Los puentes de Cannaregio (Parte 1)

Penúltima entrada dedicada a los puentes de Venecia —si es que aceptamos que Giudecca no pertenece del todo a la ciudad—. En esta ocasión partiremos desde el Ponte de Rialto, así que llegar hasta él queda ya bajo tu responsabilidad. No obstante, puedes confiar en la señalización: en Venecia, pocos caminos están tan claramente indicados.

Llegar al primer puente de nuestro recorrido por el sestiere de Cannaregio desde el más célebre de los pasos elevados sobre el Gran Canal ya no supone desafío alguno para nosotros. A estas alturas del viajeo, Venecia empieza a desplegar ante nuestros pasos su lógica secreta que, poco a poco, hemos aprendido a descifrar.

Abandonamos el puente cubierto siguiendo la Salizzada Pio X hasta alcanzar el Campo San Bartolomé, antiguo punto de encuentro de los hablantes de la lengua de Goethe y animado epicentro de las reuniones carnavalescas de los teutones. Fue precisamente Goethe quien, cautivado por la Bella Signora, halló aquí la inspiración para sus Epigramas venecianos.

Tomamos entonces a la izquierda la Salizada del Fontego dei Tedeschi y, apenas unos pasos después, cruzamos el Río dei Tedeschi por el Ponte de l’Ogio, que nos acerca al segundo sestiere en tamaño de la ciudad.

Ponte de l’Ogio

El camino que ahora debemos seguir es, probablemente, el más concurrido de cuantos hemos recorrido hasta el momento. Constituye la ruta más corta entre las “Puertas Esceas” de Venecia —la Ferrovia— y la Plaza San Marco, destino inevitable y, para muchos visitantes, única imagen que recordarán de la ciudad. Resiste un poco: pronto abandonaremos esta corriente inagotable de turistas y volveremos a internarnos en la Venecia más íntima.

Para soportar semejante caudal humano, el Ponte dei Zogateli se antoja una arteria castigada por el colesterol, apenas capaz de dejar pasar, en uno y otro sentido, las interminables células de este organismo turístico que nunca parece detenerse.

Resulta imposible contemplar el puente desde una distancia adecuada. Por ello os muestro sus dos perfiles: uno tomado desde el pequeño embarcadero de góndolas de una de las orillas y otro desde un mínimo hueco al lado opuesto, donde terminé prácticamente suspendido sobre las aguas del Río de San Giovanni Crisostomo en busca del encuadre imposible.

Ponte dei Zogatolli

Nos dirigiremos ahora hacia dos puentes de acceso casi clandestino, estructuras privadas a las que ninguna calle veneciana conduce de manera directa. Como sucede tantas veces en la ciudad, habrá que aproximarse a ellos con paciencia, intuición y un punto de temeridad.

Nada más descender del Ponte dei Zogateli giramos a la derecha para cruzar el Campiello Flaminio Corner y continuar por la Salizada San Canzian. A la altura del número 5942 se abre a nuestra derecha una estrecha hendidura entre las casas: la Calle Boldù. La recorremos hasta encontrar el primer giro a la derecha, la Calle del Forno. Apenas unos pasos después advertimos, al fondo, cómo la calle se precipita abruptamente sobre el Río de San Giovanni Crisostomo. Allí, en el último escalón —sumergido o no, según la voluntad del Acqua Alta— podremos encaramarnos para obtener la fotografía que os muestro.

Una recomendación para el fotógrafo accidental de puentes: conviene llevar una pequeña —o no tan pequeña— liana con la que sentirse amarrado a las fachadas venecianas. Solo así puede uno inclinarse sobre ciertos bordes imposibles confiando en que el equilibrio venza, una vez más, a la gravedad y evitando terminar en un involuntario baño en el canal —reconozco que las botas se me mojaron en alguna ocasión—.

Si este rincón os parece excesivamente comprometido, siempre podéis retroceder hasta el Rio Terà del Bagatin, donde la posición resulta más cómoda y menos arriesgada.

En primer plano aparece la pasarela metálica del Ponte del Teatro Malibran, tendida sobre el agua como una discreta línea de acero entre las sombras del canal.

