En esta cuarta entrega de la serie dedicada a los puentes venecianos, arribamos, quizá, al Sestiere más genuino de la ciudad, o al menos a aquel donde el pulso cotidiano aún logra imponerse al incesante oleaje de los visitantes.
Su nombre, en contra de la creencia extendida, no brota de la célebre fortaleza del Arsenal, sino que desciende, como un eco persistente, del antiguo Castillo de Olivolo que un día se alzó en la Isola de San Pietro, heredero de las puertas esceas según algunas leyendas.
El trayecto que se describe en esta entrada es el más largo de cuantos componen esta serie. Es el Sestiere más vasto de la ciudad, y en él conviven, sin aspaviento, palacios amortajados, jardines afrancesados bañados por el aroma salado del adriático, campos deportivos donde cae la máscara cultural de la ciudad y espacios que, periódicamente, se abren al efímero brillo de las ferias artísticas.
Fue el primer barrio que caminé nada más llegar a Venecia, recién salido del Aeropuerto Marco Polo. No pasé por el hotel ni sentí la necesidad de despojarme de la mochila. Con el macuto aún al hombro —ajustado a las severas medidas de la compañía aérea— elegí comenzar en el extremo más alejado, al norte, y avancé, MAGNUS ITINERIBUS, como la avanzadilla de una legión que se interna en la TERRA INCOGNITA, no en busca de botín, sino de las piezas que había venido a cazar con obstinación casi cartográfica: sus puentes.
Como en las entradas anteriores, aquí dejo el mapa con las ubicaciones de los puentes (y con el itinerario a seguir):
Mi vuelo desde Madrid a Venecia tenía un horario para perezosos. Aterrizé en torno a las once y media, cuando el día aún se hallaba intacto, lo que me permitía consagrar desde el primer momento aquella primera jornada al proyecto, sin prólogos ni dilaciones.
Para alcanzar la ciudad elegí el Vaporetto de Alilaguna. No me dirigía hacia el destino previsible —la concurrida Plaza de San Marco, donde desemboca la mayoría de las miradas—, sino hacia un margen más discreto. Descendería en la parada de Bacini – Arsenale Nord, un lugar que rara vez figura en el itinerario de los visitantes y que, precisamente por ello, conservaba intacta la posibilidad de una llegada sin testigos, casi privada.
Al desembarcar en Bacini, avancé durante unos instantes hacia el interior del Arsenal, siguiendo casi por inercia los pasos de la única persona que había descendido conmigo. Crucé el dintel de hormigón gris, incrustado con nula delicadeza en el viejo muro de ladrillo rojo. Pero me detuve. Retrocedí sobre mis propios pasos y, me encaminé por la calle Giazzo hacia el primero de los destinos que aquel día tenía planificado.
El primer tramo lo forman casas sencillas, austeras, que parecen haber sido erigidas sin otra pretensión que la de alojar a los trabajadores del Arsenal. A continuación se alza un edificio industrial de grandes ventanales, muchos de ellos oscurecidos por la suciedad, cuya presencia pasa inadvertida precisamente porque nadie transita por esta ribera apartada del pulso visible de la ciudad. Nadie, excepto yo mismo.
Sin transición, los ventanales desaparecen y el muro de ladrillo rojo crece ante mis ojos. El ribete almenado que lo corona delata la naturaleza de lo que protege: tras esa pared se extiende el antiguo Arsenal veneciano, reliquia de un tiempo en que la ciudad ejercía su poder en madera, brea y quilla, y en que los navíos alumbrados sin descanso en sus atarazanas, emergían hacia el adriático para transportar todo tipo de mercancías.
Una pasarela de rejilla metálica levita sobre el agua y, al recorrerla, uno tiene la impresión de caminar suspendido sobre la laguna. Bajo los pies, el suave vaivén de las ondas acuosas se fragmenta en la retícula de acero,. Por un instante, me recordó al Caminito del Rey, con esa misma mezcla de precariedad aparente y fascinación que obliga a avanzar con una atención precavida.
En el centro del muro, como la joroba de un dromedario, la pasarela se eleva y desciende en dos tramos simétricos, permitiendo el acceso al Arsenal para pequeñas embarcaciones. Es el Ponte de la Calle Giazzo.

En mi viaje a Murano para fotografiar sus puentes, capturé esta toma que permite apreciar la construcción desde el exterior.

Continuando por la pasarela llegamos hasta su nacimiento en septentrión, el Ponte al civico 2752A sirve de paso al Rielo Drio la Celestia, nombre de evocadores sentimientos galácticos.

