tendremos que dar un pequeño rodeo: atravesaremos el sotoportego de l’Arco Celeste hasta desembocar en la Plaza de San Marco y regresaremos después por el sotoportego del Cavalletto, que nos conducirá directamente al puente.

Ponte del Cavalletto

Desde el Ponte del Cavalletto podemos contemplar una delicada pasarela metálica, engalanada con macetas y plantas que, en años venideros, quizás oculten su estructura. Se accede a ella por el pequeño ramo que nace del mismo sotoportego por el que acabamos de llegar. A falta de mejor nombre, la bautizo con el de Pasarela aérea.


Esta pasarela aérea es, probablemente, la construcción más ligera de todas las que salvan los ríos de la laguna.

La siguiente partícula descubierta representa justo el extremo opuesto. Es la más pesada de todas las partículas elementales conocidas. Pero pesada en un sentido casi exagerado. Imagina una partícula cuya masa es comparable a la de un núcleo de oro, formado por 197 protones y neutrones. Una desmesura para algo que, hasta donde sabemos, no posee estructura interna. Sin duda Quevedo hubiera compuesto un soneto sobe esta exageración en lugar de cierto poema inspirado en una naríz.

Señoras y señores, les presento al quark Top. El coloso del Modelo Estándar. Una auténtica rareza de la naturaleza. Tan extraordinaria que la tecnología necesitó casi veinte años para ser capaz de producirlo.

Una vez más, el descubrimiento llegó desde la otra orilla del Atlántico. Fue en el Fermilab y en su colisionador de protones y antiprotones, Tevatron, donde el gigantesco quark Top decidió, por fin, asomar la naríz (cuando digo que necesita un soneto…).

Desde el descubrimiento del quark Charm, la estrategia había sido relativamente sencilla: producir un quark y su antiquark y esperar a que formasen un mesón, cuya existencia pudiera detectarse mediante sus productos de desintegración. Con el Top esa receta dejó de funcionar. Era tan masivo que se desintegraba antes incluso de tener tiempo para formar un hadrón. Es el único quark que jamás llega a hadronizar.

La teoría predecía que, casi siempre, el quark Top se desintegraría en un quark Bottom y …

¿Te atreves a adivinar cuál era la siguiente pieza de la cadena?

Exacto. El bosón W. Y, como ya sabemos, tampoco es precisamente longevo. Su vida termina casi de inmediato dando lugar a un par de fermiones: un leptón y su correspondiente neutrino, o bien un par quark-antiquark (lo que ya sabes es un mesón).

Solo quedaba programar los algoritmos de selección del detector, esperar con paciencia… y confiar en que la naturaleza tuviera a bien conceder una de esas colisiones teóricas.

Pasaron años. Hubo que descartar innumerables señales espurias, refinar los análisis estadísticos y acumular una cantidad ingente de datos. Hasta que, en marzo de 1995, llegó el anuncio esperado: el último de los seis quarks previstos por el Modelo Estándar había sido descubierto.

Ya solo quedaban dos grandes protagonistas por encontrar.

Bueno… dos, si uno se conformaba con el Modelo Estándar. Porque todos sabíamos —y seguimos sabiendo— que esta teoría no es el punto final del camino, sino apenas la primera aproximación a una realidad mucho más profunda. Queda tanto por recorrer que, probablemente, nunca veremos (ni yo ni nadie) la teoría definitiva con la que algunos físicos aún sueñan.


Pasarela aérea

Un tercer puente nos espera en el Rio dei Ferai: El Ponte dei Dai.

A pesar de encontrarse en pleno corazón de San Marco, apenas es transitado por quienes llegan desde Rialto. La inmensa mayoría sigue la corriente humana que discurre por la Merceria dell’Orologio camino de la Piazza.

Y, sin embargo, el león veneciano siempre ofrece escapatoria para quien decide apartarse unos pasos del rebaño.

Muchos viajeros regresan convencidos de que la ciudad está permanentemente abarrotada. No les falta razón… pero tampoco les sobra. Venecia es taimada. Incluso en el mismísimo ojo del huracán es capaz de esconder pequeños remansos de calma donde apenas se escucha otra cosa que el fluir del agua.

