Los puentes de Castello (Parte 2)

olvemos de nuevo a nuestro viaje por los puentes del sestiere de Castello justo en el punto donde cerramos la primera parte: el Ponte della Ca’ di Dio.

sta división del itinerario responde a dos razones. Una técnica y otra de atención lectora.

ecesito más de 10 capas en la aplicación de Google Maps. Ese límite no permite dibujar sobre la maraña de callejuelas venecianas el trayecto seguido en el proyecto en un único interfaz.

xiste una segunda razón, más terrenal: sostener la atención en estas crónicas no siempre resulta tarea fácil para quienes se aventuran en mis paseos por la maraña veneciana, donde cada puente consume una posición de memoria que no siempre es cedida con gentileza por la aplicación de Google.

omo ya habrás advertido, esta entrada será un experimento: utilizaré letras capitulares —esas letras decoradas y desmesuradas que abrían los capítulos en los manuscritos medievales— para convocar, desde el primer trazo, tu atención.

ntento captar algo más que tu atención: quizá ya hayas percibido cómo, poco a poco, emerge una forma en vertical. Procuraré que, al seguir ese hilo secreto, puedas leer un poema dedicado a Venecia por el poeta José Zorrilla.

cróstico es la palabra que nombra la figura literaria que da forma al reto que me autoimpongo. Solo al llegar al final serás testigo de si he logrado vencer este desafío, o si quedará como un intento infructuoso, suspendido entre las letras.


o retomamos justo donde concluía la primera parte de nuestro paseo por el sestiere de Castello. Poco hay que indicar: bastará con dejarnos llevar por la afamada Riva degli Schiavoni, deslizándonos entre terrazas siempre colmadas de visitantes.

l poco, justo junto al Ponte del Santo Sepolcro, quedará a nuestra derecha la casa en la que la Serenísima ofreció techo al gran poeta Petrarca, con la condición de que su obra permaneciera en la ciudad tras su muerte. Una placa conmemorativa en su fachada recuerda hoy aquel privilegio. Bajo ese mismo amparo compartió, durante un tiempo, veladas con otro gran poeta italiano , Bocaccio —o, más bien, toscano, pues Italia aún no existía—. Solo faltó Dante para completar, sobre esos pivotes que emergen de las aguas, una reunión casi irrepetible.

Ponte del Santo Sepolcro

n cuanto cruzamos el puente, tomamos la primera calle —naturalmente, a la derecha—. Comparte nombre con el río que acabamos de dejar atrás y nos conduce entre dos singulares pasos elevados que enlazan edificios, además de un portal cuya decoración exhibe unas abigarradas esvásticas de tradición hindú, no las otras, tristemente marcadas por la sangre. El callejón se extingue en un nuevo tramo que tomaremos hacia la derecha para, una vez más, pasar bajo palio y avanzar así hasta el Ponte drio de la Pietà.


o bien se extingue el callejón, tomamos hacia la derecha un nuevo tramo para, una vez más, pasar bajo palio y avanzar así hasta el Ponte drio de la Pietà.


Ponte drio de la Pietà

ruzando el puente, advertimos que a nuestra espalda queda un pequeño jardín desde el cual Casanova bien podría haber conquistado a una dama asomada al pequeño balcón adornado con flores que surge de la fachada. Pero dejemos al amante en sus quehaceres y sigamos por la calle que nos conduce al Campo Bandiera e Moro.

travesamos el Campo para tomar la estrecha calle central hacia el Norte que, en su primera esquina, aparece coronada por dos arcos de ladrillo ortogonales. La sinuosa Salizada nos dirige, sin poder evitarlo, a la Parrochia di S. Giovanni in Bragora donde surge el Ponte San Antonin para cruzar, de nuevo, el Rio de la Pietà.

Ponte San Antonin

o llegamos a cruzar el puente: continuamos por la Fondamenta dei Furlani hasta encontrarnos con una iglesia cuya portada encierra una escena inesperada en esta ciudad. Sobre el acceso, un picador se enfrenta a un toro, quizá cretense, que dobla sus rodillas ante el empuje del jinete.

ras cruzar a la otra orilla, continuamos este deambular zigzagueante, casi sin fin, a lo largo del ahora Rio di San Antonin, atravesando el Ponte de la Comenda para proseguir después por la ribera opuesta, la Fondamenta de San Giorgio dei Schiavoni.

Ponte de la Comenda

l recorrer este tramo, nos adentramos en uno de esos rincones singulares que Venecia reserva sin previo aviso. El acceso al Ponte de la Corte Nova posee una belleza doble y poco común: se llega a él atravesando un sotoportego de seis arcos semicirculares, casi como una secuencia rítmica de umbrales, y se abandona no por otro arco, sino por un túnel de trazado cuadriculado cuyo antiguo dintel de madera fue sustituido por una viga de hierro. Lejos de deslucir el conjunto, este refuerzo introduce una nueva tensión en la materia, en esa simbiosis de antiguo y viejo que respira la ciudad.

Ponte de la Corte Nova

ejamos atrás el sotoportego metálico para continuar por la Corte Nova. A la izquierda se nos abre lo que parece la entrada a una cueva, con lo que podrían describirse como visillos de piedra que enmarcan el acceso a un túnel lóbrego de madera custodiado por una pequeña capilla dedicada a Santa Maria della Salute.

cupados en avanzar por esa calle, desembocaremos en la Salizada Santa Giustina, que tomaremos hacia la derecha. Conviene afinar la mirada en este tramo, pues alberga uno de los tres puntos mágicos de Venecia: aquellos umbrales por los que Corto Maltés se desliza hacia territorios exóticos y maravillosos, donde la ciudad se convierto en nexo multiversal.

emito al lector curioso a otra entrada para desvelar ese lugar. Nuestro camino, entretanto, prosigue hasta el cruce con el Ramo al Ponte San Francesco, que nos conducirá, sin rodeos, hacia el siguiente paso sobre las aguas.

Ponte San Francesco

l asomarnos desde este puente, aparece un sotoportego que evoca en mi memoria uno de los palacetes de los jardines de Parque de Vista Alegre. Si el madrileño despliega dos columnatas superpuestas — dórica y corintia—, aquí la disposición parece más fiel al orden clásico, al elevar lo jónico sobre lo dórico. Solo el material delata la relativa juventud de la construcción.


a vuelta por la calle del portal espaciotemporal de Corto Maltés nos conduce de nuevo hasta un muro roto por una verja que nos cierra el paso y nos obliga a girar a la derecha. Desde ese punto ya se insinúan las escaleras que nos elevarán sobre el canal: es el Ponte del Fontego.

Ponte del Fontego

travesando el puente, accedemos al Campo Santa Giustina, donde tres pasos distintos salvan las aguas. Uno de ellos es el Ponte del Fontego, que acabamos de cruzar;.

el segundo de ellos apenas cabe decir que es un puente privado que se nos antoja singular, casi penitente, como si las dos puertas de acceso del Palazzo reclamaran cada una su propio tributo de ladrillo suspendido sobre la laguna. Se trata del Ponte al Civico 2838.

