Los puentes de Cannaregio (Parte 2)

Continuamos con la segunda jornada dedicada al sestiere de Cannaregio.

En la última entrada concluimos nuestro recorrido en el Ponte della Misericordia, justo donde el Rio de Noale se funde con el Rio della Guerra, cuya desembocadura abre paso directamente a esa herida veneciana por la que el siroco penetra en la ciudad.

Giraremos ahora a la derecha para tomar la Fondamenta della Misericordia. Apenas dejado atrás el puente, podremos contemplar uno de esos remansos privados y frondosos que parecen concebidos como refugio para lectores intrépidos, capaces de desafiar el siroco que por este lugar sopla con especial vehemencia.

El Rio della Sensa nos cerraría el paso de no ser por el Ponte de l’Abbazia, que nos tiende su suelo laminado para conducirnos hasta un campo discreto, aunque extraordinariamente fotogénico. Solo falta allí uno de los tres órdenes clásicos. Ya tienes tarea cuando llegues.

Ponte de l’Abbazia

A nuestra izquierda se abre un sotoportego de ladrillo, demasiado cuidado para presumir de edad, pero que parece construido para el paso pausado de un personaje de Jiro Taniguchi —otro de esos proyectos que aguardan, paciente, su momento—.

No menos cautivador resulta el frontispicio de la Fundación Wilmotte. Lástima que solo pueda contemplarse desde esa ingrata perspectiva de gusano que imponen muchas callejas venecianas. Algún día hablaremos de las transformadas afines capaces de enderezar estas fugas de la mirada y restituir a las imágenes la perspectiva que el ojo intuye, pero la cámara traiciona.

Y apenas unos pasos más adelante, casi como si surgiera de improviso entre ladrillos y reflejos, aparece el Ponte Corte Vecchia.

Ponte Corte Vechia

Avanzaremos un poco más por la Fondamenta de l’Abbazia hasta encaramarnos apenas al Ponte dei Muti, desde donde podremos contemplar uno de los escasos squeros que todavía resisten activos en la ciudad.

La toma que te dejo está realizada desde la Calle Zoccolo, poco más que una hendidura entre muros, justo enfrente del taller donde cinceles, cepillos y lijas manejadas por manos agrietadas insuflan nueva vida a las venerables embarcaciones que surcan los canales venecianos. Allí, entre olor a madera húmeda, serín, brea y herramientas gastadas, se produce el milagro.

Ponte dei Muti

Retrocedemos por la Fondamenta de l’Abbazia hasta tomar, a la izquierda, la Corte Vecchia, cuyo final desemboca en una fachada desamparada, como si la casa hubiera decidido abandonarla hace ya demasiado tiempo.

Tal vez en italiano suene mejor, pero descubrir que uno se encuentra en el orto de Venecia no resulta especialmente reconfortante. Y saber, además, que sirve de antesala al Ponte della Sacca tampoco contribuye demasiado a disipar esa sensación de abandonado por los dioses.

Ponte della Sacca

El rio de la Madonna dell’Orto se abre a nuestra derecha para desembocar en la Sacca de la Misericordia, ese ensanchamiento de agua donde reposan pequeñas embarcaciones que se aventuran en la laguna. Nuestro rumbo, sin embargo, es el opuesto: hacia la izquierda, siguiendo el trazo sin vaivenes de la Fondamenta Gasparo Contarini.

Pronto se cruzará en nuestro camino el Palazzo Mastelli, casa solariega de los hermanos Mastelli, comerciantes del siglo XII que llegaron hasta la península arábiga y en cuyas alforjas trajeron la pequeña fuente que asoma en la esquina. Pero es el friso del edificio el que llama tu mirada: un camello en relieve, testigo pétreo de aquellas rutas orientales que devolvieron a estos mercaderes a Venecia cargados de historias y riquezas.

El Ponte della Madonna dell’Orto se insinúa ya, casi impaciente por ser cruzado, aunque aún nos retiene un último puente en la misma fondamenta que iniciamos desde el Ponte della Sacca.

Ponte Madonna dell’Orto

Atravesamos el Campo de la iglesia de los Humiliati, un bello ejemplo de gótico veneciano, desde la que doce figuras nos observan. En su interior se encuentra la tumba de uno de los más grandes representantes de la pintura veneciana. Unos pasos más allá, pasaremos por la casa donde nació: una tintorería.

El Ponte Loredan (alla Madonna dell’Orto) será nuestra última visita en este río: un sencillo paso de madera, sostenido por una decena de mástiles bien calafateados, como una pequeña embarcación fija en tierra firme. Se alza entre la Calle Gradisca y la Corte Cavallo, como si fuera la inevitable suma de ambas.

Ponte Loredan alla Madonna dell’Orto

Regresamos por la Fondamenta hasta el Campo della Madonna dell’Orto para cruzar el puente que allí nace y que nos conduce hacia la Calle y el Campo dei Mori. Bajo la atenta vigilancia de dos pelícanos con los cuellos entrelazados en un rosetón de mármol situado a nuestra derecha, avanzamos hacia el Ponte dei Mori, que puede fotografiarse desde ambos extremos de la fondamenta adyacente.

Ponte dei Mori

Sin llegar a cruzar hacia la otra orilla, donde comienza la Calle Larga, nos detenemos en el tramo descendente de las escaleras y giramos la mirada a la derecha para capturar la imagen del Ponte Brazzo, encargado de dar continuidad a la Fondamenta dei Mori, abruptamente interrumpida por el rio del mismo nombre.

Ponte Brazzo

Muy probablemente el nombre de ese río —Brazzo— no despierte ningún recuerdo en ti. Si es así, temo decirlo, aún permaneces fuera del exclusivo club de los viajeros y sigues anclado en el territorio más cómodo del turista.

La guía Brazzo —que en realidad era Bradshaw, pero fonéticamente son similares— fue la auténtica Biblia de los viajeros entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Surgió cuando los ferrocarriles europeos comenzaron a ofrecer a las clases medias y acomodadas —no nos engañemos— la posibilidad de desplazarse con una rapidez y una comodidad impensables en la era de los carruajes.

Aquellas guías no solo recogían horarios ferroviarios: también describían ciudades, monumentos y paisajes que “debían” ser visitados. Eran el equivalente decimonónico de los itinerarios virales, un objeto indispensable para aquellos primeros cazadores de imágenes armados no con teléfonos móviles, sino con placas de yoduro de plata.

La obra conoció, además, un inesperado renacimiento en el siglo XXI gracias a la serie documental Great Continental Railway Journeys, conducida por Michael Portillo, antiguo ministro de Defensa del Reino Unido e hijo de un republicano español exiliado en la guerra civil española.

Una serie muy recomendable, si en algo estimas mi opinión.


Nos adentramos en la Fondamenta de la Sensa y avanzamos por ella hasta alcanzar nuestro siguiente destino: el Ponte del Forno.

Ponte del Forno

Repetimos aquí la misma estrategia de nuestra parada anterior. Sin llegar a cruzar el Rio della Sensa, nos acercamos a la ribera opuesta para fotografiar el Ponte dei Trasti, pues estos largos ríos de Cannaregio poseen una sola fondamenta y niegan al viajero la oportunidadr de deambular por ambas orillas, obligándolo a fotografiar los pasos de los ríos ortogonales desde los puentes del cauce principal..