Ponte Teatro Malibran

La Calle del Forno no nos concede otra posibilidad que desandar lo recorrido y regresar a la Calle Boldù, que retomaremos hacia la derecha. Atravesaremos, casi sin detenernos, el Campiello Santa Maria Nova —aunque quizá merezca la pena alzar la vista hacia la derecha para descubrir la elegante fachada de un viejo palacio— y continuaremos por la Calle dei Miracoli hasta internarnos en la Calle Maggioni.

Durante unos instantes creerás que vas a alcanzar el puente. Pero un pequeño recodo hacia la derecha se encarga de devolverte bruscamente a la realidad: una puerta metálica nos bloquea el paso como si Venecia quisiera recordarnos, una vez más, que es celosa de sus secretos.

Aquí acudió en mi ayuda el prodigioso palo selfie telescópico —capaz de rozar los dos metros— que adquirí antes de iniciar el viaje. Otro de esos artefactos que recomiendo para el fotógrafo accidental. Mi particular Venecia, observada a través de los ojos de Corto Maltés, tiene mucho que agradecer a este instrumento.

El resultado de esa fotografía tomada por encima de la puerta lo tenéis en la parte superior del montaje. En la inferior aparece la perspectiva del Ponte Mangini contemplado desde el pequeño “acantilado” que visitamos en la Calle del Forno.

Ponte Mangioni

La puerta metálica nos devuelve sobre nuestros pasos como si fuéramos un fotón reflejado en un espejo veneciano. Retomamos entonces la calle por la que veníamos y, al continuarla hacia la derecha, desembocamos casi de inmediato en el Ponte dei Miracoli. En el campo que lo acompaña se alza una iglesia cuya fachada parece horadada —me atrevería a afirmarlo— por unos alienígenas que, incapaces de encontrar un campo de maíz en Kansas, hubieran decidido dejar su huella en ella.

Ponte dei Miracoli

Nuestros dos siguientes destinos ya se cruzaron anteriormente en nuestro recorrido por el sestiere de Castello. La geometría veneciana —caprichosae impredecible— nos obligó a pasar por ellos para evitar un rodeo considerable por callejuelas.

Se trata del Ponte al civico 6103 y del Ponte de le Erbe, a los que regresaremos ahora desde el Campo dei Miracoli tomando la Calle Castelli, como quien vuelve a encontrarse con viejos conocidos en el laberinto de la ciudad. También te digo que diferenciar y reconocer algunos puentes es tarea solo reservada para los muy perspicaces.

Ponte al civico 6103
Ponte de le Erbe

Cruzamos el Ponte de le Erbe y avanzamos hasta encontrar, a nuestra izquierda, la Calle de la Testa. La seguiremos hasta desembocar en la Calle Larga Giacinto Gallina. Será un pequeño trayecto de ida y vuelta que nos conducirá hasta el Ponte de la Panada.

Allí se ofrecen dos posibilidades para la fotografía. A la derecha, desde la Fondamenta, se obtiene una visión más limpia y luminosa del pequeño puente. A la izquierda, bajo el Sotoportego, la perspectiva se vuelve más sombría y melancólica, aunque quizá precisamente por ello resulta más seductora. Te dejo le menos seductora.

Ponte de la Panada

Regresa ahora hasta la Calle de la Testa y prepárate para un tramo algo más largo. No esperes una sucesión de grandes palacios ni escenarios espectaculares. La caminata carece de interés, apenas interrumpida por el cambio de nombre de la calle a mitad del recorrido: la Testa se transforma en Squero y conserva esa nueva identidad hasta pasar bajo dos pequeños arcos de entibo —qué pobre y áspera suena esa expresión en castellano frente a la musicalidad veneciana de los arcos de sbatacchio—.

Tras cruzarlos desembocamos en la Calle Berlendis. Nuestro camino continúa hacia la izquierda, pero te recomiendo que, por un instante, imites a la mujer de Lot y vuelvas la mirada hacia la derecha. La visión de la calle precipitándose hacia el canal a través de aquella gruta de ladrillo merece detener el paso y contemplarse con calma.