Mientras el maelstrom de viandantes gira sin descanso alrededor del Caribdis que representa la Piazza San Marco, basta desviarse unos metros para encontrar un rincón donde disfrutar, casi en soledad, de la serena paz de los lotófagos.

Ponte dei Dai

El viaje llega a su fin. Bueno… casi. Todavía nos esperan la Giudecca, Murano y, si las fuerzas y las ganas acompañan, también el Lido.

Regresaremos a la Piazza por el sotoportego dei Dai y pondremos rumbo a la esquina opuesta a la Torre del Reloj, donde los célebres «moros» hacen sonar la campana para deleite de los visitantes. Hubo un tiempo en que era posible subir hasta la terraza superior, y yo puedo asegurarlo porque conservo pruebas fotográficas de aquella ascensión, pero, desde la última restauración, ese privilegio desapareció. Hoy solo un teleobjetivo permite descubrir un curioso detalle que cuelga entre las piernas de las dos estatuas. Sí, has leído bien: los moros no llevan ni calzoncillos ni bragueros. El Renacimiento era generoso con las representaciones humanas.

Abandonaremos la plaza por la Salizada di San Moisè. Levanta la vista al pasar bajo el primer arco: allí un soldado romano remata a un enemigo desnudo caído en el campo de batalla, una escena que suele pasar inadvertida para todo el mundo.

Nada más rebasar la balaustrada giraremos a la izquierda por la Calle Larga de l’Ascension y avanzaremos hasta el mismo borde de la laguna. Acércate con prudencia. Después de tantos puentes, ha llegado el momento observar el Puente de Padrón, que a veces se ve, mas a veces, non.


Los pimientos de Padrón representan uno de los mayores misterios de la gastronomía. Cuando te llevas uno a la boca nunca sabes, de antemano, si será inocente… o culpable de matar tu paladar durante un buen rato.

Sally Field bien podía haber dicho:

«Los neutrinos son como una caja de bombones, nunca sabes el que te va a tocar»

Mamá Gump (Madre de Forrest)

Algo parecido ocurre con los neutrinos, la familia de partículas a la que pertenece la penúltima incorporación al juego de ladrillos con el que está construido un universo como el nuestro.

Tras el descubrimiento del Tau, como vimos en el paso 26, los físicos comenzaron inmediatamente a buscar a su esquivo compañero. Parecía lo más natural del mundo. Si el electrón y el muón tenían cada uno su correspondiente neutrino, ¿por qué iba a ser el Tau una excepción?

A ello se unía una poderosa razón teórica. Las leyes de conservación de los números leptónicos (consecuencia de una simetría subyacente) exigían la existencia de un neutrino asociado al Tau.

Hubo que esperar veinticinco años para encontrar una prueba directa de su existencia.

La primera pista había llegado mucho antes. Estudiando con precisión las desintegraciones del bosón Z0, los físicos comprobaron que solo había sitio para tres familias de neutrinos ligeros. Pero una cosa es deducir que dentro de una caja hay un gato y otra muy distinta abrirla y comprobar que, efectivamente, está.

Y los físicos experimentales son poco dados a los actos de fe. Las cajas se abren.

Una vez más, el escenario fue el Fermilab. Se usó un intenso haz de protones para bombardear un blanco de tungsteno (o de wolframio, si queremos hacer patria lingüística). Las colisiones producían una cascada de partículas pesadas. Las que interesaban eran mesones pesados, algunos de las cuales terminaban generando tauones y, con ellos, los buscados neutrinos tau.

La firma experimental consistía en observar algo muy familiar para cualquiera que haya paseado por Venecia: un quiebro inesperado. O, utilizando la terminología inglesa, un kink. La traza del Tau cambiaba bruscamente de dirección, dejando tras de sí la inconfundible huella (invisible) de la interacción del neutrino.

En julio de 2000, la colaboración de los seguidores golosos de Homer Simpson, DONUT, anunció el descubrimiento del neutrino tau.