Ponte dei Trasti

Regresamos a la interminable Fondamenta de la Sensa y continuamos avanzando hacia el oeste. Conviene mantener siempre la mirada alerta sobre las placas de mármol incrustadas en las fachadas: un San Jorge y el dragón aparecerá sobre tu cabeza durante la singladura que conduce hasta el Ponte de la Malvasia.

Ponte de la Malvasia

Pero justo antes de alcanzarlo, algo que veo reclama mi atención. Se trata de uno de esos testigos de ladrillo que vigilan, silenciosos, los lentos movimientos de las casas venecianas: un arco concebido para sacrificarse antes de que los edificios sucumba, advirtiendo así de que algo terrible está a punto de ocurrir. Habitualmente estas estructuras aparecen en calles estrechas y sombrías, comprimidas entre muros. Sin embargo, este se encuentra suspendido entre dos edificios de cuatro alturas y, bajo él, no hay piedra ni pavimento, sino agua.

Falso Puente

Quizá por eso me siento inclinado a concederle una naturaleza distinta, a incorporarlo a esta colección como un Ponte Involuntario. Y para que no desaparezca del todo en el olvido de la ciudad, aquí queda inmortalizado.


Desde el Ponte de la Malvasia nos dirigimos hacia la calle que nace en su estribo norte: la Calle del Capitelo. Bastan unos pocos pasos para que surja la sensación de que el callejero veneciano debería actualizar su nombre y rebautizarla como “Calle de los Pinocolos”, por las razones más que evidentes que se alzan a tu derecha.

La vía concluye directamente en el lignario Ponte Sant’Alvise que, una vez atravesado, podremos fotografiar desde la puerta del Instituto de la Caridad Canossiano, situado junto al embarcadero.

Ponte Sant’Alvise

Antes de abandonar el Campo Sant’Alvise bien merece la pena detenerse junto a la fuente pública situada en su extremo occidental y echar un trago. Uno imaginaría que el agua de estas fuentes sería salobre o poco recomendable, pero sucede exactamente lo contrario: fresca y potable, se convierte durante el verano en una alternativa infinitamente más amable para el bolsillo que las tiendas de conveniencia para los turistas.

Tomamos después la Fondamenta dei Riformati del Bersaglio hasta alcanzar el último puente del Rio di Sant’Alvise, el Ponte Sant’ Bonaventura, por el que cruzaremos finalmente hacia el sur.

Ponte Sant’ Bonaventura

Pero antes de descender los últimos peldaños, no olvides volver la vista atrás. Hay allí un puente insospechado por el que probablemente hayas pasado sin advertirlo. En realidad no es un puente en sentido estricto, sino un cobertizo destinado al amarre de embarcaciones. Desde el Ponte Sant’Bonaventura apenas se distingue, aunque me atrevería a afirmar que en su interior existe un acceso directo a la casa que se alza sobre la fondamenta. Y al fin y al cabo, todo paso elevado que vence el agua, aunque sea de manera accidental o doméstica, merece, para mi, el nombre de puente. Bautizado queda como Ponte sulla Cavana (Sant Bonaventura).

Ponte sulla Cavana (Sant Bonaventura)

Continuamos por la Calle dei Reformati para girar casi de inmediato a la derecha por la Calle della Fornasa Vecia que, dibujando un sinuoso cuatro sobre el entramado urbano, nos conduce entre bloques de viviendas modernas que poco o nada tienen que ver con la imagen de Venecia instalada en el imaginario colectivo de la humanidad.

La calle desemboca finalmente en la Fondamenta Fornasa Vecia. O quizá debería decir que, al menos en enero de 2025, desemboca en una auténtica zona de guerra. El Rio della Sensa aparece dragado y completamente vacío de agua en este tramo por reformas cuyo propósito desconozco. El Ponte Contarini permanece impracticable y, para salvar este cañón insólitamente seco, han instalado una pasarela metálica provisional que permite vadear lo que hasta hace poco era canal y ahora parece una cicatriz abierta de la ciudad.

Ponte Contarini

Cruzamos hacia la Calle San Girolamo y, sin conceder atención a las dos Cortes que se abren a nuestra derecha —tan prescindibles como olvidables— alcanzamos la Fondamenta de le Capuzzine, donde se extiende el Ponte de le Capuzzine. Desde él puede contemplarse uno de esos ventanales semicirculares que ya hemos visto repetirse a lo largo de nuestros paseos venecianos.

En este caso, sin embargo, el ventanal guarda un pequeño misterio solar: solo recibe plenamente la luz en el interior de la Iglesia de San Girolamo durante los atardeceres cercanos al solsticio de verano. No sé si tal fenómeno ha sido alguna vez documentado ni siquiera observado, pero la orientación del edificio y mis conocimientos astronómicos me permiten afirmar que, durante unos pocos días al año, cuando el sol se para más al Norte , la iglesia se convierte en un fugaz observatorio de luz crepuscular.

Ponte delle Capuzzine

Seguimos avanzando por la Fondamenta delle Capuzine hasta que, casi sin advertirlo, muta su nombre por el de Fondamenta Carlo Coletti.

A estas alturas quizá ya hayas reparado en una rareza poco común: aquí existen fondamenta norte y fondamenta sur enfrentadas entre sí, algo excepcional en esta zona relativamente reciente de la ciudad, una de las últimas tierras arrebatadas a la laguna.

Tras una suave curva hacia la derecha aparece un nuevo puente de madera, el Ponte Moro a San Girolamo, que precisamente por estar construido en un material perecedero —o quizá gracias a ello— figura entre los más modernos de Venecia. La madera, condenada a la sustitución periódica, le concede una juventud perpetua negada a las construcciones pétreas.

Ponte Moro a San Girolamo

Nos encontramos también con otro de esos arcos de tensión suspendidos entre edificios, aunque en esta ocasión no le asigno el privilegio de ser considerado puente. Bajo su luz no discurre la bendita agua de la laguna, y en Venecia, sin agua bajo los pies, los pasos elevados carecen de interés para este proyecto.


El propio nombre de la ribera que se abre tras el puente delata la relativa juventud de esta parte de la ciudad: Fondamenta delle Case Nuove. Una orilla amplia, arbolada y, cómo no, poblada de construcciones modernas que parecen querer dar aire vivo a la otrora languideciente perla del Adriático.

El Ponte Novo in Legno —bautizado así por los inspiradísimos funcionarios del callejero veneciano— marca además el punto más lejano de nuestro recorrido por Cannaregio Norte.

Ponte Novo in Legno

Cruzamos el Ponte Novo in Legno hacia la Fondamenta del Batelo, que tomaremos a la derecha, bordeando nuevamente la orilla mientras regresamos poco a poco hacia el interior del sestiere.

Atravesaremos después el Campo de la Porpora que, atendiendo al género del adjetivo que acompaña al nombre, parece remitir simplemente al color cardenalicio.

Pero prefiero imaginar que se trata del Campo de Nicola Porpora, nombre de grato recuerdo para cualquier amante de la música barroca. No en vano fue maestro de quien, para mí, poseyó la voz más cercana al cielo que haya existido jamás. Y no, no hablo de Ariel, la sirenita de Hans Christian Andersen, sino de Carlo Broschi —más conocido como Farinelli—, el más célebre discípulo de la escuela de canto de Porpora, cuya voz llegó a rivalizar con la de Orfeo y que convirtió el aliento humano en algo peligrosamente próximo a lo divino y por el que pagó un altísimo precio, su testosterona.