Ponte al civico 2838

l tercero es el Ponte al civico 2856, dispuesto de forma ortogonal ral anterior. A diferencia de aquel, sí parece responder a una cierta simetría, casi geométrica, como si obedeciera a una conservación de magnitudes conjugadas en un microverso plácido. Su mayor anchura le permite dar paso a dos accesos, resolviendo la duplicidad a costa de ampliar su propia estructura, como si el puente supiera que sus dueños gustan de saludarse cuado se cruzan en su centro.

Ponte al civico 2856

a marcha por la Fondamenta di Santa Giustina apenas ha comenzado cuando, justo frente al Liceo Scientifico Benedetti, emergen los quince peldaños que invitan a ascender al Ponte di Santa Giustina. Sin embargo, pospondremos ese esfuerzo: por ahora, elegimos permanecer fieles a esta orilla, aunque solo sea por que no existe otra enfrente.

Ponte Santa Giustina

bservando el tramo final hacia la Fondamenta Nove, el camino parece huérfano de puentes. Y, sin embargo, casi al término, surge una nueva escalera justo en el punto en que la piedra cede su lugar al ladrillo. No conduce a un verdadero cruce o paso, sino a un falso puente bajo el cual se da acceso a un garaje de embarcaciones en la Società Veneziana del Gas.

in un punto firme desde el que obtener la imagen deseada —ni orilla encarada, ni callejón ciego, ni puente que ofrezca perspectiva— me veo, por tanto, obligado a mostrar una fotografía hallada en la red, provisional y ajena, que confío en sustituir en un futuro próximo, cuando regrese a Venecia y alcance aquellos lugares que, en este viaje, permanecieron vedados a mi mirada.

Ponte sopra la Cavana della Soc. Veneziana de Gas

rocede ahora desandar el largo tramo recorrido desde el Ponte di Santa Giustina, que esta vez sí cruzaremos. La calle a la que conduce evoca, de forma inesperada, el eco lejano de sondas lunares rusas; pero aquí no nos adentraremos en la cara oculta de la Luna, sino en la más terrenal Corte de Le Do Porte, donde buscaremos una salida impregnada del inconfundible aroma metafórico de un ristretto.

l llegar al cartel que anuncia la Barbaria de le Tole, giramos a la izquierda por una estrecha calle que nos conduce, casi sin distracción, hasta el Ponte Muazzo.

Ponte Muazzo

ecorriendo sin desviarnos un ápice el trazado que sigue al puente, atravesamos Campiello, Ramo y el Ponte del mismo nombre, en una secuencia csolo interrumpida por la bruma. El Ponte Cappello se revela entonces como uno de esos puentes que enamoran de entrada: frágil y esbelto, combina con natural armonía el ladrillo, el hierro y la piedra de Istria, logrando una estampa que uno mantendrá en la memoria.

Ponte Cappello

e la calle Capello, que continúa en la orilla opuesta, el recorrido desemboca bajo un arco magníficamente enmarcado por un círculo de piedra; bajo su vano giraremos a la izquierda para tomar la Calle Larga di San Lorenzo, que pronto se transforma en fondamenta, donde una balaustrada de piedra blanca adorna el Ponte di San Lorenzo.

Ponte San Lorenzo

rientándonos con el blanco e inclinado Campanile de la Iglesia de San Giorgio dei Greci, avanzamos por la Fondamenta di San Lorenzo. A la izquierda se abre el Ponte Lion, que nos permite cruzar hacia el Campiello de la Fraterna. Con cuidado de no despertar al rey de la selva, continuaremos el camino hacia la Riva degli Schiavoni.

Ponte Lion

eguimos avanzando hasta alcanzar el Ponte dei Greci, que nos permite cruzar el Rio de San Lorenzo. Conviene detener aquí la marcha y concederse un respiro entrando en la Iglesia de San Giorgio dei Greci, donde los iconos ortodoxos, pese a lo que pudiera imaginarse, permanecieron durante largo tiempo bajo prohibición en la ciudad, antes de recuperar su lugar en la memoria visible de Venecia.

Ponte dei Greci

rácticamente sin transición, el Ponte Osmarin aparece entrecruzando sus barrotes en el punto donde el Rio di San Provolo se encuentra con el de los Greci.

Ponte Osmarin

nevitablemente, para alcanzar la Riva Sur debemos alejarnos del canal, pues ni a diestra ni a siniestra se ofrece ya camino practicable. Tomaremos la Calle de la Madonna hasta el Campiello de la Fraterna, para adentrarnos después en la Calle dei Greci. Esta angosta vía nos conduce hacia un túnel que, bajo su penumbra, representa el séptimo los trabajos de Hércules, como si el héroe hubiese sido convocado de nuevo por el rey Aristeo para expiar antiguas desmesuras.

uego de atravesar el umbral, continuamos por la Calle Bosello y giramos por la Calle drio de la Pietà que, en un quiebro casi instintivo, nos orienta hacia la de la Pietà, hasta desembocar finalmente en la Riva degli Schiavoni, donde la ciudad vuelve a abrirse a la laguna.

fin de evitar la marea de gente que deambula por la Riva sin destino fijo, nos apartaremos hacia la derecha para aproximarnos al Ponte de la Pietà.

Ponte de la Pietà

ecorriendo un buen trecho por la ribera sur de Venecia, con la vista anclada en el esbelto campanile de Basílica de San Giorgio Maggiore, la marcha solo se ve interrumpida por la estatua ecuestre del primer rey de Italia, el omnipresente Vittorio Emanuele II, cuyo nombre encierra una ironía histórica: siendo el primero, fue el segundo.

ste tramo de la rivera acaba con el Ponte del Vin desde el que tendremos una vista inesperada si miramos hacia el canal del que toma el nombre.

Ponte del Vin

e nos ofrece, inesperada, una pasarela acristalada que cruza el Rio del Vin. Emerge de la fachada oriental del afamado y lujoso Hotel Danieli, en cuyo bar puedo afirmar, sin el menor rubor, que me tomé un cóctel ataviado como un noble veneciano del siglo XVIII y, por cierto, en muy grata compañía.

Pasarela Hotel Danieli

amos unos pasos atrás para adentrarnos por la calle del Vin, que nos empuja hacia un Campiello donde encontraremos uno de los pozos más sencillos, pero no por ello menos eficaz en su tarea de abastecer de agua dulce a los ancestros de los actuales habitantes de la ciudad.

n su izquierda se abre un ramo que conduce a la Fondamenta principal del rio, para morir en un pequeño Sotoportego de ladrillo, rematado con tres arcadas de medio punto. Este paso cubierto nos invita a atravesarlo y subir los seis escalones que nos conducen al Ponte San Provolo.

Ponte San Provolo

anzamos la vista atrás desde el centro del puente y descubrimos una construcción elevada que cruza el canal. Difícil llamarla puente, salvo que lo transiten albañiles carentes de vértigo. Incluso una canalización aérea enlaza ambas fachadas, reservada al discreto tránsito de unas tuberías. Hasta la más bella de las ciudades necesita, también, apartar sus desechos de la mirada de todos.

Pasarela y canalizaciones sobre el Rio del Vin

vanzamos hacia el Campo San Provolo y, en lugar de dejarnos tentar por el magnífico relieve del Sotoportego Corte Nova, optamos por el camino de la izquierda, que se desliza hacia un paso cubierto de escaso mérito, aunque necesario, pues nos conduce hasta la Fondamenta de l’Osmarin, donde, frente a una hornacina con una Madonna, se nos revela el Ponte dei Carmini.