Y como imagino que habrás cedido a la tentación de acercarte, aprovecha para internarte en la Corte Berlendis, una especie de Guadiana veneciano donde ora avanzas bajo la sombra, ora reapareces de nuevo bajo la luz. Difícilmente encontrarás una salida más teatral hacia las Fondamente Nove: como si acabara de alzarse el telón de un escenario, emerge de pronto la isla de San Michele, última morada de los venecianos…

Gira a la izquierda si no quieres terminar, literalmente, en la laguna, y alcanza así el Ponte Panada alla Fondamente. Como puedes observar en la fotografía que acompaño, aproveché mi trayecto hacia Murano para plasmarlo en la CCD de mi cámara.

Ponte Panada alla Fondamente

Manteniendo en el rabillo del ojo el hogar de los muertos, seguimos bordeando la orilla norte de Venecia hasta alcanzar el puente más mesopotámico de la ciudad: el Ponte Donà.

No creo que haga falta justificar el adjetivo. Basta una mirada desde la perspectiva acuática para que el puente revele su herencia mesopotámica, como si hubiera sido trasladado desde una orilla antigua del Éufrates y depositado aquí por el dios alado Marduk.

Es, además, el último puente que verás si decides regresar al aeropuerto en vaporetto.

Ponte Donà

Nuestro siguiente objetivo es el Ponte de l’Acquavita, que ya puede distinguirse desde el Ponte Donà en la lontananza, pues el Rio dei Gesuiti discurre en ese tramo con una rectitud solo vista en espacios de curvatura nula.

Para alcanzarlo debemos desandar parte de la Fondamente Nove hasta girar a la derecha por la Calle de le Tre Crose, que recorreremos por completo hasta toparnos con un león alado en la Calle Larga dei Boteri. Allí bastará mirar a un lado y a otro y escoger la dirección en la que aparezca el inevitable elemento líquido que abraza la ciudad.

Dos posibilidades se abren entonces hacia la izquierda: la Calle de la Pietà y la Calle del Cafetier. Elige la que más te apetezca, porque ambas ofrecen un mismo paisaje de ladrillo desnudo, esa Venecia doméstica en la que todavía viven los venecianos reales, lejos del decorado turístico.

Las dos calles desembocan finalmente en el Campiello de la Pietà. Desde allí, si dirigimos la mirada hacia la derecha, descubriremos los escalones de piedra del Ponte de l’Acquavita. Hicimos bien en fotografiarlo desde el puente anterior, porque en sus inmediaciones no existe un lugar adecuado desde el que contemplarlo con perspectiva.

Ponte de l’Acquavita

Retornamos por la Calle de l’Acquavita para volver a la Calle de la Pietà, ahora prolongando el sentido de nuestra marcha. La calle desemboca abruptamente, casi sin transición, en la Calle del Volto, donde a nuestra derecha se abre el Ramo Contarina. Y de ramo en ramo, al de Contarina, aclamo. Y parece justo aclamarlo, pues terminamos en una Corte.

Continuaremos por la Calle Mora hasta alcanzar el Campiello de la Madonna. Allí se nos ofrece, a la derecha, un falso Sotoportego que descubre el enladrillado Ponte Giustinian. Para fotografiarlo con cierta dignidad tendremos que cruzar previamente a la otra orilla del Rio dei Gesuiti y buscar desde allí la perspectiva adecuada, la única.

Ponte Giustinian

Por tercera vez abandonamos el Rio dei Gesuiti y, ahora sí, de manera definitiva. Lo hacemos siguiendo la Calle de la Madonna hasta toparnos con un muro coronado de espinas tras el que se adivinan árboles cautivos. Es la Calle Morandi, que enlaza por el lado izquierdo con la Calle Varisco, apenas intuida, pues casi de inmediato viraremos a estribor por la Calle Bandi.

Ese angosto pasadizo nos conduce directamente hacia el Ponte Noris, un puente que difícilmente ganará un concurso de belleza: feo incluso entre los puentes más feos de la ciudad.