Tras este pequeño paréntesis musical, inevitable al pasar por aquí, continúo mi camino hacia el siguiente destino: el Ponte del Batelo.

Ponte del Batelo

Sin necesidad de cruzar el Ponte del Batelo alcanzamos el Campiello Santo, que atravesaremos para continuar por la calle del fondo a la derecha, la Calle del Batelo, la cual nos conduce de nuevo hacia el ya visitado Ponte de le Capuzzine. Permaneceremos esta vez en la misma orilla, avanzando por la Fondamenta San Girolamo, donde se alza la iglesia cuyo ventanal despertó hace escasos puentes ciertas divagaciones astronómicas.

Una estela de piedra blanca incrustada en la fachada vuelve a reclamar mi atención. Desde lejos habría jurado que representaba el entierro de Cristo en el sepulcro, pero al acercarme y leer la inscripción descubro que se trata de un homenaje a los soldados caídos en todas las guerras. Un memorial pequeño, discreto y humilde, dedicado a tantos seres humanos absorbidos por la maquinaria interminable de la historia.

Finalmente, una pared nos corta el paso y nos obliga a cruzar el Ponte San Girolamo, empujándonos inevitablemente, una vez más, hacia el norte.

Ponte San Girolamo

No termines de cruzar el Ponte San Girolamo sin detener la mirada en el puente que se abre a tu derecha, enlazando la Fondamenta de le Capuzzine con la Fondamenta dei Ormesini. Se trata del Ponte de le Torete. Desde aquí apenas obtendrás una visión sesgada de su estructura, una perspectiva oblicua que puede dejarte insatisfecho.

Ponte de le Torete

Si has tenido la prudencia de ir fotografiando los puentes a medida que los canales se abrían ante ti, seguramente ya lo habrás capturado desde la Fondamenta de la Sensa, por la que pasamos hace unos minutos. Conviene recordarlo siempre en Venecia: hay que adelantarse a la cercanía y sospechar de cada perspectiva futura, porque no todas las vistas están disponibles para ser usadas.

Ponte de le Torete

Atravesamos el puente taurino para pasar bajo el ligero arco de ladrillo que nos invita a internarnos en la Calle Turlona, donde dos claraboyas con forma de trébol digital parecen regalar al viajero una silenciosa bendición de fortuna para el resto del camino.

Escoge con cuidado hacia qué lado desplazarte para fotografiar el Ponte Turlona. Conviene evitar los contraluces: el ojo electrónico de la cámara sigue estando muy lejos del rango dinámico de la mirada humana y ni siquiera una cuidada composición HDR logrará devolver del todo aquello que la luz devore en el instante de la toma.

Ponte Turlona

Si decides tomar la fotografía desde el ángulo que arriba te muestro, deberás continuar caminando en esa misma dirección por la Fondamenta de la Sensa, avanzando hacia el Ponte de la Malvasia. Una vez más, nuestros pasos presentes se entrelazan con los del pasado, porque en el laberinto veneciano ningún puente se cruza una sola vez y toda ruta acaba regresando, tarde o temprano, sobre sí misma.

Atravesamos entonces el puente hacia la Calle de la Malvasia hasta alcanzar el Ponte dei Ormesini, desde donde se abren vistas privilegiadas hacia otros dos puentes tendidos sobre el Rio della Misericordia, como si la ciudad nos ofreciera un diezmo en posibilidades fotograficas.

Ponte dei Ormesini

Desde el Ponte dei Ormesini emprenderemos un breve trayecto de ida y vuelta hasta el Ponte del Ghetto Novo, una delicada estructura de hierro forjado que da acceso a la isla donde la República confinó a los judíos venecianos a partir del siglo XVI.

La palabra “ghetto”, nacida en el dialecto véneto, significaba originalmente “fundición”. No es casualidad: en esta isla se alzaban antaño los hornos venecianos, y de ellos heredó el lugar su nombre. El sentido oscuro e infame con el que hoy reconocemos esa palabra llegaría después, arrastrado por la historia y por razones demasiado conocidas.

Ponte del Ghetto Novo

Mientras regresamos hacia el Ponte degli Ormesini detén la mirada en el tendedero de ropa sobre el agua que asoma a tu derecha, perpendicular a nuestro paso. Allí aparece el Ponte del Ghetto Novissimo, tendido sobre el Rio del Ghetto con una sobriedad de tiempos pasados.

Resulta difícil no sonreír ante la paradoja: el puente de aspecto más antiguo recibe el nombre de Novissimo, mientras que el que aparenta mayor juventud se conforma con ser apenas Novo. Cosas de los venecianos, acostumbrados a deformar la realidad con hipérboles de su amado lugar.


En ese mismo punto, mira a la izquierda. Hay una placa de mármol discreta, casi invisible para quien solo piensa en hacer turismo. Fíjate en el dibujo grabado en su esquina superior izquierda.

Espero que lo reconozcas. Y si además sabes cómo se llama, entonces ya mereces matrícula de honor.

Porque sí, aunque parezca una enajenación de un día invernal, lo que tienes delante guarda cierta relación con el mecanismo que propuso Charles Darwin para explicar la evolución de las especies. Ya sé que quizá me estoy viniendo demasiado arriba, pero dame un momento para desarrollar mi hipótesis.

Los venecianos siempre han vivido mirando al agua. Sus calles eran canales y su manera natural de desplazarse nunca fueron carros ni carretas, sino embarcaciones. Para mover una barca ligera en trayectos cortos —como los que impone Venecia— lo más práctico era el remo. Y ahora llega la pregunta para auténticos lobos de mar: ¿cómo se llama la pieza donde el remo se apoya para hacer palanca?

No hace falta que lo busques. Te lo digo yo: el escálamo.

En su forma más primitiva, el escálamo no era más que una pequeña pieza metálica, generalmente con forma de herradura, donde descansaba el remo para transmitir la fuerza al agua y empujar la embarcación —gracias Señor Newton por tu tercera ley del movimiento.

Pero remar con dos remos en los estrechos canales venecianos no parecía precisamente la solución más inteligente. Los gondoleros habrían pasado media vida golpeándose contra muros, esquinas y embarcaciones ajenas.

Y entonces Venecia hizo lo que mejor sabe hacer: adaptarse.

Así nació la voga alla veneta, una forma única de navegar que terminaría extendiéndose por buena parte del norte de Italia. El remero deja de ir sentado y pasa a gobernar la embarcación erguido, mirando al frente, como si caminara sobre el agua.

Claro que para remar así ya no servía el escálamo tradicional, concebido para quien boga sentado. La evolución exigía una nueva forma. Y Venecia la creó.

Ese nuevo escálamo tiene aquí un nombre propio: la fórcola.

Ese dibujo que ves grabado en la placa no es otra cosa que una fórcola. Y el nombre que la acompaña, Renato Bona, pertenece a uno de esos artesanos silenciosos y casi anónimos sobre cuyos hombros descansaba una tarea capaz de dar alma a la ciudad. Fue maestro constructor de góndolas y exquisito escultor de fórcolas, elevando un simple objeto funcional a la categoría de obra de arte.