Ponte dei Carmini

olo unos pasos más adelante, sin abandonar la orilla en la que nos encontramos, alcanzaremos el Ponte dei Diavolo. Encaramados en él, conviene alzar la vista hacia la fachada de la casa a la izquierda, donde una figura sostiene entre sus manos una parrilla de tamaño descomunal. No puedo evitar preguntarme si se trata de San Lorenzo o, quizá, de algún noble veneciano dispuesto a entregarse a una insólita barbacoa.

Ponte dei Diavoli

on adentrarse en la lóbrega calle del Diavolo, sin temor a girar a la siniestra —que para eso es la calle del demonio— y tomar la calle dei Preti, el recorrido parece adentrarnos en el Hades. Nos espera entonces, en la Fondamenta, la visión inesperada de un magnífico jardín privado, escoltado a su izquierda por un único callejón que muere abruptamente en el canal, antes de que se nos revele el Ponte San Severo.

Ponte San Severo

nmersos en la fondamenta, avanzamos hacia nuestro siguiente destino. Si antes hemos cruzado la calle de Luzbel, ahora se nos insinúa, con una discreción casi irónica, la calle del Paradiso, inalcanzable al encontrarse en la orilla opuesta del canal. Negado el paraíso, no queda sino aproximarse al segundo puente del canal que, erigido más tarde que el que acabamos de dejar atrás, solo pudo aspirar al nombre de Ponte Novo de San Severo.

Ponte Novo de San Severo

na vez proseguimos por la fondamenta, pronto reconocemos una visión que nos resulta familiar por cien veces vista: una Madonna con Niño, flanqueada por dos santos, que emerge como brújula en la memoria del recorrido. Allí giraremos a la derecha por la calle que se nos ofrece y, casi sin avanzar, volveremos a torcer a la izquierda por un estrecho pasadizo. Siguiendo ese sendero encajonado, no queda otra opción que desembocar en la siguiente Fondamenta, donde el Ponte Cavagnis nos invita, sin alternativa, a cruzarlo.

Ponte Cavagnis

esde el puente recién atravesado dirigimos la mirada —y la cámara— hacia el Ponte Tetta. Puede parecer, a primera vista, un paso menor, casi prescindible, pero lo crucé un número indeterminado de veces en mi obstinada búsqueda de un lugar que no terminaba de revelarse. Y fue en una de esas travesías repetidas cuando el León, símbolo de la ciudad, pareció rugir en silencio para abrirme, por fin, la más arcana de sus puertas.

Ponte Tetta

l deslizarnos por la calle Tetta, atravesamos la pequeña isla triangular que avanza como la proa de un navío hacia uno de esos encuadres mil veces capturados por otras miradas. Pero nosotros, por ahora, resistimos la tentación de esa imagen venerada y nos detenemos en un objeto más discreto: el Ponte de l’Ospedaletto.

Ponte del Ospedaletto

esdeñamos abandonar el islote, pues aún nos queda un último puente que no conduce a ningún otro: un paso privado que termina en una puerta siempre cerrada, en contraste con el acceso acuático, que deja entrever el espacio secreto del interior a través de una verja oxidada. Es el Ponte al civico 6396.

Ponte al civico 6396

mprendemos el regreso por la Fondamenta S. Giovanni Laterano hacia el Ponte de l’Ospedaletto y nos dejamos llevar por las tres “Tetas”: primero la Calle; luego, a la izquierda, el Ponte; y, finalmente, la Fondamenta. Perdonadme el guiño al juego de la oca, pero bien podría decirse que nuestra jugada es de teta a teta y tiro porque me lleva por la corriente —en el tablero sería de puente a puente—; permitidme, al menos, la travesura.

ituada frente al ya visitado Ponte Cavagnis, se abre la Calle Longa de Santa María Formosa que, tras nuestro pecado de haber hollado tres “Tetas”, bien podría entenderse como justa penitencia: seguir el camino de la Santidad. Nada más adentrarnos en ella, nos sentiremos observados por un severo rostro coronado de espinas. Conviene no acercarse demasiado.

e esconde en una pequeña corte un lugar casi mítico para cualquier bibliófilo que se precie. Su propio nombre ya da una pista: Libreria Acqua Alta. Te gusten o no los libros, adéntrate en ella y descubre cómo se disponen, a su manera, “a la veneciana”. Avanza hasta el fondo, sal al pequeño patio y asciende por la llamada escalera del conocimiento. La vista bien merece el esfuerzo.

nfilamos, tras este receso cultural —confío en que hayas adquirido algo en la tienda—, la continuación de nuestro camino por la adyacente y angosta Calle Bragadin del Pinelli, una de esas vías en las que no cabe extender los brazos en cruz.

iquiñaque serías si, al atravesar el puente que se eleva al final de la calle, no reconocieras la estampa que se abre ante ti: el Ponte Conzafelzi. Podría enumerar sin esfuerzo una decena de actores y actrices que lo han cruzado en tantas y tantas películas.

Ponte dei Consafelzi

frece el descenso del puente hacia la otra orilla dos caminos: el de la derecha queda reservado para quienes tienen corazón veneciano sin necesidad de haber nacido en la laguna. Basta con mirar el cartel del sotoportego para intuir qué se esconde tras la puerta de esa casa. No daré más pistas, ni siquiera en las Notas.

esonará en ti, lo sé, una duda ante mi embite; si nada significara, gira a la izquierda por la Fondamenta del Felzi y acércate al Ponte Minich, que, si por algo merece ser recordado, es por ser el lugar desde el que se contempla y se fotografía la bella proa que embiste el Ponte Conzafelzi.

Ponte Minich

travesamos el puente y pasamos bajo un Sotoportego que solo concede la izquierda como vía de continuidad. Aún nos resta un buen trecho hasta alcanzar la ya visitada Calle Longa de Santa María Formosa. Giraremos entonces a la derecha para dirigirnos hacia el Campo de la Santa, uno de los más amplios de la ciudad. Si volvemos la cabeza hacia la izquierda, descubrimos un Campiello acariciado por un rio en el que cuatro puentes aguardan, desiertos, no nuestro paso, ya que son en su mayor parte privados.

os visitaremos de derecha a izquierda (siempre mirando hacia el canal). El primero es el Ponte al civico 5252, acceso a una casa de aparente armonía, casi electrodébil, que desde la distancia se ofrece como un conjunto perfectamente equilibrado, aunque al acercarse revelan pequeñas disonancias que quiebran su simetría. Te invito a descubrirlas: compara izquierda y derecha tomando como centro la cúspide del frontispicio de la puerta de acceso.

Ponte al civico 5252

escasos pasos de su gemelo, casi siamés, se alza el Ponte al civico 5251. Aquí, el palazzo al que da acceso revela una simetría ya quebrada desde su alumbramiento, mientras que la puerta, aun conservando su forma, parece sostener una armonía herida, quebrada, sin rasgo de continuidad.

Ponte al civico 5251

e alza el tercer puente con un cambio de material que rompe la continuidad anterior. Diría que es cemento, aunque no conviene fiarse demasiado de mi mirada —ni de mis conocimientos en estas lides—, siempre algo escasos. Es el Ponte al civico 5250, más conocido como Ca’ Malipiero. Este Palazzo parece tomar cumplida revancha sobre los dos anteriores, exhibiendo una simetría absoluta, tan perfecta como una transformada combinada de carga, paridad y tiempo.