¿Y qué tienen que ver los pimientos de Padrón con todo esto?

Pues bastante más de lo que parece. Cuando un neutrino emprende un viaje, nunca puedes estar completamente seguro de cómo se verá en el detector. Tiene la endiablada costumbre de cambiar de identidad mientras se desplaza por el espacio. Y, para colmo, ese pequeño truco solo es posible porque los neutrinos poseen masa. Y para tener masa necesitmos llegar al Paso Trigésimo primero.

Pero esa ya es otra historia. Y, desde luego, no transcurre en Venecia.

¿Ponte Privato Apribile del Palazzo Reale?

En este punto, según algunas fuentes que he consultado, debería existir un puente que comunicara el edificio de las Procuratie Nuove con los Giardini Reali di Venezia.

Yo, sin embargo, fui incapaz de encontrarlo. Desde las inmediaciones del embarcadero de góndolas tan solo se distingue una plataforma de acceso. Sospecho que puede tratarse de una pasarela móvil que se despliega sobre ese canal ciego cuando resulta necesario, aunque no he podido confirmarlo.

Exista realmente o no, aquí dejo la imagen más cercana que conseguí obtener. Si algún lector (si hay alguno que lea esto) dispone de información más precisa o, mejor aún, de una fotografía que evidencie su existencia, estaré encantado de corregir esta guía.


Desde el embarcadero de la Calle Larga de l’Ascension no nos quedará más remedio que desandar el camino. Regresaremos sobre nuestros pasos hasta girar a la izquierda por la Calle Seconda de l’Ascension. Apenas diez pasos después volveremos a girar, también a la izquierda, por la Calle Vallaresso, que nos conduce directamente al Gran Canal, justo donde se encuentra la parada del vaporetto de San Marco.

Me atrevería a decir que todo viajero que ha llegado a Venecia ha desembarcado alguna vez en este embarcadero. Es la puerta de entrada a la ciudad de todos aquellos que tomaron el taxi acuático colectivo desde la lejana Piazzale Roma o la Ferrovia.

Y, una vez más, la izquierda resulta ser la elección acertada. En realidad, la única posible para poner el broche final a nuestro recorrido por el sestiere de San Marco.

Allí nos espera el Ponte de l’Accademia dei Pittori, tendido sobre la entrada del pequeño canal ciego que visitamos hace apenas unos minutos. El último verdadero puente que cierra este itinerario, pues los dos que restan pasan inadvertidos a los ojos más expertos.

Ponte de l’Accademia dei Pittori

Los últimos metros por los Giardini Reali nos reservan dos puentes camuflados que, de no ser por mi aviso, probablemente pasarías por alto.

Justo donde termina el pasillo flanqueado por los quioscos que venden recuerdos venecianos a quienes apenas disponen de un par de horas para conocer la ciudad, se encuentra el último puente que cruzarás en Venecia y el penúltimo que contemplarás en esta guía.

Se trata del Ponte Piano della Zecca, integrado en el edificio de la célebre Biblioteca Marciana.

«Marciana» no hace referencia a Marte ni al planeta rojo, sino a san Marcos, el evangelista que da nombre al patrón de Venecia y cuya presencia resulta omnipresente en todos los rincones de la ciudad.

Podríamos decir que san Marcos impregna todo el espacio veneciano. Está presente, de un modo u otro, en cada campo, en cada rincón y en cada puente de la lciudad.

Algo parecido ocurre en la física moderna. También existe un «algo» que llena por completo el espacio y el tiempo: los campos cuánticos, el lenguaje con el que hoy entendemos las partículas elementales.

Un campo no es más que una magnitud física (escalar, vectorial o tensorial) que asigna un valor a cada punto del espacio-tiempo. Un campo cuántico es, esencialmente, un campo clásico al que se le han incorporado las reglas de la mecánica cuántica.

Desde esta perspectiva, las partículas elementales dejan de ser pequeños corpúsculos para convertirse en excitaciones o perturbaciones de esos campos. Existe un campo del electrón, otro para cada uno de los quarks y otro para todas las partículas que han ido apareciendo a lo largo de este recorrido.