Ponte Noris

Algo hay, sin embargo, que agradecer al Ponte Noris: desde él se obtiene una magnífica perspectiva del Ponte al civico 5514, también llamado Ponte Pasqualigo. Y no olvidéis nunca la primera regla del fotógrafo accidental de puentes: si existe una perspectiva, se dispara… la cámara, por supuesto.

Puede uno pensar que, después de haber fotografiado un puente desde otro situado en el mismo canal, la necesidad de acercarse hasta él desaparece. Error.

Y en este caso, además, un error manifiesto. Porque desde el Ponte Pasqualigo obtendremos una nueva perspectiva del Ponte Noris y, de paso, la primera visión del siguiente puente de nuestro recorrido.

Así que haremos como en el juego de la oca: de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente… o, mejor dicho, por el camino más corto, que en esta ocasión lleva el evocador nombre de una célebre cerveza italiana: Moretti.

Ponte al civico 5514 (o Pasqualigo)

Desde el Ponte Pasqualigo se disfruta de una magnífica perspectiva del Ponte Widmann, que toma su nombre de la residencia de una familia de comerciantes alemanes —tedeschi, naturalmente— asentados en Venecia a finales del siglo XVI. La escena es un déjà vue: una de esas estampas venecianas reproducidas miles de veces por fotógrafos y, mucho antes que ellos, por pintores fascinados por la que es , sin desmerecer Florencia, la cuna del síndrome de Stendhal.

Para alcanzarlo desde el lugar en el que nos encontramos, debemos desandar unos pasos por la Calle Crosetta hasta girar, en el cercano campo, hacia el Ramo del Campaniel. Poco después, nada más desembocar en el Campo Santa Maria Nova, tomaremos la dirección de la izquierda, guiados magnéticamenter por la presencia cercana de uno de los lugares más icónicos.

Ponte Widmann

Si tuviera que elegir un lugar donde la calma y el espíritu de Venecia se respiran con mayor pureza, probablemente sería este Ponte Widmann.

La perspectiva que desde aquí se abre hacia el Ponte del Piovan o del Volto, acompañado por el extraordinario Sotoportego del Magazen, resulta difícilmente igualable. Contemplar esta escena en soledad es un privilegio que en muy contadas ocasiones se reserva a los favorecidos por la fortuna . Quizá por eso el invierno sea la verdadera estación de Venecia: cuando la ciudad, vaciada de ruido y de prisas, florece silenciosamente adelantándose a la primavera.

El paseo bajo los dos sotoportegos —Widmann primero y Magazen después— se vuelve casi interminable, porque a cada paso la mirada vacila entre direcciones opuestas, deleitándose en las vistas de ambos pasos sobre el Rio di Ca’ Widmann, enmarcados entre columnas poliédricas unas y cilíndricas las otras. Espero, por cierto, que hayas advertido esa diferencia entre ambos pasos cubiertos, uno de esos pequeños detalles con los que Venecia recompensa a quien aprende a sorberla despacio.

Ponte del Piovan o del Volto

Sin apenas tiempo para recuperarnos de las vistas anteriores, un poco más adelante, por la Fondamenta del Piovan, surge el Ponte Santa Maria Nova a los pies de la iglesia de Santa Maria dei Miracoli. Su fachada albina asalmonada acariciada por el rio dei Miracoli se ha convertido en uno de esos rincones anhelados por quienes desean inmortalizarse en góndola, suspendidos por un instante entre el mármol, el agua y el decorado imposible de Venecia.

Ponte Santa Maria Nova

Es posible que el Campo Santa Maria Nova te resulte extrañamente familiar. Y no es casualidad: con algo más de atrezzo y ambientación adicional aparece en la película “Haunting in Venice”, donde el detective Hércules Poirot despliega una vez más sus inconfundibles ejercicios de deducción. Hace ya algún tiempo escribí unas líneas sobre esa película y sus localizaciones.

Sin demorarnos demasiado, atravesamos el campo en dirección a la Salizada del Spezier, nombre que uno imaginaría todavía impregnado de aromas orientales y antiguas especias llegadas por mar. Pero no es más que un pasadizo de tránsito hacia el Campiello Bruno Crovato già S. Canzian. Allí el pequeño campiello transmuta en campo gracias al pozo mágico, adornado con flores pétreas, que reside en su centro.