Porque aquellas piezas no nacían únicamente del oficio ni de la precisión de cinceles y gubias, sino también de su sensibilidad paciente, casi amorosa. Bajo sus manos, la madera noble dejaba de ser materia inerte para convertirse en el delicado apoyo donde descansa el diálogo sin palabras entre el gondolero y las leves ondulaciones de su eterna amante: la laguna.

Ésta es, al fin y al cabo, una de esas pequeñas historias anónimas que explican mejor una ciudad que cualquier libro de historia. Porque Venecia no se sostiene únicamente sobre pilotes de madera clavados en el fango, sino también sobre la persistencia de quienes conservaron sus oficios, sus gestos y sus tradiciones. Sin ellos, la ciudad habría terminado convirtiéndose hace mucho tiempo en un simple decorado sobre el agua Ya… es lo que es.

Renato Bona
Aquí trabajó toda su vida, entre fórcolas y remos, para ganar regatas y premios.

Me he enrollado, lo siento. En Venecia es fácil dejarse llevar y perder el hilo entre canales, puentes y placas.

Sigamos el camino por la Fondamenta degli Ormesini hasta llegar a un nuevo puente de madera: el Ponte Lorendan agli Ormesini.

Ponte Loredan agli Ormesini

Seguimos avanzando por la Fondamenta degli Ormesini, procurando esquivar, en la medida de lo posible, las terrazas que se alinean junto al Rio della Misericordia, una zona de intensa vida humana a la hora del aperitivo, que aquí —a diferencia de España— precede a la cena y no al almuerzo.

Bajo las maderas envejecidas del Sotoportego dei Lustraferi nace el Ponte de l’Aseo. Iniciamos su travesía no tanto para cambiar de isla como para buscar una perspectiva oblícua del Ponte dei Lustraferi, encargado de prolongar la continuidad de la Fondamenta degli Ormesini hacia la de la Misericordia.

Ponte de l’Aseo

Desde el centro mismo del vano se puede ver un estrecho callejón: la Calle de le Pignate. Esa herida en la fachada nos regalaría una visión frontal del puente, siempre que aún conservemos ganas de añadir un breve rodeo más al interminable laberinto veneciano.

Ponte dei Lustraferi

Si te has acercado hasta el callejón para realizar frontal del Ponte dei Lustraferi, tendrás que regresar de nuevo a la Fondamenta della Misericordia y continuar avanzando por ella. Pasarás entonces ante lo que perfectamente podría ser la vivienda de algún habitante de la Comarca. La sospecha nace, sobre todo, de la reducida altura de sus puertas, concebidas quizá para penitentes obligados a inclinar la cabeza… o tal vez para algún hobbit extraviado en su camino hacia Mordor.

Justo enfrente del acceso cubierto de la Corte de la Raffineria aparece uno de los puentes privados más grandes de Venecia: el Ponte al civico 2601A, tendido hacia una desvencijada puerta de madera tras la que se adivina un jardín oculto. Probablemente decadente, sí, pero en Venecia la decadencia es sinónimo de obstinada y melancólica belleza.

Ponte al civico 2601A

Continuamos por la extensa y rectilínea ribera del Rio della Misericordia que, para nuestra sorpresa, se permite un leve y sutil desvío hacia la derecha mientras acompaña un muro almenado, semejante a una corona medieval que sobresale del agua. Todo parece avanzar lentamente hacia la laguna, guiado por un Cristo que rompe las aguas como un mascarón de proa y que, por alguna razón perdida en el tiempo, me recuerda al de mi antiguo colegio.

Apenas unos pasos más allá, el Ponte San Marziale aparece finalmente ante nosotros, invitándonos a cruzarlo para dar por concluido este largo paseo junto a uno de los ríos más extensos de Cannaregio.

Ponte San Marziale

Atravesamos el pequeño y algo desangelado Campo San Marziale, un espacio en el que solo el pozo permanece bajo los ventanales adormilados de la fachada desnuda de la iglesia..

Ponte Zancani

Desde allí parte el Ponte Zancani, que dejaremos a nuestra izquierda para continuar por la Fondamenta Moro, donde un Cristo emerge de un ojo que uno esperaría trinitario pero que, quizá por la inclinación inconfesablemente pagana de su autor, fue esculpido finalmente como un ojo ciclópeo y polifémico.


El Ponte Moro a San Marziale es un recodo artificial entre los ríos del Ormesini y del Trampolin, quebrando el recorrido acuático en un suave cambio de dirección que nos aproxima a un jardín que parece resistirse a su propio cautiverio: de él tratan de huir, sin éxito, tristes madejas de hiedra frondosa que se derraman sobre el rojizo ladrillo, como si la vegetación sollozara por la libertad negada por la evolución.

Ponte Moro a San Marziale

Un falso storto, el Ponte Diedo, nos ofrece sus nueve escalones en escuadra para acompañar el curso del Rio di Santa Fosca.

Ponte Diedo

Justo donde concluye la Calle Zancani —que bien podría haber sido también nuestro camino, a costa de habernos perdido los dos últimos puentes en chaflán— se abre el Ponte Santa Fosca.

A su alrededor se despliega la nomenclatura completa: el Campo, el Campiello, Iglesia, Calle y Salizada de Santa Fosca. Y, probablemente escondido entre recodos y sombras, también el sotoportego del mismo nombre.

Ponte Santa Fosca

En el centro del Campo de Santa Fosca se yergue la estatua de Paolo Sarpi, polímata polemista renacentista cuya curiosidad y saber abarcaron múltiples campos del conocimiento.


El último puente de este Rio de Santa Fosca es el Ponte Vendramin.

Ponte Vendramin

Atravesamos el puente hacia el Campiello de la Chiesa sin separarnos del muro izquierdo, adornado con baldosas de terracota cuyos dibujos merecen una mirada en detalle.

Al final giraremos a la izquierda por la Salizada Santa Fosca, una de esas arterias invadidas por la marabunta turística que fluye ininterrumpidamente desde la Ferrovia hasta San Marco.

Afortunadamente, solo permaneceremos en ella hasta encontrar la primera calle a la derecha, que toma el nombre del Campiello dei Fiori. El pequeño campiello no ofrece alternativas y nos conduce sin vacilación hacia la Corte Barbaro, donde se esconde uno de los puentes más esquivos y menos visitados de Venecia, además de poseer un nombre repetido, casi como si quisiera engañarme deliberadamente —Y casi lo consigue pues me llevó un tiempo convencerme de que la foto tomada era, efectivamente, de ese punto—.

Se trata de un segundo Ponte de l’Ogio, que cruzaremos para internarnos en el sotoportego que conduce a la Calle de l’Ogio.

Ponte di l’Ogio

Nos alejamos momentáneamente del Rio della Madalena, que en este tramo discurre sin fondamenta dispuesta para el caminante. En Venecia hay ocasiones en las que el agua necesita intimidad y se esconde en recodos no accesibles para quienes solo disponen de zapatillas y no de embarcación, como es el caso de quien escribe.

Seguiremos por la Calle de l’Ogio hasta alcanzar el primer cruce. Allí tomaremos hacia la derecha la Calle de le Colonete, un desvío que acabará conduciéndonos hasta el Ponte Corner.

Ponte Corer

Nuestro siguiente destino está, literalmente, a la vuelta de la esquina. Avanzaremos por la Fondamenta de le Colonete atravesando un moderno sotoportego cuya cubierta, sin embargo, parece conservar la madera enmohecida de tiempos perdidos. Basta sobrepasar su última viga para que comience la Fondamenta della Maddalena, justo en la intersección con la Calle de la Scuola.