No sería justo afirmar que estos dos primeros puentes de Castello se cuenten entre los más «memorables». Carecen de la elocuencia de otros, y su discreción casi los condena a pasar inadvertidos. Sin embargo, en Venecia la revelación rara vez se anuncia de antemano. Basta doblar una callejuela, atravesar un sotoportego en penumbra o dejarse llevar por un recodo imprevisto para que la ciudad despliegue alguna sorpresa que justifique la espera.
Abandonamos la Fondamenta Nove, siempre más fustigada que acariciada por la bora, para adentrarnos en el distrito de Celestia. Inmediatamente después de cruzar el Ponte del civico 2752A, giramos a la izquierda para encarar la Fondamenta Case Nuove, que acompaña al Rio della Celestia. Tras el quiebro del rio, tomamos a la derecha el extrañamente holgado Ramo de l’Oratorio que, tras apenas rozar la calle que da nombre al distrito, continúa hacia la Corte delle Mureghe.
Cada corte es un respiro en las ceñidas arterias venecianas por las que me desplazo en busca de cada uno de los puentes. Atravesando el adyacente Campo de la Celestia, encontramos la Fondamenta del Cristo, donde, al girar la vista a la derecha, se nos aparece el siguiente puente: el Ponte del Suffragio.

Atravesamos el rio de S. Francesco de la Vigna para llegar al Campo Santa Ternita, una plazuela en la que comparten orilla el puente que acabamos de cruzar y el Ponte del civico 3959, que da acceso a un edificio reformado para dar cobijo a esa plaga contemporánea que son los turistas (yo me considero viajero, no turista).

Recorremos el campo desierto, dejando a nuestra derecha el pozo que se alza, casi como un roca abandonada en el centro del rectángulo, y nos encaminamos hacia el Campiello Fianco la Chiesa, que se abre en un solitario embarcadero de una sola plaza, donde se yergue, discreto, el Ponte de la Scoazzera sobre el Rio dei Scudi.
Desde este puente se abren dos vistas muy distintas: hacia el norte, la próxima desembocadura —o quizá nacimiento, difícil saberlo— del canal, en cuya vertiente occidental se alza una chimenea de ladrillo que ha perdido su piel encalada, por las mismas razones por las que la ciudad respira su encanto. Y hacia el sur, un camino acuático aparentemente deshabitado que delata su vida en las sábanas, camisas y prendas más íntimas que cuelgan, como lianas, entre las casas que lo estrechan.

El puente no nos ofrece más que una salida: la Calle Donà, que seguiremos hasta cruzarnos, a la derecha, con la Calle Magno, que nace justo en el punto en que la calle se transforma en corte. Apenas hemos avanzado unos pasos cuando la vía nos regala un zigzag digno de una carretera de montaña, para ofrecernos después un breve y recto repecho que desemboca en el Campo de Pozzi.
Un turista no vería más allá de sus narices; pero un viajero como tú se percataría del escudo de piedra con tres rosas que adorna uno de los portales.
Atravesado el Campo de Pozzi, se nos abren tres salidas en su extremo. Tomaremos la de la derecha que, en un mapa aéreo, prolongaría virtualmente el camino por el que hemos llegado.1
Aquí comienza un nuevo juego. Algunas de las indicaciones del itinerario serán metáforas; otras, señales que solo pueden reconocerse sobre el terreno; y otras, sencillamente, acertijos. Siempre tendrás una pista en las notas a pie de página.
Si has interpretado correctamente la indicación que te di hace apenas un párrafo, aparecerá sobre tu cabeza un nuevo escudo pétreo: esta vez, un pájaro de alas desplumadas.
Dos alternativas se te ofrecen ahora. No elijas la que señala la dirección hacia la que mira el pájaro, sino la contraria.2
El Ponte del Scudi se encuentra apenas unos pasos más allá.

Para poder fotografiarlo tendrás que avanzar un poco más. Desde el centro del puente se distingue, a tu izquierda según llegabas, un pequeño embarcadero: el del Rielo dei Furlani, al que puedes acceder siguiendo la calle Va al Ponte del Scudi y girando a la izquierda en el cercano Campo de la Gate.
Retrocedemos de nuevo a la Calle del Scudi, hasta el escudo del ave desplumada y, en esta ocasión, sí seguiremos la mirada del pájaro, como si aún le quedara algo de criterio. Casi de inmediato dejaremos a nuestra derecha la Calle de la Comare, un camino sin salida que comienza bajo un arco de ladrillo y termina en otro de piedra. Pero no será ninguno de esos arcos el que tomemos, pues, un poco más adelante, giraremos por la Calle de l’Arco, que misteriosamente —y con cierta falta de pudor— no tiene ninguno, salvo en los nombres del puente y del río que lo atraviesa.
La captura fotográfica de este puente tendrá que esperar hasta nuestro siguiente destino, pues no existe ningún ángulo desde las proximidades del que acabamos de llegar.
Pero, al tener ya a la vista el siguiente puente del canal —el Ponte de la Grana—, no puedo resistirme a capturarlo en la cámara. Es lo que he acabado por llamar «puentes conjugados»: aquellos que, al compartir el mismo cauce, se reclaman mutuamente como punto de vista, obligándose a ser retratados el uno desde la mirada del otro.