Desde el extremo del pequeño embarcadero obtenemos finalmente la fotografía del Ponte San Canzian, suspendido sobre su reflejo en las aguas verdosas por la luz del atardecer.

Ponte San Canzian

Un pequeño momento de transición: el siguiente puente se encuentra algo más alejado de lo que nos tiene acostumbrados el recorrido. Pero caminar por la Calle de la Malvasia solo puede conducirnos hacia un destino embriagador, como si el propio nombre de la calle arrastrara todavía el eco de Dioniso.

El Campiello de la Cason actúa como antesala de la Calle Muazzo que, mediante un giro casi imperceptible, nos invita a continuar por la Calle del Manganer.

Al llegar al Campo drio la Chiesa, una extraña claraboya de vidrio —con la apariencia de un gigantesco comecocos transparente— parece sugerirnos, quizá con intenciones poco amistosas, que evitemos el paso cubierto del Sotoportego dei Catecumeni y elijamos en su lugar el estrecho desfiladero que conduce hacia el Campo Santi Apostoli. Allí, en el extremo izquierdo del campo, nos espera el Ponte dei Santi Apostoli, que parece ser devorado por las fauces de dos arcos en su estribo lejano.

Ponte Santi Apostoli

Desde el Campo dei Santi Apostoli nos encaminamos hacia el norte por la Salizada del Pistor, aunque antes conviene detener la mirada en un detalle verdaderamente singular de Venecia. En el campanario de la Iglesia dei Santi Apostoli se encuentra un reloj extraordinario: un reloj de veinticuatro horas en el que cada semicírculo señala, respectivamente, las horas del día y las de la noche.

Pero esa no es su única rareza. Es también el único reloj veneciano que conozco que utiliza números arábigos en lugar de los tradicionales números romanos que —como todos recordamos de la escuela— emplean letras para representar cantidades. Y, sin embargo, incluso aquí aparece una letra inesperada: la letra j.

No me preguntes por qué, pero esa j representa el número arábigo 1. Supongo que la deducción acaba imponiéndose por pura necesidad.

La j, además de dar nombre al baile más noble de Aragón —y sí, permitidme la licencia nacionalista: las demás jotas palidecen ante la maña — posee también otro significado muy distinto.

Los matemáticos prefieren la i, pero físicos e ingenieros utilizamos la j. La razón es tan práctica como poco romántica: evitar la confusión con el símbolo de la intensidad eléctrica.

Así que, quizá sin pretenderlo, este viejo reloj veneciano termina marcando las horas en las que nuestra parte imaginaria puede echar a volar, especialmente durante el conticinio, cuando los canales de la ciudad devoran los sonidos del silencio.

Perdonad esta pequeña desviación del objetivo, que me disperso con facilidad. Nos habíamos quedado entrando en la Salizada del Pistor. La recorreremos por completo hasta alcanzar su cruce con el Rio Terà dei Franceschi. Allí giraremos a la derecha hasta encontrar otra de esas calles arrebatadas al agua, el Rio Terà Santi Apostoli, que prolonga su trazado mediante un doble quiebro derecha–izquierda para transformarse, finalmente, en la Salizada del Spezier.

Al final de la Salizada, desde la Fondamenta contigua, podremos fotografiar el Ponte dei Sartori, una ligera pasarela metálica tendida sobre el Rio del Gozzi, una concesión decimonónica industrial a la gótica geometría veneciana.

Ponte dei Sartori


La Salizada Seriman nos conduce, casi de inmediato, hasta el Ponte dei Gesuiti, tendido sobre el canal que comparte su mismo nombre.

Ponte dei Gesuiti

Continuaremos ahora por la Fondamenta más apropiada para interiorizar pensamientos y reflexionar sobre el incierto sentido de nuestra existencia: la Fondamenta Zen. Conviene apresurarse en esa búsqueda espiritual porque, casi sin advertir la transmutación, la calle cambia de nombre apenas unos pasos antes de alcanzar el Ponte de Santa Caterina.