Ponte al civico 5250

n último lugar hemos dejado el puente situado a la izquierda de todos ellos, el Ponte de Ruga Giuffa, el único de los cuatro que se ofrece al caminante para proseguir su discurrir por las calles venecianas. No somos quiénes para negarle nuestros pasos, así que lo atravesaremos y continuaremos por la calle que lo prolonga.

Ponte de Ruga Giuffa

oquis ofrecían en la Trattoria que se encuentra frente al hermoso testigo de estuco sobre la calle de l’Arcodetta Bon. Ignorando tal tentación de sentarnos a degustarlos, avanzamos por la calle Ruga Giuffa hasta una encrucijada de cuatro caminos. Allí tomamos la vía que adopta el nombre de la pequeña constelación boreal de forma semicircular, que Ptolomeo quiso dedicar a la reina ultrajada por el asesino del Minotauro.

bligada por el trazado, la calle que acabamos de tomar nos conduce, casi en un periquete, hasta el Ponte de la Corona. Pero el lugar nos reserva una sorpresa: no hay forma de fotografiarlo desde sus inmediaciones. Desde el propio puente divisamos nuestro próximo destino, que nos ofrecerá la oportunidad de fotografiar con el teleobjetivo el punto donde estamos ahora.

Ponte de la Corona

ecurriendo a la experiencia de haber recorrido ya decenas de puentes, conviene detenerse a fotografiar nuestro próximo destino (un Ponte Storto) , pues el Rio de San Zaninovo es particularmente estrecho y no se divisan fondamentas o calles que desemboquen en el agua desde las cuales pudiéramos capturarlo. Así que, antes de emprender el camino, queda inmortalizado en esta toma.

Ponte Storto

hora toca retroceder en dirección hacia la Trattoria de los ñoquis, pero antes de llegar a ella giramos a la izquierda por la Calle Castagna, que se dirige sin vacilación hasta el canal. Lo que habíamos supuesto se confirma: no hay lugar desde el que fotografiar dignamente el puente. Afortunadamente, contamos ya con la toma desde el Ponte de la Corona, así que es el momento devolver el favor a la hija de Minos por habernos ayudado con la linterna luminosa de su ajuar.


e todos los rincones de Venecia, este al que ahora nos dirigimos es, sin duda, uno de mis preferidos. Un lugar perfecto para la fotografía en pareja, especialmente si se tiene la fortuna —o el atrevimiento— de ir ataviado con los trajes dieciochescos del Carnaval.

mpecemos por llegar allí, y luego ya te contaré los detalles. El Ponte Storto nos deposita en la Calle Drio la Chiesa, que dejaremos a favor de la Calle a Fianco la Chiesa, abriéndonos paso hacia el Campo San Zaninovo. Sitúate junto a la “salida troll” del centro —así llamo yo a los pozos venecianos, ya deberías saberlo— y gira lentamente sobre ti mismo hasta descubrir una selva elevada en un primer piso. A su izquierda aparece el Sotoportego de la Stua. Atrévete a cruzar su penumbra: ese túnel nos conduce a la Fondamenta del Remedio, donde tres puentes delicadamente engalanados componen una escena casi pensada para la fotografía romántica (sí… lo confieso, lo soy).

ate —pues aquí los corazones se aceleran— ante nosotros el Ponte al civico 4429, acceso peatonal de un hotel que, como tantos en la ciudad, guarda también su entrada para quienes prefieren llegar deslizándose en góndola. Desde este puente se abre una toma exquisita de la penumbra del Sotoportego de la Stua, un encuadre que parece hecho para detener el tiempo y dejarse fotografiar, con dulzura y cercanía, junto a quien se ame —y se tenga la fortuna de tener al lado—.

Ponte al civico 4429

tro acceso, que yo aseguraría pertenece al mismo hotel, nos eleva sobre el canal lo justo para que pasen los amantes agachados en góndola (el gondolero, sin duda, saltará a la cercana fondamenta para así evitar el puente). Es el Ponte al civico 4428.

i te dejas llevar por las fachadas desconchadas y mustias, o por esa melancolía de pintura envejecida, podrías equivocarte: los interiores, cuando se dejan entrever, pueden ser incluso peores, aunque no siempre…

Ponte al civico 4428

ientras el Rio de San Zaninovo nos acompaña a la derecha de la Fondamenta del Remedio, apenas avanzamos unos pasos cuando nos encontramos con el siguiente puente, el Ponte al civico 4428/A, que, a diferencia de su vecino de la casa anterior , se muestra más previsor ante las inevitables mareas diarias: la puerta a la que da acceso se eleva lo suficiente como para transformar su vano en un camino sin descenso, orientado únicamente hacia los cielos.

Ponte al civico 4428/A

bandonamos esta maravillosa simbiosis de Fondamenta y Canal por un camino que no nos ofrece más alternativa que girar a la derecha. Atravesamos el Ponte Pasqualigo para que el agua que nos acompañaba a la derecha pase ahora a nuestra izquierda: el Canal de Santa María Formosa. La imagen que ofrezco como última nota del Rio de San Zaninovo está tomada desde el Campiello Querini Stampalia, donde puede apreciarse cómo el puente muere en una puerta condenada y coronada por un balcón en el que, quizá, una doncella aguardaba a su amante.

Ponte Pasqualigo

eanudamos nuestros pasos hacia un puente que encierra un cruel oxímoron, pues el nombre al que parece rendir homenaje es, para muchos, paradigma —y constante— de fealdad: el Ponte Avogadro. Desde este punto surgen dos curiosidades.

n la izquierda se insinúa la intersección de una virtual esfera con la esquina del Rio del Mondo Novo, cuyo propósito me atrevería a atribuir a evitar las ineludibles colisiones de góndolas. Y, si te giras y miras a tu espalda, podrás ver el rostro —repetido 6 veces— de la Reina Amidala en su paseo por la columnata de Naboo (es decir, la Plaza de España de Sevilla).

Ponte Avogadro

uspendemos el paso en el propio Ponte Avogadro para capturar uno de esos puentes privados cuyo acceso queda vedado al visitante tras una pequeña verja. Es el Ponte al civico 4425, tránsito único y exclusivo hacia la casa que lo reclama, adornada con una media pica francesa que asoma, cual corona, sobre una de sus ventanas.

Ponte al civico 4425

lama el Ponte Querini a adentrarse en una estrecha callejuela, un pequeño desfiladero que habita en la penumbra y que apenas se deja acariciar por la luz en las horas previas al mediodía.

Ponte Querini

l contrario de lo que podría esperarse, la entrada al Palazzo Querini se resuelve en un puente de escasa gracia: apenas unos tablones de madera y un pasamanos sencillo. En realidad, conduce a la cafetería del palacio, donde se entrelazan los sabores de la cocina italiana con aquellos que Marco Polo descubrió en su viaje por la Ruta de la Seda.