Ante la imposibilidad de retratar el Ponte dell’Arco desde sus inmediaciones, desandamos el último trecho hasta alcanzar de nuevo la calle Soranzo. Allí, giramos a la derecha y avanzamos hasta una corte diminuta que cruzamos en diagonal, para continuar después bajo un salón elevado entre edificios y por un testigo de ladrillos que parece condenado a quebrarse si los muros que enlaza ceden, siquiera un instante, hacia uno u otro lado. En ese tránsito, la Piscina San Martino se nos ofrece como un mirador inesperado: desde su exiguo embarcadero logramos encuadrar el Ponte della Grana. Conviene recordar —siempre— que los puentes exigen ser mirados desde todos los ángulos posibles y no debe desperdiciarse ninguna oportunidad; pero no confíes en la precisión de los datos geográficos del EXIF en este laberinto veneciano. Más vale llevar una libreta y anotar.
Desde el embarcadero, retrocede hasta la primera salida a la derecha: la Corte de la Grana. Esta desemboca en un pequeño campiello donde, al fondo, se alza el puente homónimo. Y será allí, en su punto más alto, donde, en un gesto mil veces repetido, podrás fotografiar el recién visitado Ponte dell’Arco, cerrando así el diálogo conjugado entre ambos.

Da la impresión de que nuestro recorrido no es sino un ir y venir, un tanteo indeciso que rehúye, con obstinación, el acto de cruzar cada puente. Yo, sin embargo, te invitaría a hacer como Euler en Königsberg: asegúrate de atravesarlos todos, aunque sea más de una vez, como si en esa repetición se escondiera la clave secreta para alcanzar el final del laberinto.
Regresamos al campiello de la Grana y giramos a la derecha por la corte que lo sucede. Es una corte efímera, casi un suspiro, pues enseguida —tras un brusco quiebro hacia la izquierda— se abre en dos senderos paralelos que, sin llegar al infinito, desembocan finalmente en la calle del Bastión.
¿Cuál elegir? Yo te sugiero uno muy concreto: aquel al que jamás alcanza la luz del sol.3
Al término del pasadizo, el sol recobra su reino y derrama su luz sobre una vieja parra que asoma desde un minúsculo resquicio del averno. La planta, obstinada, parece responder a la llamada del astro trepando por la verja que le sirve de escala. Déjala a tu espalda —condenada a permanecer allí — y prosigue por la calle Venier hasta alcanzar el Campo de le Gorne, donde el canal abraza la muralla ciclópea del Arsenal. Continúa hacia la derecha, siguiendo el curso del agua, hasta llegar al Ponte de l’Arsenaletto.

¡Quién pudiera habitar una casa con un puente privado como este! Pero dejemos a un lado el ensueño y retomemos el camino. Avanza por la Fondamenta dei Penini, que pronto se curva hacia la izquierda, y —¡atención!— rehúye el sotoportego Venier, dejándolo a tu espalda, para cruzar sin demora el frío y metálico Ponte dei Penini y poder fotografiarlo desde la atiborrada Fondamenta dei Arsenalotti.

Desde el mismo punto en que fue tomada la fotografía anterior, gírate ciento ochenta grados. Poco importa si lo haces siguiendo el curso de las agujas del reloj o retrasándolo. Ante ti aparecerá otro puente metálico, tendido en oblicuo sobre el Río de la Ca’ en Duo. Esa inclinación ya delata su nombre: Ponte Storto.

Giramos de nuevo, sin apenas levantar los pies del suelo, para encarar una fondamenta atiborrada de puentes: acaso el lugar donde, en apenas unos metros, se condensa la mayor proliferación de pasos sobre el agua, como si la ciudad hubiera decidido allí multiplicar sus cruces hasta el exceso, en un desafío casi diabólico.
Primero, el ya cruzado Ponte dei Penini, que aún conserva la vibración creada por nuestros pasos hace un instante.
A continuación, el Ponte dell’Inferno, umbral hacia un lugar que solo cabe imaginar, pues nada se atreve a cruzar su dintel.