Ponte Santa Caterina

Vadearemos el Rio di Santa Caterina por el puente recién alcanzado para internarnos en la más bien anodina Calle Zanardi, cuyo principal interés reside en un detalle fácil de pasar por alto: dos pavos reales grabados en piedra sobre el dintel de un portal, como si estuvieran a punto de emitir un rufo, ese sonido grave de baja frecuencia que los pavos reales producen al vibrar su plumaje para atraer a las hembras.

Tras el obligado quiebro que permite a la calle conservar su nombre —no sigas por el Ramo— alcanzaremos finalmente el Ponte Sant’Andrea.

Ponte Sant Andrea

Continuando por la derecha, a lo largo de la Fondamenta Sant’Andrea, encontramos el Ponte Corrente, cuya silueta cuesta distinguir de la del Ponte Sant’Andrea recién visitado. A esta duplicidad se suma, además, la imagen invertida que devuelve el agua del canal, de modo que realidad y reflejos terminan confundidos en nuestra mente.

Ponte Corrente

Atravesando el Rio Sant’Andrea y deambulando por la Calle Corrente, ya sin el consuelo de pavos esculpidos en piedra que alegren la mirada, nos damos de bruces con el Rio di Santa Sofia (o Sonia, si media suficiente confianza con la susodicha). A nuestra izquierda aparece un puente de madera de apariencia frágil, el Ponte de le Vele, mientras que a la derecha se alza una chimenea derruida que ya no volverá a alumbrar veladas íntimas por su falta de calor.

Ponte de le Vele

Al final de la Fondamenta Priuli nos espera el Ponte Priuli a Santa Sofia, que en esta ocasión abandona la ligereza de la madera para afirmarse en el hierro y la forja. Por aquí rara vez se aventuran los turistas, y eso le concede una calma particular, reservada para los lugareños y el que escribe.

Ponte Priuli a Santa Sofía

El siguiente puente es, sin duda, uno de los más esquivos para el ojo poco avezado: pasa inadvertido para casi todo el mundo. Es un puente que desaparece con el mínimo ascenso del acqua alta y que, en esas ocasiones, se convierte en un inesperado arrecife para los gondoleros noveles. Tampoco resulta amable para los veteranos, que difícilmente han podido pasar bajo él por mucho que hayan doblado su espalda.

Se trata del Ponte Piano va in Ruga, un puente que solo se revela con l luna en cuarto y que, de hecho, únicamente puede contemplarse desde el puente que acabamos de visitar.

Ponte Piano va in ruga

Continuamos nuestro camino atravesando el Campiello Priuli, del que saldremos por la derecha, que por un azar —o quizá a conciencia— sigue llamándose Campiello aunque funcione, en realidad, como una calle. La verdadera Calle Priuli nos obliga a seguir hacia la derecha hasta desembocar, también a la derecha, en la Strada Nova, una vía de mayor envergadura y, por tanto, con un posible mayor caudal humano.

El Ponte San Felice, que ofrece dos itinerarios de desigual anchura, comienza precisamente donde termina Strada Nova. Decido tomar el paso más amplio, con la esperanza de evitar colisiones y de que, por una vez, la geometría favorezca a los admiradores de la geometría Euclídea.

Ponte Novo San Felice

Intentaremos alejarnos de esta arteria congestionada tan pronto como nos sea posible, pues constituye la vía más directa hacia San Marco para quienes llegan a la ciudad en tren o en autobús. Conviene, aun así, aligerar el paso por el Campo San Felice y detenerse apenas lo justo para encuadrar, desde la Fondamenta de Felzi, el Ponte Pasqualigo.

Si observas la fotografía, te sorprenderá encontrar este puente casi desierto. Pero, como ya te he comentado antes, madrugar ayuda mucho al fotógrafo accidental… y Venecia, a esas horas, se muestra dispuesta a ofrecerte las mejores tomas.

Ponte Pasqualigo

Desandamos el último tramo hasta el Ponte San Felice y, allí, giramos a la izquierda para continuar por la Fondamenta del mismo nombre.