Ponte Privato Fond. Sc. Querini Stampalia

ruzamos en busca de la única salida de tierra firme que el campiello ofrece: una escuadra apenas insinuada que nos conduce al Campiello Santa María Formosa. Sin necesidad de penitencia, pasamos bajo un palio de madera suspendido entre la parroquia y la escuela, tantas veces transitado —quizás susurrando— por quienes antes lo recorrieron.

curre en este campiello, como en los pasillos del mito minoico, que varios caminos se abren ante nuestros ojos. Solo uno conduce a algún lugar que no sea el refugio —discreto y oculto— de los vicios privados de algún noble pendenciero.

esulta que, comenzando por la derecha, los tres primeros se descubren como vías muertas, aunque no por ello van a dejar de ser descritos en esta ciclópea tarea autoimpuesta.

puesto a los otros dos, el Ponte al civico 5252 es el único que no niega el acceso en esta orilla, aunque, como tantos en Venecia, lo concede con doblez: nos detiene el paso justo bajo sus tres grandes piedras, en el centro de su dintel triangular.

Ponte al civico 5252

ótese que el siguiente, el Ponte al civico 5251, no engaña, pues nos impide abandonar el Campiello en lugar de hacerlo más tarde. Las jambas donde concluye el paso de ladrillo aparecen, en esta ocasión, coronadas por un cabecero lenticular, herido en su centro para sostener la claraboya circular que, a modo de remedo lunar, deja filtrar un reflejo ceniciento en los plenilunio.

Ponte al civico 5251

llí, como cierre del recorrido, el Ponte al civico 5250, último de los puentes condenados de este campiello, da acceso al Palazzo Malipiero, un edificio de tres plantas perfectamente simétricas, coronado por una terraza donde la magia especular parece esfumarse. El paso se abre a través de una puerta rectangular flanqueada por dos arcos de medio punto.

Ponte al civico 5250

ejamos para el final el único puente que continúa en calle, el Ponte de Ruga Giuffa: una mezcla de cemento, hierro y piedra que delata su verdadera naturaleza de impostura, pues “ruga” debería evocar una calle ancha y bulliciosa, repleta de comercios, muy lejos de lo que en realidad se desvela al cruzarlo.

Ponte de Ruga Giuffa

n el regreso hacia el Campo de Santa Maria Formosa rodeamos por completo la Parrochia. En la Fondamenta de la Santa se nos ofrecen dos puentes.

ustamente el primero, a la izquierda, es el Ponte de le Bande (o de Santa Barbara), ejemplo perfecto de esa costumbre veneciana de multiplicar los nombres de los puentes, complicando hasta el exceso su taxonomía, de modo que ni el propio Linneo habría logrado imponer orden en este laberinto de denominaciones… y de callejuelas.

Ponte de le Bande

l llegar al cruce de la Fondamenta de Santa Maria Formosa con la dei Preti, aparece el Ponte del Mondo Novo, junto al cual es posible detenerse unos instantes para descansar mientras se toma una birra en el quiosco que se yergue al pie de sus escalones.

Ponte del Mondo Novo

umbo al Rio del Mondo Novo, volvemos a caminar a su vera y desdeñamos el pequeño ramo campestre para detenernos en la llamativa pieza de mármol blanco que, inesperadamente, ha sido colocada en la esquina de la fachada donde comienza el Ponte dei Preti. Se trata de un puente escalonado, casi como un pequeño zigurat.

Ponte dei Preti

ejando apenas atrás el último escalón del Ponte dei Preti, a la izquierda nace el Ponte del Paradiso, cuya salida hacia la calle del mismo nombre se ve ornada por una figura que creo reconocer en los Elementos de Euclides: dos círculos tangentes, uno de los cuales contiene cuatro círculos secantes inscritos en un triángulo isósceles. ¿Qué teorema podría deducirse de semejante geometría?

Ponte del Paradiso

gnoramos el paraíso que se nos ofrece y seguimos la orilla del Rio hasta que no nos queda más opción que girar a la derecha por la Calle del Dose, que poco más adelante muere en un muro almenado, en cuya fachada se abre una puerta de piedra de Istria coronada por un arco gótico.

o nos queda otra que girar a la izquierda para dirigirnos al Ponte de Borgoloco, que, celoso de su propia imagen, no ofrece lugar idóneo para fotografiarlo salvo que hayamos tenido la precaución de hacerlo desde el puente recién visitado.

Ponte Borgoloco

n este punto se impone una elección forzosa. Debemos encaminar nuestros pasos hacia la Fondamenta Nuove para no dejar atrás ninguno de los puentes que allí se alza. Te dejo, sin embargo, la libertad del rumbo: ya posees la experiencia necesaria para orientarte sin el hilo de Ariadna. Encamina tus pasos hacia l’Ospedale, donde nos aguarda el puente desde el que retomaremos el último tramo del recorrido en este sestiere, allí donde los puentes trazan la sutil frontera entre Castello y Cannaregio.

in ánimo de engañarte, te reconoceré que el Ponte su Cavana dell’Ospedale no se deja fotografiar con dignidad desde la Fondamenta. Como ya te recomendé, merece la pena dar una vuelta en vaporetto rodeando la ciudad: solo así, desde el agua, los puentes de su perímetro se entregan plenamente a la mirada.

Ponte su Cavana dell’Ospedale

omo si siguiéramos una frontera apenas dibujada, caminaremos ahora junto al canal que separa Castello de Cannaregio, deteniéndonos en cada uno de esos desarmados “Checkpoint Charlie” que facilitan, casi inadvertidamente, el tránsito entre ambos sestieri.

frece el primero que encontramos —el Ponte dei Mendicanti— una vista frontal hacia la isla de San Michele, última morada de todo veneciano en su tránsito por este mundo. De nuevo, la perspectiva acuática que brinda el vaporetto se revela como la más adecuada para contemplarlo.

Ponte dei Mendicanti

a Fondamenta Nove queda atrás mientras nos adentramos en el Rio dei Mendicanti. Este río solo ofrece una orilla transitable a pie; la opuesta se yergue como una sucesión monolítica de casas, apenas interrumpida por algún pasadizo que se atreve a morir en su cauce.

uardada para un siguinte viaje queda la fotografía del Ponte della Cavana dell’Ospedale, pues la que aquí muestro no es mía. Será uno de los puentes que se sumen a mi próxima visita: revisando el plano a posteriori he descubierto el punto desde el que podré capturarlo sin recurrir al transporte acuático. La Calle Gabrieli me brindará esa oportunidad, siempre y cuando el Acqua Alta no decida, una vez más, llevarme la contraria.

Ponte della cavana dell Ospedale

lo largo del paseo por la Fondamenta dei Mendicanti, se distinguen en la orilla opuesta un par de squeros, astilleros tradicionales donde se construyen y reparan las embarcaciones que dan vida a Venecia. Muy probablemente tengamos ocasión de ver ambulancias anfibias, pues el edificio que hemos dejado a nuestra izquierda no es otro que el hospital.

onde nuestra orilla se extingue, se abre el Campo dei Santi Giovanni e Paolo, redeado por su Iglesia y por el Museo de la Scuola Grande di San Marco, cuya fachada aventaja en belleza a la de la Basílica vecina. En este mismo campo nace el Ponte Cavallo, que sorprende por su original asimetría: uno de sus lados es más corto que el otro. Tendrás que venir para descubrir cuál.