Y puedo confirmaros que todavía quedan niños en edad escolar en Venecia, porque cuando pasé por allí los padres aguardaban la salida de clase para recoger a los futuros comerciantes —o quizá futuros gondoleros— de la ciudad.

Justo enfrente de la iglesia de Santa Maria Maddalena se encuentra el Ponte al civico 2205, uno más de esos puentes privados que los propietarios venecianos tuvieron que construir para alcanzar viviendas a las que ninguna calle conduce.

Ponte al civico 2205

Bordeando el Rio della Maddalena en este remanso tranquilo del canal, alcanzaremos finalmente el Ponte Sant’Antonio, un excelente ejemplo de Ponte storto: esos puentes venecianos construidos en ángulo para adaptarse a la singular geometría de calles y canales.

Pero este storto, a diferencia de tantos otros puentes con ese nombre, ha gozado de la suficiente relevancia como para merecer nombre propio, La Iglesia que hay en el campo puede que tenga algo que ver con ese privilegio.

Ponte Sant Antonio

Hay dos detalles curiosos en este Campo. Recordad que aquí no basta con ver: hay que saber mirar.

Fíjate en el símbolo del frontispicio de la iglesia cilíndrica con cúpula casi semiesférica de la Maddalena. Un ojo en el interior de un triángulo remite, en efecto, a la iconografía de la Trinidad. Pero lo que realmente me llamó la atención es el círculo entrelazado que lo acompaña, un elemento menos habitual.

A primera vista, uno podría pensar en huellas masónicas. Y esa impresión, naida de lecturas esotéricas, podría parecer todavía más fundada si se atiende a la inscripción que aparece justo debajo del símbolo.

SAPIENTIA AEDIFICAVIT SIBI DOMUM

que en román paladino significa

LA SABIDURIA CONSTRUYÓ ESTA CASA

Y, sin embargo, es una iglesia dedicada a María Magdalena… el Santo GrialSang Real. No sería extraño imaginar a Robert Langdon deambulando en su interior, descifrando símbolos mientras conversa con algún senescal entre números de Fibonacci —referencias que, por supuesto, no necesitan explicación.

Pero yo prefiero apartarme de esa lectura y mirar otra cosa.

En lugar de una circunferencia y un triángulo, prefiero imaginar una esfera y un cilindro —al fin y al cabo son las formas que forman la Iglesia— : formas más físicas, más cargadas de misterio.

Y como inscripción, esta sería mi preferida

NOLI TURBARE CIRCULOS MEOS

que viene a decir

NO ME TOQUES LOS…

Si no has entendido esto último, siempre puedes acudir al Anexo al final de esta misma entrada. Preferiría, claro está, que no fuera necesario.

Con tanta divagación casi se me olvida el segundo detalle extraordinario de este Campo: busca la chimenea, no diseñada para que el humo ascienda directamente hacia el cielo, sino para obligarlo a seguir, como Venecia misma, un recorrido sinuoso. A semejanza de los intrincados callejones y canales, el humo sube aquí en zigzag, como si también él tuviera que aprender a orientarse antes de alcanzar el aire abierto.


A continuación nos tocará avanzar contracorriente —según la hora del día, casi en sentido literal— para adentrarnos en el caudaloso flujo humano del Rio Terà della Maddalena.

Lo abandonaremos enseguida hacia la izquierda por un callejón de nombre tan grandilocuente como ampuloso: la Calle Piero Faveretti già Columbina. La recorreremos de extremo a extremo hasta alcanzar la orilla del Rio di San Marcuola, al que apenas acompañaremos unos pasos por la Fondamenta del Ponte Storto.

Porque, claro, allí nos espera un Ponte Storto. En Venecia, en ocasiones, se sustituye la altisonante toponimia de las zonas nobles por una carencia total de poesía para llamar las cosas por su nombre.

Ponte Storto

Como Teseo rebobinando su hilo en el laberinto, regresamos por la calle de rimbombante nombre hasta el antiguo canal cegado de la Maddalena, para continuar avanzando contracorriente, como un salmón obstinado remontando una corriente humana, en dirección al Ponte de l’Anconeta.

Ponte de l’Anconeta

La calle que prolonga el puente desemboca en el Campiello de l’Anconeta, donde, a la derecha, encontrarás el antiguo Teatro Italia, hoy reconvertido en un espectacular supermercado ESPAR. La ironía ilumina nuestra sonrisa: de templo de la representación a santuario cotidiano de la vitualla urgente tras una larga jornada de marcha veneciana.

Nuestro paseo continúa por la Calle del Pistor hasta alcanzar la encrucijada con el Rio Terà Farsetti, cuyo suelo empedrado con roca introduce una textura distinta en nuestro periplo.

Enseguida giraremos a la izquierda por una callejuela de nombre desconcertante: Calesele. El término se emplea en Venecia para designar pequeños pasajes laterales, aunque uno no puede evitar pensar que debería poseer un nombre más concreto. Sería algo así como llamar a una calle simplemente “Calle” o a un paseo “Paseo”. Pero, en fin, ¿quién soy yo para llevar la contraria a los venecianos?

Atravesaremos después el Campiello Zen già Ceresa mientras nos aproximamos poco a poco al Ghetto. Y lo primero que probablemente te sorprenderá será descubrir, justo enfrente, una vivienda de siete alturas levantándose sobre la isla donde fueron confinados los hebreos venecianos.

El motivo es sencillo y terrible al mismo tiempo: encerrados en un espacio reducido y sin posibilidad de expansión horizontal, construir hacia arriba se convirtió en la única solución posible para acomodar a una población en constante crecimiento. Venecia, que siempre había vivido extendiéndose sobre el agua, aquí se vio obligada a crecer hacia el cielo.

Cruzaremos finalmente el Ponte del Ghetto Novissimo para atravesar el Sotoportego del Ghetto Novo.

Ponte del Ghetto Novissimo

Nada más salir de la penumbra del Sotoportego surge un espacio abierto de tamaño inusualmente generoso para Venecia: el Campo di Ghetto Nuovo.

En él encontraremos dos pozos de construcción diferente, fuentes de agua convertidas hoy en silenciosos y fotogénicos testigos del tiempo; placas conmemorativas del Holocausto; e incluso algunas de las alambradas originales instaladas durante el confinamiento de la Segunda Guerra Mundial, cuya presencia nos recuerda lo poco que hemos cambiado, o mejor, evolucionado desde esa época.

También hay aquí algún rincón inevitablemente prattiano. No resulta extraño: Hugo Pratt, creador de Corto Maltese, era veneciano, y pocos autores han sabido captar mejor que él esa mezcla de misterio y aventura que flota sobre la ciudad.

Saldremos del islote cruzando el Ponte del Ghetto Vecchio. Y, en realidad, no debería sorprendernos la escasa originalidad toponímica de los puentes del Ghetto: todos parecen llamarse igual y únicamente la antigüedad aproximada de su construcción permite diferenciarlos —Vecchio, Novo y Novissimo—. Es lo que llamaríamos, en un alarde de metáfora nuclear, un lugar donde se restringió la libertad asintótica y se confinó toponímicamente sus nombres.

Ponte del Ghetto Vechio

Justo al cruzar el Ponte del Ghetto Vecchio queda, a nuestra izquierda, la Bottega Corto Maltese, una pequeña tienda dedicada por completo al inmortal personaje creado por Hugo Pratt.