El Ponte Ubaldo Belli está a apenas unos pasos, pero conviene no apresurarse: merece la pena esperar a situarse más allá de su estribo para fotografiarlo desde la perspectiva que nos ofrece el sotoportego contiguo. Desde ese ángulo, la composición gana profundidad —conviene aquí un diafragma cerrado— y el conjunto adquiere una estampa más acorde con la ciudad.

Ponte Ubaldo Belli

Sin abandonar la ribera del Rio San Felice llegamos al Ponte Rachetta, que uno podría pensar que es de uso privado, pues parece desembocar directamente en la puerta de una vivienda. Sin embargo, se trata en realidad del acceso al Sotoportego dei Preti.

En Venecia conviene no dar nada por supuesto: en estos itinerarios de calles secretas y trazados escurridizos, lo que parece un final puede ser solo un pasaje, y lo que se intuye como privado termina, a menudo, siendo un atajo hacia otra ciudad escondida dentro de la misma ciudad.

Ponte Rachetta

Un Sotoportego tan sugerente como el dei Preti no puede quedar sin ser explorado. Y la curiosidad, como tantas veces en Venecia, termina teniendo recompensa: al atravesarlo se abre ante nosotros un pequeño jardín perteneciente a un hotel, justo en el momento en que salimos a la Calle de la Racheta.

Tomaremos esta calle hacia la izquierda hasta alcanzar el Ponte Molin de la Rachetta, que deberemos cruzar para obtener la perspectiva de la fotografía, esta vez desde la Fondamenta Santa Caterina,

Ponte Molin de la Rachetta

Regresando de nuevo por la Calle de la Rachetta, nos fijamos en la primera calle a la izquierda. Es una calle muy pequeña, pero nos reserva una sorpresa.

El Ponte al civico 3777A aparece como una discreta pasarela de madera, casi inadvertida, utilizada únicamente por los residentes de la propiedad a la que da acceso. Un puente mínimo que recuerda que Venecia está hecha también de estos rincones, escondidos a plena vista, que rara vez aparecen en las postales —si es que alguien recuerda ya aquellas fotografías que se enviaban cuando viajar aún implicaba escribir y no esperar respuesta.

Ponte al civico 3777A

Regresamos, tras este pequeño paréntesis, a la Calle de la Rachetta, donde merece la pena avanzar sin prisa, dejando que la mirada se detenga en los distintos dinteles que la jalonan: de piedra, con columnas ortogonales o cilíndricas, e incluso alguno de madera, justo enfrente de un jardín de dimensiones tan contenidas que parece diseñado a la medida de un solitario lector.

Nuestros pasos en esta calle concluyen en el Ponte Priuli delle Squero, una estructura que bien podría haber sido forjada en las entrañas del Stromboli por algún aprendiz de Hefesto, ya que sus imbricadas volutas recuerdan a las cornamentas de algunas representaciones de Zeus..

Ponte Priuli delle Squero

De nuevo hacia atrás por la Calle de la Rachetta, como una pelota golpeada una y otra vez por la raqueta en un frontón que pareciera confinarnos en este mismo itinerario, regresamos sobre nuestros pasos.

El Sotoportego dei Preti nos devuelve hacia el Rio di San Felice y, al cruzarlo, nos permite asomarnos a una visión casi arqueológica de la ciudad: la de los puentes tal y como eran cuando los venecianos aún no habían aprendido del todo a desconfiar del vacío.

Allí aparece el Ponte Chiodo, una rareza absoluta que parece diseñado por Galen Erso, ingeniero jefe de la Estrella de la Muerte, cuya firma consistía precisamente en prescindir de barandillas y salvamanos. Cruzarlo exige atención: no hay nada que atenúe la caída posible, solo la perspicacia y habilidad de un jedi te evitaría no cae hacia el abismo acuático de la ciudad.

Ponte Chiodo

A salto de pulga, justo enfrente del Ponte Chiodo, se encuentra el Ponte della Misericordia, punto de partida de un nuevo tramo de Cannaregio donde los canales parecen haber sido trazados con escuadra y cartabón, en una rara concesión a la geometría dentro del habitual sinuoso laberinto veneciano.

Ponte della Misericordia



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