Ponte Cavallo

travesando el campo por la recién descubierta Fondamenta Dandolo, a apenas cincuenta metros nos sale al encuentro el Ponte Rosso, un puente de sobria belleza que nos deposita en la Calle de le Erbe.

Ponte Rosso

in cruzar aún el Rio dei Mendicanti, fíjate en la casa adosada al estribo de la otra orilla: una construcción humilde de dos plantas que, sin embargo, se corona con una altana preciosa. Una casa veneciana sin altana es un querer y no poder; estas plataformas de madera, elevadas sobre pilones por encima de los inclinados tejados de la última planta, son el lugar perfecto para rematar luna jornada veneciana bajo el manto estrellado.

viamente, la casa es moderna: la ausencia de capochiaves la delata. Si no sabes qué son, date la vuelta y observa la fachada al otro lado del río —en esta ocasión, afortunadamente, no oculta entre los árboles—. Esas piezas metálicas, tensas como Atlas, impiden que los muros se abran y dejen a los émulos de Casanova con sus vergüenzas expuestas al transeúnte. Son, en esencia, discretas medidas preventivas contra el desmoronamiento de esta ciudad tan querida que, no lo olvidemos, descansa literalmente sobre estacas hincadas en el fango y, por ello, vive sometida a un perpetuo e imprevisible vaivén.


asta cruzar el Ponte Rosso para descubrir que hemos cambiado de sestiere: estamos en Cannaregio. Es el problema caprichoso de los puentes, ese mismo que inspiró a Euler a dar forma a una nueva rama de las matemáticas: la teoría de grafos.

ecuerdo que mi primer encuentro con esa teoría se remonta a la lejana EGB; debió de ser en sexto cuando se cruzó en mi camino un magnífico profesor —Jiménez de apellido— que convertía sus clases en relatos de ciencia. Nos habló del problema de los puentes de Königsberg y nos retó a encontrar una solución. No la había, por supuesto, pero nos obligó a pensar, nos mostró maravillas, nos abrió los ojos. Quizá fue entonces cuando se sembró la semilla que, con el tiempo, me llevaría a estudiar una carrera científica en la universidad.

n el inevitable final de la Calle Erbe nos aguarda, ¡oh, sorpresa!, el Ponte de le Erbe que, tras ascender ocho escalones y descender siete, nos deposita en la Fondamenta Van Axel, donde se alza uno de los palacios góticos más impresionantes de Venecia. Su puerta, como górgona que te atrapa, invita a ser cruzada como si uno encarnara a Howard Carter, respondiendo a la célebre pregunta de Lord Carnarvon: «¿Qué hay dentro?» —«Cosas maravillosas».

Ponte de le Erbe

erca, apenas a veinte metros, se abre el Ponte al civico 6103, discreto vínculo que permite acceder a la tienda de ropa situada al otro lado del rio de la Panada.

Ponte al civico 6103

l regresar a Castello tras esta breve incursión en Cannaregio, cruzamos el Ponte del Cristo, cuya forja evoca, en una doble mirada, la máscara de Scaramouche.

Ponte del Cristo

aturalmente, el camino a seguir es la Calle del Cristo, que, como un suspiro en el Calvario, se disuelve en el Campo Santa Marina. Conviene prestar atención para no dejar atrás la Calle Marcello, que aparece a la izquierda justo donde termina el campo. Es un trayecto de ida y vuelta hasta el Ponte Marcelo, para el que no existe encuadre adecuado capaz de fijarlo en el negativo de la cámara (aunque, como ocurre con las viejas costumbres, hay hábitos que resultan difíciles de erradicar).

Ponte Marcello

travesamos de nuevo el Campo Santa Marina, al que regresamos sobre nuestros pasos, deteniéndonos a comparar sus dos pozos (uno hexagonal, el otro cilíndrico, coronado por un fino ribete rematado a su vez por una tapa escaqueada). Lo cruzamos hasta encontrarnos con la Calle de la Chiesa, que tomaremos a la izquierda para, sin haber avanzado apenas dos pasos, girar a la derecha por el Sotoportego Scaleta, un estrecho túnel que sostiene sobre sus espaldas cuatro plantas de ciudad.

legamos a la casa del más famoso viajero medieval de la ciudad, situada justo al cruzar el rio della Fava: un portal de aquea dignidad, con un frontón triangular apoyado sobre dos esbeltas columnas dóricas. No cuesta imaginar que allí se degustaran algunos de los primeros espaguetis de Italia. El Ponte di Marco Polo que hemos atravesado para llegar hasta aquí no conoció, sin embargo, el paso de los camellos que regresaron con él de su viaje al Extremo Oriente.

Ponte di Marco Polo

mularemos al mercader veneciano, ya que apenas nos detenemos en su casa, pues el viaje debe continuar. Cruzamos de nuevo el puente hacia Castello y desandamos un trecho de la Calle Scaleta hasta la Corte Spechiera, que se asoma a la derecha, a mitad del recorrido.

e forma ante nosotros una intersección asimétrica entre la Calle del Forner y la Calle Malvasia, que nos invita a seguir por la delicada frontera de ambas: la Calle del Pistor.

os aguarda el Ponte del Pistor (o delle Paste) para cruzar el rio del Piombo. A primera vista recuerda al Ponte de Marcello que dejamos atrás hace unos pasos: es uno de esos puentes tímidos que rehúyen la fotografía. Acude en nuestra ayuda una pequeña plataforma junto a la pastelería; habrá que abrir su cancela para encontrar, casi a hurtadillas, la mirada del puente.

Ponte del Pistor

tra vez, con gesto repetido, cerramos la pequeña verja antes de proseguir por la Calle Carminati hasta alcanzar el Campo San Lio —que no honra a ningún santo de los jaleos, sino al Papa León X—. Allí podemos concedernos unos minutos para visitar la tumba de Canaletto, uno de los pintores que mejor supo capturar los paisajes venecianos del siglo XVIII. Al salir de la iglesia, seguimos por la calle que se abre frente a nosotros, ligeramente a la izquierda, hasta alcanzar el Ponte Sant’Antonio, que quizá se nos antoje desmesuradamente ancho para un canal tan estrecho como el rio de la Fava.

Ponte Sant Antonio

i dejamos a la derecha el Sotoportego de la Bissa y dirigimos la mirada hacia el canal, veremos nuestro siguiente destino. En esta parte de Venecia, los canales son estrechos, sin concesiones a la tierra firme, obligándonos a cabotar por las calles como si fuéramos un oscilador armónico.

bligados por el trazado, regresamos por la calle por la que habíamos venido —de este modo seguimos sin salir del sestiere de Castello—. Al alcanzar de nuevo el Campo San Lio, giramos a la derecha para continuar por la Calle de la Fava, que, tras un leve quiebro, desemboca en un nuevo Campo con nombre previsible —bendita imaginación veneciana.

o es ninguna sorpresa que haya un pequeño embarcadero en la esquina del Campo. Desde él obtenemos la perspectiva que aquí os dejo. Desde ese punto se advierte también cómo los habitantes de estas casas han abandonado hace tiempo las primeras plantas, refugiándose en las alturas, allí donde el agua ya no alcanza.