Para quienes vacilan entre un mundo y otro, se ofrece el Ponte del Purgatorio, tendido, casi irónicamente, junto al infierno, como si la redención y la condena compartieran orilla.

Y, por último, el acceso a la puerta monumental del Arsenal, apenas separada del aliento de la laguna. No cuesta imaginar que el león que la corona se ahoga cada vez que el Aqua Alta irrumpe y la ciudad se rinde, sumergida, a su avance.

Tras esta sucesión de puentes, quedamos a merced del León del Pireo, traído a Venecia por el comandante de la flota veneciana en su guerra contra los turcos, Francesco Morosini. Hay en su apellido una ironía casi burlona, una declaración de intenciones: la de no pagar por el botín robado.
La puerta de acceso al Arsenal permanece custodiada por un carabinieri: sigue siendo territorio militar, vedado al paso del curioso. En mis pesquisas previas al viaje había localizado un puente en el interior del recinto y, fiel a ese propósito, me acerqué a la entrada para solicitar acceso. Expliqué mi proyecto al centinela, pero su rostro, imperturbable como el de un granadero de la reina inglesa, dejó claro desde el primer instante que no franquearía el paso. Insistí, acaso con más esperanza que lógica, pero fue en vano. No iba a dejarme entrar.
No me quedó más remedio que continuar mi camino, con la mirada alerta, aguardando quizá una señal, una puerta secreta o un descuido del destino que me permitiera, de algún modo, completar la aventura.
Hemos dejado atrás el Ponte dell’ Inferno y el del Purgatorio; inevitablemente le tocaba el turno al Ponte del Paradiso. Allí se alza, como triángulo mirando hacia el cielo, una estructura de madera tan vasta como frágil, suspendida sobre el canal.

Encaramado en el punto más alto del Ponte del Paradiso, se distingue otro puente de madera, apenas entrevisto tras lo que bien podrían ser unas Puertas Esceas, abiertas solo para el tránsito de un hipocampo aqueo.
Ese es el Ponte Privato dell’Arsenal, oculto más allá de la muralla que guarda los secretos de la Armada italiana. Allí, precisamente, reside la razón última de la negativa a mi entrada en el recinto militar: no todos los puentes están hechos para ser cruzados, ni todos los umbrales consienten ser traspasados.

Tras el intento infructuoso de penetrar en el recinto, continué por la fondamenta Arsenale hasta desembocar en el Campo de la Tana, que unos pasos más adelante se transforma en ramo. Al llegar a la altura del portal enumerado como 2126, advertí una puerta entreabierta en el perímetro de edificios que circundan la gran dársena del Arsenal a la que se accedía por una pequeña rampa . Entonces surgió, inevitable, la idea: ¿y si existiera una forma de acceder al interior, de aproximarse siquiera a ese puente que el carabinieri me negó?
Sí, imaginas bien. Crucé el umbral con la esperanza aún intacta. Avancé entre andamiajes y setos, probando direcciones al azar, como quien dispara sin tine ni certeza. Pero el desenlace se repitió con obstinación: muros de ladrillo, vallas metálicas, recorridos truncados. No logré alcanzar el puente, ni siquiera adivinar su presencia por alguno de los intersticios de aquella frontera cuidadosamente dispuesta para excluirme.
Ese puente se me negó a la vista. Y, sospecho, también a la de casi todos.
De él apenas he logrado encontrar una imagen, la que aquí comparto: una fotografía hecha de fragmentos que no terminan de encajar, como si la mirada hubiese sido obligada a recomponerse desde ángulos imposibles. No ofrece una visión plena, sino quebrada, dispersa, semejante a la que devolvería un espejo roto.

El autor de la foto es un tal Fabio de Tomasi, fotógrafo veneciano.
Me repuse de la insatisfacción de no haber obtenido la imagen —aunque sé que habrá nuevas oportunidades, en las que ya estoy trabajando— y continué por el Ramo de la Tana hasta alcanzar un quiebro a la derecha. Allí se me ofrecía un nuevo objetivo, esta vez sin ambages ni resistencias: el Ponte de la Tana.