Confieso que el protagonista de La Balada del mar salado ejerció sobre mí una influencia mucho menor de la que debería reconocer públicamente. Sin embargo, parte de la inspiración para desarrollar un proyecto paralelo a este recorrido fotográfico por los puentes nació precisamente allí, entre ilustraciones, mapas imposibles y Fábulas de Venecia.

No descarto que en mi próximo viaje repita muchas de estas fotografías. Aunque, esta vez, quizá lo haga vestido como ese aventurero canalla y elegante, de ironía socarrona y alma de poeta, que parecía recorrer el mundo sin pertenecer nunca del todo a ningún lugar.

Bottega Corto Maltese

Continuaremos nuestro pequeño éxodo fuera del Ghetto hacia la Corte Scala Mata, antesala del Campiello de le Scuole, donde se alza la Sinagoga Española —o de Poniente— fundada por los judíos sefardíes tras su expulsión de la península ibérica.

Inmediatamente después, ya de nuevo en la Calle del Ghetto Vecchio, se encuentra el lugar mágico donde, al menos para mí, se compra el billete de regreso a Venecia.

No es un billete dorado como el de Willy Wonka, sino unos dulces elaborados sin levadura que, indefectiblemente, compro y degluto sentado junto al pozo del Campiello de le Scuole en cada visita.

Hasta ahora, el conjuro cabalístico nunca me ha fallado.


Tras atravesar un pasadizo abierto bajo los dos pisos de una arcaica construcción de madera, desembocamos en la Fondamenta di Cannaregio, tendida sobre la ribera norte del segundo canal más importante de la ciudad.

Por estas aguas no navegan únicamente pequeñas embarcaciones: también los vaporetto se deslizan sobre su superficie, después de haber pasado bajo el puente que… no, mejor me guardo todavía la sorpresa para un poco más adelante.

Tomaremos el camino de la derecha, aunque será un trayecto de ida y vuelta. Vamos en busca de un puente que jamás verá desfilar viajeros apresurados ni multitudes de turistas, pero que al menos conservará memoria de mi visita, porque todos los puentes merecen ser inmortalizados alguna vez.

Una vez superado el embarcadero de Guglie, nos internaremos por la primera calle a la derecha: la Calle de la Chioverete, que, como buena anfitriona veneciana, nos ofrecerá agua fresca en una fuente pública situada justo bajo un conducto de chimenea.

Al final de la calle aparece el Ponte al civico 1104/C/D. Al contemplar las puertas a las que da acceso este puente privado, uno no puede evitar sorprenderse ante el aparente desequilibrio entre las fachadas de los inmuebles que se esconden tras ellas.

Solo una vista aérea termina despejando la duda sobre cuál de los dos propietarios —el que entra por la puerta derecha o el que lo hace por la izquierda— disfruta realmente de mejor hacienda.

Ponte al civico 1104/C/D (o della Chioverete)

Regresamos sobre nuestros pasos hasta la Fondamenta di Cannaregio y retrocedemos hacia el sotoportego por el que abandonamos el Ghetto. Pero no nos detendremos allí: continuaremos avanzando hasta alcanzar el Ponte delle Guglie.

Este puente es, para muchos viajeros, la verdadera Puerta Escea de Venecia: el primero que cruzan los peregrinos turísticos en su lenta marcha hacia el destino inevitable de casi todos ellos, San Marco.

Encaramados en su cúspide, puede contemplarse al fondo el Gran Canal, como una arteria palpitante que se abre camino hacia el corazón de la ciudad, mientras se alza el campanile del Santuario de Santa Lucía, anunciando el lugar por el que tantos llegan y del que tantos otros desean marcharse.

Y, sin embargo, hay quienes partimos y nunca terminamos de irnos del todo; como si Venecia, más que un destino, fuera una forma de persistencia en la memoria.

Ponte delle Guglie

Solo hay dos puentes en el Canal de Cannaregio, y entre uno y otro media un buen trecho. El recorrido puede hacerse por cualquiera de sus dos riberas: por la Fondamenta di Cannaregio, al norte, o por la secuencia meridional que enlaza la Fondamenta Venier con la Fondamenta Savorgnan y finalmente la Fondamenta San Giobbe —aunque este último tramo no será necesario recorrerlo—.

Es una elección en apariencia trivial, pero te propongo un motivo decisivo para inclinarte por la ribera norte: la posibilidad de encuadrar el Ponte Novo de la Crea desde su ángulo más favorecedor, aquel en el que el puente se revela perfectamente simétrico.

Ponte Novo de la Crea

El siguiente puente es una rareza veneciana, y no por su belleza —que también la tiene—, sino por su envergadura, si es que semejante atributo puede concederse a un puente. Se trata del más grande de Venecia si excluimos los cuatro que cruzan el Gran Canal.

Su singularidad no termina ahí. Es además el único puente de la ciudad construido con tres arcos. No existe ningún otro semejante. Quizá por ello su antiguo nombre, Ponte San Giobbe, acabó en el olvido ante otro mucho más descriptivo y elocuente: Ponte dei Tre Archi, un caso en el que el callejero veneciano renuncia a la mitología para abrazar la evidencia.

Ponte dei Tre Archi

El puente aparece en una de las viñetas de Fábula de Venecia, donde Hugo Pratt lo representa reflejado casi perfectamente en las aguas del Canal de Cannaregio.

Aquí, sin embargo, el maestro se permitió alguna licencia artística. En la realidad resulta muy difícil obtener una imagen tan especular; para ello el agua tendría que permanecer inmóvil y el sol colaborar con una elevación generosa sobre el horizonte. Como el astro rey decidió no prestarme su ayuda, tuve que recurrir a un aliado menos poético pero igualmente eficaz: Photoshop.


El siguiente paso sobre un canal es todo un misterio. De hecho, ni siquiera estoy completamente seguro de que pueda considerarse un puente. Más bien parece una pasarela provisional, tan modesta y anodina que mi cerebro debió de rechazar su existencia al recorrer el Rio della Crea.

Y eso que caminé por ambas orillas. Las recorrí con la atención obsesiva de quien lleva días persiguiendo puentes por toda Venecia. Pero yo no vi nada. Absolutamente nada.

Sin embargo, la pasarela aparece en las imágenes de Google Street View.

Aquello me deja tres posibilidades. La primera, que se tratara de una estructura temporal instalada sobre el canal. La segunda, que su imagen se hubiera formado en el punto ciego de mis ojos. La tercera, quizá la más inquietante, que estuviera allí delante de mí y que el cansancio acumulado tras una larga jornada entre puentes, canales y callejones la relegara a algún neurona olvidada de mi córtex.

Sea cual sea la explicación, aquí dejo una imagen que, por una vez, no ha salido de mi cámara.

En mi próximo viaje tendré ocasión de resolver el enigma: comprobar si la pasarela desapareció, si debería haber llevado gafas o si, sencillamente, mi cerebro decidió que no merecía formar parte de la colección.

Hasta entonces quedará catalogada bajo el nombre que merece toda aparición dudosa en una ciudad como Venecia: la Pasarela Fantasma de la Crea. Una estructura tan discreta que estoy seguro de no haberla visto, y eso, en el fondo, la convierte en una de las apariciones oníricas a las que Corto Maltés nos tiene acostumbrado.