Ponte de la Fava

ras realizar la pertinente captura fotográfica, nos giramos un cuarto a la derecha y nos adentramos en la Calle drio la Fava —recordemos que una calle drio no es sino un antiguo canal soterrado—. Un giro a la derecha, otro a la izquierda y, bajo un dintel sin aparente gracia, se revela uno de esos lugares secretos que tanto fascinaban a Hugo Pratt: la Corte Rubbi.

n remanso de quietud y silencio descubrirás allí, propicio para ordenar las notas del camino, esas que más tarde emplearemos en las páginas de nuestra Moleskine con la huella de lo vivido. Porque tomas notas de viaje, ¿no?

uiados de nuevo por el impulso del recorrido tras el breve reposo, seguimos por el Ramo Licini hasta alcanzar la Corte del Piombo, donde un oscuro sotoportego nos engulle para después devolvernos a la luz en la calle de la Malvasia —no hay sestiere que no tenga una con ese nombre y, me atrevería a decir, que más de una—.

la derecha nos aguarda un puente que, con nuestra ya dilatada experiencia, juraríamos que se hubiera llamado storto; pero, como si quisiera burlarse de nuestro sabero, se presenta bajo el nombre de Ponte de la Malvasia.

ejos de colmar las expectativas del viajero, el nombre del puente deja un poso amargo de decepción: uno aguardaría algo más que una simple pasarela con un pasamanos de hierro oxidado para una malvasía que, en tiempos arcanos, los dioses elevaron a la categoría de ambrosía.

Ponte de la Malvasia

tiro de mano parece nuestro siguiente destino… si fuéramos capaces de deslizarnos por el agua como un semilla de diente de león. Nos detenemos a capturarlo con la cámara y, resignados a la materia sólida, nos internamos de nuevo en el laberinto de calles de la ciudad para encontrar la forma de cruzarlo.

endo más allá del puente, el Ponte de la Malvasia nos deja varados en la Piscina San Zulian, que no invita a brazadas ni a juegos de agua, sino que conserva en su nombre la memoria de un antiguo estanque donde se recogía y preservaba el agua dulce, en aquellos tiempo que el valor del líquido era superior a los ducados.

ijémonos, antes de agacharnos por el sotoportego Primo Lucatello, en el giro a la izquierda que nos introduce en la Calle Gia’ del Strazzarol, la cual, como en los jardines visionarios de Bomarzo, abre una boca oscura dispuesta a ser atravesada. Es el sotoportego Balbi, galeríaor que se va estrechando conforme avanzamos, como si la ciudad quisiera digerirnos, hasta conducirnos al Ponte Ca’ Balbi.

Ponte Ca’ Balbi

n un gesto de economía soriana, regresaremos sobre nuestros pasos hacia el sestiere de San Marco; podríamos llegar al siguiente puente prolongando el rodeo por Castello, pero, tan cerca ya del final de esta miríada de puentes, es preferible no dilatar el camino.

igilosamente tomaremos la primera callejuela a la izquierda. No dejes de detenerte y asomarte por la primera puerta, de nuevo, a tu izquierda: dime si no resulta precioso lo que se revela en el interior del patio. La calle desemboca después en un espacio que aspira a campiello, pero que no alcanza tal dignidad y queda, sencillamente, en calle.

ras unos pasos, a la izquierda, se alza el Ponte de la Guerra, otro de los puentes que marcan la frontera entre San Marco y Castello.

mpone, vista desde el puente, una monumental puerta de mármol flanqueada por dos columnas corintias, como un umbral que promete sosiego tras el deambular por la ciudad. Se trata de un lugar donde compartir estancia, pensado para viajeros que, como yo, llegan por breves periodos y no rehúyen la convivencia como parte del viaje. Ese refugio, discreto y limpio (esto es importante), es el Instituto San Giuseppe.

Ponte de la Guerra

uevamente, nuestros pasos se encaminan hacia Castello en este ir y venir por la porosa membrana que separa ambos sestieri. El camino elegido no es otro que la Calle al Ponte de la Guerra. Justo cuando la Guerra comienza a resonar con acordes musicales , giramos a la derecha por la Casseleria y, en lugar de seguir su trazo hasta acabar en el agua, volvemos a torcer a la derecha, evitando la calle que se abre a ese lado, pues su nombre, al fin y al cabo, ya viaja siempre con nosotros.

s casi seguro que, al final de la calle, un gondolero te estará esperando para ofrecerte un paseo por las aguas verdosas y atestadas de San Marco. Aceptar o no la invitación queda, naturalmente, a tu criterio.

i logras zafarte de su labia impenitente, continúa caminando, pues el Ponte de l’Anzolo queda ya al alcance de la mano.

Ponte de l’Anzolo

argo se está haciendo ya este texto, lo sé, pero no puedo permitirme dejar incompleta las estrofas del verso de José Zorrilla que espero y deseo pierdas un minuto haciendo scroll en la página fijándote únicamente en las letras capitulares de cada párrafo.

scilando una vez más entre un sestiere y otro, regresamos a San Marco en este indeciso final de trayecto. Vamos a adentrarnos en el que probablemente sea el canal más célebre de Venecia —sin ofender, por supuesto, al Gran Canal—: el Rio di Palazzo, cuyas aguas acarician cada día, por un lado, el caprichoso y rosado Palacio Ducal y, por el otro, las oscuras y lóbregas mazmorras donde los condenados aguardaban, quizá, la existencia de algo más allá de la muerte.

eguimos por la Calle Va al Ponte d’Anzolo para girar después a la izquierda hacia su Ramo, que más que ramo parece un ramillete, tan breve y estrecho es su recorrido.

ueda el Ponte del Remedio como continuación natural del Ramo, pero es la vista hacia la derecha la que reclama toda la atención: allí aparece el Ponte dei Sospiri, suspendido sobre el río por encima de los demás puentes, casi sabedor de que, desde ambas orillas, todas las miradas terminan buscándolo a él.

bicado en el estribo lejano del puente, se alza el Hotel Colombina, lugar asociado para mí a un recuerdo tan grato como persistente. Allí nos alojamos durante los segundos carnavales que vivimos en la ciudad, los primeros en los que nos atrevimos a vestir trajes de época que parecían reclamar, por sí solos, la mirada ajena.

n el embarcadero del hotel, justo a tus pies, iniciamos un trayecto en góndola que nos convirtió en objetivo de innumerables fotografías; aunque, en realidad, no era yo quien atraía las miradas, sino mi bella acompañante. Vestía un traje surgido casi como una aparición una tarde de verano en nuestra casa, descansando sobre un cómplice maniquí recién llegado del atelier de Maya Hansen, donde había sido diseñado y confeccionado con la precisión de una pieza teatral destinada, inevitablemente, a Venecia

Ponte del Remedio

olvemos sobre nuestros pasos por el Ramo de l’Anzolo para realizar un doble giro a la izquierda que nos dejará en el primer tramo de la Calle Larga S. Marco. Allí nos esperan las escaleras del Ponte al civico 4341 que, con un sustantivo tan familiar, ya deja entrever que no nos conducirá demasiado lejos. Sin embargo, compensa su modestia ofreciéndonos una perspectiva privilegiada desde la que fotografiar los puentes del Rio di Palazzo.