El Modelo Estándar de la física de partículas está construido sobre esa teoría: la teoría cuántica de campos.

Pero había un problema.

La formulación original del Modelo Estándar exige que su lagrangiano no contenga términos de masa. La teoría era elegante y matemáticamente consistente… pero la realidad se empeñaba en llevarle la contraria. Los electrones tienen masa. Los quarks tienen masa. Los bosones W y Z tienen masa. Había que explicar de dónde procedía.

Ahí entra en escena el campo de Higgs. Su interacción con los demás campos proporciona el mecanismo mediante el cual las partículas adquieren masa. El bosón de Higgs, descubierto en 2012, no es otra cosa que una excitación de ese campo, igual que un fotón es una excitación del campo electromagnético.

A diferencia de lo que ocurría con muchas de las partículas descubiertas anteriormente, la teoría no predecía cuál debía ser la masa del bosón de Higgs. Había que buscarlo casi a ciegas, explorando un inmenso intervalo de energías.

Con ese objetivo se construyó el Large Hadron Collider y los gigantescos detectores que lo acompañan.

Desde el primer nivel de selección (trigger) se programó la búsqueda de las firmas experimentales más prometedoras. Dos de ellas destacaban sobre las demás: la desintegración del Higgs en dos fotones y la desintegración en dos bosones Z, que posteriormente daban lugar a dos leptones y dos antileptones.

Las colaboraciones ATLAS y CMS trabajaron de forma independiente, analizando cantidades ingentes de datos y sometiendo cada posible señal a un escrutinio estadístico implacable.

Las dos llegaron a la misma conclusión.

El bosón de Higgs existía.

El descubrimiento fue anunciado el 4 de julio de 2012.

El Modelo Estándar, por fin, estaba completo.

¿Fin de la historia?

Decididamente, no.

Sala de prensa del CERN el 4 de julio de 102.
Anunció del descubrimiento del bosón de Higgs
Higgs tras completar el recorrido por todos los puentes de Venecia.
¡Es broma!

Me parecía apropiado que el último puente que cruzaras estuviera ligado a una biblioteca. Después de tantos pasos, canales e historias, pocas maneras hay mejores de despedirse de una ciudad que dejando abierta la puerta a regresar… aunque sea entre las páginas de un libro.

Ponte piano della Zecca

Y llegamos, por fin, al último puente del recorrido por San Marco y, con él, al último puente de la Venecia histórica propiamente dicha.

Se trata del Ponte della Compagnia della Vela, un puente privado perteneciente al Yacht Club Veneziano. Para verlo tendrás que acercarte a la vertiente interior del Ponte Piano della Zecca. Incluso desde allí el encuadre resulta ingrato, de modo que tendrás que conformarte, como me ocurrió a mí, con una fotografía bastante mejorable.

Quién sabe. Quizá en alguna futura visita regrese a Venecia a bordo de un yate, con gorra de capitán y modales de viejo lobo encantador de mar. Entonces tal vez consiga franquear la entrada del exclusivo club y contemplar el puente desde la otra orilla.

Ponte de la Compagnia della Vela

Y aquí concluye el recorrido por los puentes del sestiere de San Marco. Solo quedan por añadir los de la Giudecca y los de Murano, como ya adelanté a lo largo de estas páginas.

El esfuerzo que ha supuesto esta entrada (en realidad, todo el proyecto) no ha sido precisamente pequeño. Ha requerido muchas horas de caminatas, fotografías, comprobaciones, lecturas y, sobre todo, de escritura. Por eso ha llegado el momento de concederme un descanso y esperar a que regresen las ganas y la inspiración necesarias para afrontar la recta final de este viaje veneciano.

No considero este un punto final, sino un punto y aparte.

Venecia sigue ahí, esperándome de nuevo. Y sospecho que yo también sigo esperándola a ella.



About Me

Físico por formación, astrónomo por devoción, ingeniero por alimentación, poeta por necesidad.

Diletante eterno, efímero polímata

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