Pasarela Fantasma de la Crea

Desde el Ponte della Crea hasta este Ponte Novo de l’Ospizio podemos elegir cualquiera de las dos riberas del rio. Ambas terminan conduciéndonos a este sencillo puente de madera que no tiene más función que facilitar el paso a los apartamentos de ambos lados

Ponte novo de l’Ospizio

Y ahora que me acerco al final de los puentes de Cannaregio, voy a permitirme un instante de sinceridad.

Las entradas de blog de este recorrido nacen siempre del mismo modo: primero selecciono las fotografías y después recurro a mis notas para dar algo de cuerpo al relato. La memoria, las imágenes y los apuntes acaban mezclándose hasta formar una historia única, aunque no siempre perfectamente fiable.

Tras escribir que la Pasarela Fantasma de la Crea quizá nunca existió, he vuelto a examinar detenidamente esta fotografía. Y me veo obligado a descartar esa primera hipótesis.

La pasarela está allí.

No solo existía, sino que aparece claramente entre los huecos de los listones del propio Ponte Novo de l’Ospizio. Mientras fotografiaba un puente, la pasarela fantasma se coló furtivamente en la imagen sin que yo me percatara. Una ironía para alguien empeñado en catalogarlos todos.

Así que el misterio se reduce ahora a una cuestión mucho más humana: la pasarela no desapareció, ni es una ilusión de Google Street View. Simplemente pasó delante de mis ojos sin que mi cerebro considerara oportuno registrarla.

Sea como fuere, volveré en noviembre a fotografiar la dichosa pasarela. No porque la fotografía sea imprescindible, sino porque siempre me ha gustado apropiarme de la célebre promesa pronunciada por Douglas MacArthur al abandonar las Filipinas en 1942: «I shall return».

Y si todo sale según lo previsto, cuando regrese a Venecia para el Día de Difuntos podré permitirme completar la cita con las palabras que el mismo general pronunció al desembarcar de nuevo en Leyte dos años después: «I have returned».

Con algo de suerte, la Pasarela Fantasma de la Crea seguirá allí esperándome, ignorante de que se ha convertido en el objetivo de una campaña de reconquista fotográfica tan desproporcionada como inevitable. Porque hay puentes que se cruzan una vez, y otros que terminan convirtiéndose en mis particulares monomanías.


Olvidemos ya mi fijación con esa pasarela —¿queréis creer que llegué incluso a escribir al restaurante situado en la esquina del Canal de Cannaregio para pedir una fotografía? Como era previsible, jamás obtuve respuesta— y continuemos nuestro camino.

Seguiremos por la Fondamenta della Crea hasta alcanzar el Ramo Bosello, que nos descubrirá un rincón inesperadamente verde e íntimo: la Corte del Bagolaro.

A la derecha de la corte nos adentraremos en el Campo Saffa, donde nos aguarda una sorpresa inesperada: un pozo veneciano que, por su forma robusta y redondeada, recuerda más a una tinaja de aceite toledana que a las elegantes brocales que hemos visto en nuestros paseos por la Serenísima.

También llaman la atención las construcciones de esta zona. Da la impresión de que han decidido rendir homenaje a la Venecia clásica reproduciendo su principio constructivo fundamental: elevar las viviendas sobre pilares. Pero aquí los pilotes de madera han sido sustituidos por columnas de hormigón y el barro de la laguna por un terreno aparentemente firme.

Y escribo aparentemente porque, en realidad, bajo ese suelo siguen ocultándose, probablemente, los mismos cimientos que sostienen el resto de la ciudad: interminables bosques de pilotes de madera hundidos en el fango lagunar.

Quizá sea una apreciación mía, pero estas edificaciones parecen concebidas como una Venecia que hubiera aprendido de sí misma; una ciudad que, anticipando el futuro, se eleva unos metros más sobre el agua por si algún día la laguna decide reclamar con intereses el terreno que le fue arrebatado tiempo atrás.

Una larga rampa de madera se extiende a lo largo del Campo, como una concesión excepcional para los ancianos. Por una vez, el puente se vuelve accesible para personas con movilidad reducida, suavizando la geografía veneciana hecha de escalones, desniveles y pasos elevados.

Ponte Saffa

Quizá por eso este Ponte Saffa resulte una excepción: uno de los pocos que se ajusta a las normas contemporáneas de accesibilidad.


Cruzaremos el puente por las rampas —curiosamente, hasta las tiritas que puse en las ampollas de mis pies parecen pedir ya relevo— y bordearemos el río por la única fondamenta disponible hasta alcanzar el último paso de este rio: el Ponte Priuli al Cavaletto.

Desde aquí nos tocará desandar lo andado y regresar hacia el Canal de Cannaregio.

Ponte Priuli dei Cavaletti

Una vez allí giraremos a la izquierda por la Fondamenta San Giobbe, para cruzar —nada más dejar atrás el puente de los Tre Archi— el Ponte de la Saponela.

Te recomiendo, de hecho, pasar al otro lado del río para capturar la imagen de este puente con calma, y, ya que estás allí, jugar también al juego de las diferencias con el cercano Ponte de la Crea. Son tan semejantes como los Dióscuros, esos gemelos míticos, uno divino y otro humano, condenados a parecerse hasta en el detalle más mínimo.

Ponte de la Saponela

Tras haber encontrado las diferencias entre ambos puentes, regresa a la Fondamenta San Giobbe y, desde su punto medio, detente a observar el Ponte al civico 621/A/E.

Ponte al civico 621 A-E

Yo no conseguí acercarme más sin acabar, literalmente, en el agua, y eso que estuve callejeando por sus alrededores con la obstinación de quien cree que todo puente veneciano acaba al alcance de la cámara si se insiste lo suficiente.


Hay otras dos pasarelas más en el Rio di San Giobbe, pero tampoco se me apareció Ariadna para indicarme cómo llegar hasta ellas.

Así que, de momento, esta es la única imagen que puedo ofrecer de ellas, porque ni siquiera desde el sur, desde la Calle Carmelitani, resulta posible verlas: un quiebro deliberado de la calle —o eso quiero creer— parece diseñado exclusivamente para impedir que mi objetivo las capturara.

Pasarela Enel

Desde el Ponte de la Saponella, bajo la placa conmemorativa de los caídos de la Gran Guerra, seguimos por la Fondamenta San Giobbe.

Nos despedimos aquí del nacimiento —o quizá desembocadura— del caudaloso Canal de Cannaregio, antes de adentrarnos en la discreta Calle de le Beccarie, que recorreremos hasta alcanzar el Campo dei Luganegheri, donde se concentran varias escuelas de negocios.

Cruzaremos un moderno sotoportego y, una vez al otro lado, quedará a nuestra izquierda el curioso Ponte Valeria Solesin, atravesado sin descanso por jóvenes universitarios que llegan desde la estación de la Ferrovia y se dirigen a sus aulas en esta zona académica de la ciudad.

Ponte Valeria Solesin

Seguiremos por la Calle Carmelitani y, por primera vez en todo el recorrido, no cruzaremos un puente ni una pasarela: pasaremos bajo uno.

Se trata de un paso elevado que conecta la zona adyacente a la Ferrovia con un edificio coronado por antenas de telefonía móvil. Y, sin embargo, como salva igualmente un canal, no deja de cumplir —aunque sea de forma un tanto heterodoxa— la condición esencial de todo puente.