Ponte al civico 4341

penas unos metros más allá aguarda nuestro siguiente destino, pero, privados aún del don de levitar sobre las aguas, tendremos que conformarnos con los humildes recursos de los mortales para alcanzarlo.

o que sigue es otro juego de izquierda e izquierda por el Ramo y la Calle de la Canonica hasta alcanzar el Ponte al civico 4328, que da acceso al Palazzo Trevisan Cappello, perfecta muestra del Renacentismo veneciano. Resulta imposible no detener la mirada en la figura alada que aparece repetida en ambos extremos del edificio. Lo curioso es que no se trata de la misma figura: son reflejos especulares la una de la otra, como si el escultor hubiese preferido el mantra de la simetría perfecta en lugar de utilizar una simple copia.

Ponte al civico 4328

n esta ocasión, por fin podemos avanzar junto al Rio di Palazzo. La Fondamenta della Canonica es el único tramo desde el que podemos acompañar el curso del agua entre estos muros rosáceos. Aquí las gondoleros se disputan cada turista, quizá porque pocos lugares ofrecen una sensación tan inmediata de hallarse en el corazón de la Serenísima.

aturalmente, el recorrido desemboca en el Ponte della Canonica, uno de los lugares favoritos de los turistas para fotografiarse con el Ponte dei Sospiri al fondo, un poco más abajo, en dirección al Canal de la Giudecca.

o cierto es que, inexplicablemente, no fotografié este puente durante este viaje. Ignoro aún la razón. Tal vez fuera un descuido, tal vez la falsa certeza de que siempre habría tiempo para volver la cámara hacia él. Sea como fuere, este mismo año tengo previsto regresar a Venecia para rematar la tarea que inicié en enero del año pasado, y éste será, sin duda, uno de los lugares a los que volveré.

s dejo, por ahora, con esta fotografía tomada en 2017. La perspectiva delata que el fotógrafo —es decir, yo— avanzaba deslizándose sobre el agua en una góndola y que, muy probablemente, bajo el antifaz narigudo y las penumbras del atardecer que sugieren las sombras, iba disfrazado de émulo de Casanova.

Ponte de la Canonica

ueda ya este último regreso al sestiere de Castello, cruzando el puente para adentrarnos por la Rughetta Santa Apollonia, que desemboca en el triangular Campo dei Santi Filippo e Giacomo. Allí vagué durante un buen rato buscando un claustro en el que, al menos en la memoria de una viñeta olvidada, meditó Corto Maltés.

n poco antes de alcanzar la base del triángulo, se abre a la derecha la Calle degli Albanesi, donde seis pequeños arcos suspendidos sobre nuestras cabezas anuncian jubilosos la meta de nuestro recorrido por Castello: la Riva degli Schiavoni.

scasos veinte metros a la derecha se alza el Ponte della Paglia, que en otro tiempo fue el epicentro del incesante chasquido de las cámaras fotográficas y que hoy lo es del silencioso resplandor de los smartphones.

ertiente privilegiada para la fotografía es cualquiera de los dos lados del puente, pues el muelle dispone de pasarelas de madera que permiten ganar cierta distancia sobre el agua. He preferido, sin embargo, mostrar esta imagen que, aunque parece realizada desde el propio canal de Cannaregio, fue tomada desde tierra firme: uno de los lugares donde mejor se revela la belleza del conjunto, la Isla de San Giorgio Maggiore.

Ponte della Paglia

modo de epílogo hago mías las postreras palabras de Edward Blake, también conocido como “El Comediante” en Watchmen: “Todo es una broma; una maldita broma”. Y no deja de resultar profundamente irónico —casi cruel en su sarcasmo— que ese mismo acceso por el que los condenados regresaban en silencio a sus celdas tras ser juzgados en la Sala Capitular se haya transformado hoy, sin permiso de sus ánimas, en el escenario que los actuales enamorados eligen para enmarcar sus fotografías, mientras son conducidos, embelesados en sus miradas, al compás de “O Sole Mio”.

o cierto es que he dudado en la elección de la última fotografía de Castello, pero esta imagen del Ponte dei Sospiri —tomada poco después de las siete de la mañana, cuando aún llegaban barcazas con suministros a la Riva degli Schiavoni— creo que refleja con acierto el esfuerzo invertido en este proyecto. Me gusta madrugar en Venecia: es el momento más favorable para desprenderse de los visitantes.

Ponte dei Sospiri

l sestiere de Castello, que acabamos de recorrer juntos, cuenta con 119 puentes, de los cuales 102 son interiores y 17 sonu frontera con los sestieri adyacentes de Cannaregio y San Marco. Esta maraña de conexiones sobre los canales no solo une las orillas de las islas (naturales o no), sino también historias que se rozan en silencio.

ello esta entrada con una estrofa concluida, y para que puedas completar el poema te dejo la siguiente, ya sin las dificultades que antes eran necesarias superar con la rueda del ratón y la atención en el scroll,

Hechizo de Italia, sí,
Mas del poeta la lira
No es por ti por quien suspira,
No, Venecia, no es por ti.


Notas

Calle drio la Pietà.

Calle de la Morte.

Calle Zorzi.

Calle Zon.

Calle del Cafetier.

Hércules luchando con el toro de Creta.

Calle Larga San Lorenzo.

Ramo secondo de la Madoneta.

Confieso que, en un arranque de rigor léxico —y de desesperación con la letra “ñ”— he tenido que recurrir al diccionario de la RAE. De ahí rescato ñiquiñaque, “sujeto o cosa muy despreciable”, que me ha parecido suficientemente digno (o indigno) para este punto del recorrido.

Calle Cicogna o Trevisana.

Una transformación CPT (Carga, Paridad y Tiempo) es, hasta donde yo recuerdo, la simetría más exacta, principio fundamental en Física.

Esperemos que no tenga que empezar un nuevo párrafo con la letra Ñ.

Calle Corona. Corona Borealis representa la Corona de Ariadna, que fue abandonada en Naxos por Teseo, el asesino del Minotauro. Así le pagó su ayuda con el ovillo de hilo que permitió encontrar la salida del Laberinto de Creta al héroe ateniense.

Ramo va in Campo.

Si eres veneciano o veneciana de corazón —porque lo de nacimiento no es más que una anécdota— sabrás a qué me refiero. Sí, a la novela de Ernest Hemingway «Al otro lado del río, entre los árboles», cuya acción transcurre en esta ciudad. La historia fue llevada al cine por Paula Ortiz, zaragozana como yo, en un tiempo suspendido: el silencio vacío del confinamiento de COVID en 2021. Te recomiendo encarecidamente su visionado; ese blanco y negro, tan intenso y contrastado, captura una Venecia desierta, melancólica que parece soñarse a sí misma, y cuya belleza, despojada de vida, merece ser contemplada.

Calle al Ponte Sant’Antonio. Un alarde de imaginación veneciano.

El oscilador armónico es uno de los Santos Griales de Físicos e Ingenieros. Cualquier sistema puede modelarse con un conjunto de ellos. Queda fuera de los conocimientos para un amante de Venecia, pero nunca está de más el conocimiento de la ciencia.

Si te fijas, las chimeneas exteriores solo suministran calor a las plantas superiores. Las plantas bajas están condenadas al frío y húmedo ambiente de la laguna.

Calle del Nuovo Commercio.

Calle de la Bande.

Calle de la Passion.



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Físico por formación, astrónomo por devoción, ingeniero por alimentación, poeta por necesidad.

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