Pasarela

Y, para concluir, nos espera el Ponte Carmelitani, un serio aspirante al título de puente menos agraciado de la ciudad. Hormigón y hierro componen su anatomía, aunque este último ni siquiera se digna a mostrarse, oculto en suinterior como una armadura vergonzante.

Ponte Carmelitani

Y hasta aquí llega nuestro recorrido por Cannaregio. Hemos terminado en uno de esos lugares que parecen encontrarse lejos de todo, en el borde occidental donde la ciudad comienza a confundirse con la laguna y el caminante descubre que ya no quedan más puentes que perseguir.

Es hora de regresar al hotel, desprenderse de los bártulos fotográficos, dejar que una ducha arrastre el el cansancio acumulado durante la jornada, y buscar después un rincón tranquilo en alguno de los campos de San Marco para acompañar el atardecer con un spritz, una birra, un vermú o cualquier otra excusa líquida —salvo agua de la Laguna— que Venecia tenga a bien ofrecer.

La próxima entradaa nos conducirá al verdadero corazón de la ciudad. Pero no será únicamente un viaje por calles, canales y puentes. Mientras recorremos los espacios más recónditos de Venecia, seguiremos también una segunda ruta, paralela y menos evidente, una historia que discurre en el microverso. Un itinerario inesperado que, quizá, ya ha comenzado sin que te hayas dado cuenta.


El diagrama que has visto representa una esfera inscrita en un cilindro. Es, según la tradición —o según Ciceron—, el símbolo que Arquímedes de Siracusa pidió como epitafio para su tumba —una tumba que, con el tiempo, se ha perdido.

¿Por qué eligió precisamente esa figura para acompañarlo en su descanso eterno? Porque era la expresión geométrica del resultado del que más orgulloso se sentía.

Arquímedes no fue solo uno de los grandes sabios de la Antigüedad —y conviene aquí usar “sabio” en lugar de científico—, sino también físico, ingeniero, inventor, astrónomo y matemático. Su obra desborda con mucho el conocido principio de flotación que lleva su nombre.

En su tratado Sobre la esfera y el cilindro, datado hacia el año 225 a. C., estableció de forma geométrica la relación entre el volumen de un cilindro y el de una esfera perfectamente inscrita en su interior. El resultado, de una elegancia prístina, es tan simple como:

VesferaVcilindro=23\frac{V_{esfera}}{V_{cilindro}} = \frac{2}{3}

Esta anécdota funeraria aparece en Tusculan Disputations, Libro V, Secciones 64-66, escrito por el político, historiador y filósofo Marco Tulio Ciceron:

Me permito reproducir el texto original y su traducción

Non ego iam cum huius vita, qua taetrius miserius detestabilius escogitare nihil possum, Platonis aut Archytae vitam comparabo, doctorum hominum et plane sapientium: ex eadem urbe humilem homunculum a pulvere et radio excitabo, qui multis annis post fuit, Archimedem. Cuius ego quaestor ignoratum ab Syracusanis, cum esse omnino negarent, saeptum undique et vestitum vepribus et dumetis indagavi sepulcrum. Tenebam enim quosdam senariolos, quos in eius monumento esse inscriptos acceperam, qui declarabant in summo sepulcro sphaeram esse positam cum cylindro. Ego autem cum omnia conlustrarem oculis—est enim ad portas Agragantinas magna frequentia sepulcrorum -, animum adverti columellam non multum e dumis eminentem, in qua inerat sphaerae figura et cylindri. Atque ego statim Syracusanis—erant autem principes mecum—dixi me illud ipsum arbitrari esse, quod quaererem. lnmissi cum falcibus multi purgarunt et aperuerunt locum. Quo cum patefactus esset aditus, ad adversam basim accessimus. Apparebat epigramma exesis posterioribus partibus versiculorum dimidiatum fere. Ita nobilissima Graeciae civitas, quondam vero etiam doctissima, sui civis unius acutissimi monumentum ignorasset, nisi ab homine Arpinate didicisset


No compararé la vida de Platón ni la de Arquitas, hombres eruditos y verdaderamente sabios, con la suya, de la cual no puedo imaginar nada más repugnante, más miserable, más detestable: rescataré del polvo y los rayos de esa misma ciudad a un hombrecillo humilde, que vivió muchos años después, Arquímedes. Yo, el cuestor, cuya tumba, desconocida para los siracusanos, pues negaban rotundamente su existencia, la busqué, rodeada por todos lados y cubierta de zarzas y arbustos. Pues tenía unos sabios, a quienes había encargado que se inscribieran en su monumento, que declararon que en la parte superior de la tumba había una esfera con un cilindro. Pero mientras lo examinaba todo con mis propios ojos —pues hay una gran multitud de tumbas a las puertas de Agra—, divisé una pequeña columna no muy lejos de los arbustos, en la que se encontraba la figura de una esfera y cilindros. E inmediatamente les dije a los siracusanos —y los príncipes estaban conmigo— que creía que eso era precisamente lo que buscaba. Muchos fueron enviados con guadañas y despejaron y abrieron el lugar. Una vez abierta la entrada, nos acercamos a la base opuesta. Apareció el epigrama, con las últimas partes de los versos casi reducidas a la mitad. Así, la ciudad más noble de Grecia, antaño también la más culta, habría ignorado el monumento a uno de sus ciudadanos más perspicaces, de no haber aprendido del hombre de Arpina.

Para entender la cita:

NOLI TURBARE CIRCULOS MEOS

tenemos que trasladarnos a Siracusa, en el año 212 a. C., en plena segunda guerra púnica. Durante los dos años que duró el asedio romano, Arquímedes se distinguió por poner toda clase de dificultades a los atacantes mediante ingeniosas máquinas de guerra. Algunas fuentes posteriores incluso le atribuyen espejos capaces de incendiar barcos a distancia concentrando los rayos del Sol, aunque esa historia pertenece probablemente a ese territorio donde la admiración por el sabio comienza a transformarse en leyenda. Al fin y al cabo, la verdad suele ser una de las primeras víctimas de cualquier guerra.

Cuando la ciudad cayó finalmente en manos romanas, el general Marcus Claudius Marcellus tenía instrucciones muy claras: encontrar a Arquímedes y llevarlo con vida. Salvando las distancias históricas, podría decirse que puso en marcha su propia Operación Paperclip, aquella iniciativa con la que, más de dos mil años después, los Estados Unidos tratarían de localizar y reclutar a los ingenieros alemanes responsables de las V2 (Armas de Venganza: Vergeltungswaffe).

Dicho de otro modo: Roma no quería matar a Arquímedes; quería que trabajara para ella.

Pero la mala fortuna decidió escribir otro final.

Según la tradición, un soldado romano encontró al sabio absorto en sus cálculos, trazando figuras geométricas sobre la arena de la playa. Tan concentrado estaba en su imaginario de líneas, círculos y proporciones que le gritó:

NO ME TOQUES LOS CÍRCULOS

Al soldado no le hizo mucha gracia que no le hiciera caso y la respuesta del enfrascado siracusano tampoco ayudó y claro, mandoble de gladius y ecuación sin resolver…


Fuentes

Arquímedes: https://www.cs.drexel.edu/~crorres/Archimedes/contents.html



Una respuesta a «Los puentes de Cannaregio (Parte 2)»

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