Esta zona bien podría contarse entre las menos concurridas de Venecia. Rara vez uno se cruza con viandantes; turistas, menos aún. Es un lugar propicio para disfrutar del silencio, donde el paso se vuelve pausado y los pensamientos encuentran espacio para manifestarse en el papel.
Tras cruzar el Ponte de la Tana, de madera sobria y barandilla metálica, seguimos el curso del canal de la Tana por su única fondamenta. En el trayecto aparecen sotoportegos clausurados por verjas herrumbrosas, calles estrechas donde la ropa tendida expone la intimidad colgada entre las fachadas. Me sorprendió, sin embargo, escuchar palabras en ruso que escapaban desde el interior de las casas, mezclándose con el leve vaivén de las sábanas que colgaban como estandartes domésticos. No llego a entender el idioma, pero sí a reconocer su música, su cadencia, gracias a aquellos ya lejanos cursos que aún persistían, de forma vaga, en la memoria y que fueron interrumpidos por la todavía presente guerra de Ucrania.
Poco antes de que la fondamenta se extinga, tomamos a la derecha por la calle Loredana. Esta se va estrechando progresivamente, como un desfiladero de piedra caliza, hasta convertirse en una suerte de galería angosta y sombría que, de pronto, desemboca en la Via Giuseppe Garibaldi a través de un quicio mínimo entre los edificios.
A la izquierda se encuentra el Ponte Novo de Via Garibaldi que tendremos que fotografiar desde la Fondamenta Santa Anna a la que accedemos cruzando la Via del libertador.

Tras fotografiar el Ponte Novo de Via Garibaldi regresé sobre mis pasos hasta él, pues es el único lugar desde el que puede intuirse una pasarela que cruza el Rio de San Gerolamo, allá, en la lejana muralla norte del Arsenal.
Fue entonces cuando cobró sentido haber cargado con el peso del teleobjetivo y el duplicador de focal. Una ligera bruma velaba el aire, aunque no lo suficiente como para impedir mi mirada que buscaba abrirse paso entre la distancia y el vapor.
Así que procedí al ritual del cambio de óptica y, como el Coronel Cantwell en Al otro lado del río y entre los árboles de Ernest Hemingway, dirigí el visor hacia la presa lejana. Hubo varios disparos. He elegido esta imagen, brumosa y forzada, para mostrar el resultado de aquella caza.

Abandonamos el Ponte Novo de Via Garibaldi y continuamos por la fondamenta, que en apenas unos metros nos obsequia, al otro lado del canal, con un edificio cuya quíntuple arcada desborda la triple balconada que intenta abrazarla.
Tras dejar atrás el Istituto Maria Ausiliatrice, el Ponte San Gioachino tiende su único arco entre ambas orillas, como unión eterna entre las fondamentas de Joaquín y Ana, progenitores de María.

Tomamos la estrecha calle de mismo nombre que nace del Puente y caminamos por ella en busca de una pieza marmórea que representa a la hija de los antes mencionados santos. Esa piedra marca el lugar que debemos seguir en nuestra inacabable misión de cruzar y fotografiar los puentes venecianos.
Frente a esa piedra se encuentra la entrada de la callejuela que debemos tomar.4
Al acabar la calle gira a la izquierda en el canal para darte de bruces con el Ponte Rielo, que nos estaba esperando tras haber recibido la bendición de la figura de la estela.

Tomamos un respiro en el centro del Ponte Rielo antes de adentrarnos en el callejón que prolonga su perspectiva. Conviene, antes de partir, fijarse en el porche que queda a la izquierda, apenas insinuado, y que puede observarse desde la penumbra de el sotoportego stella que se abre enfrente, en la otra orilla del canal.
En la primera encrucijada, tomaremos la calle que se abre a nuestra izquierda —la calle Ruga— hasta alcanzar el siguiente campo, donde el espacio vuelve a respirar.
Allí se encuentra, casi escondido, uno de los sotoportegos más bajos de Venecia, un paso que obliga a inclinar el cuerpo y que parece dar sentido, de forma inesperada, a aquellas palabras del padre de Indiana Jones en la película «Indiana Jones y la última cruzada»: «Solo el penitente pasará».5
Tomamos la Salizada Streta que nace junto a ese lugar y la recorremos hasta que el ramo San Daniele nos ofrezca una oportunidad a la izquierda.
Allí encontraremos el Ponte San Daniele, que da acceso a un recinto cerrado ocupado por una residencia militar,.
Una verja de hierro impedirá el paso hacia el punto desde el que se obtiene la mejor vista del puente. No desesperes: basta con esperar a que alguien entre o salga del recinto, pues, en esta ocasión, no hay centinela que niegue el acceso.

Si has tenido la paciencia de esperar a que la verja se abra, dirígete a la esquina donde se ubica el pequeño embarcadero del jardín.
Desde allí podrás fotografiar uno de esos puentes que no esperarías encontrar en Venecia. Solo desde la isla de San Pietro es posible intuirlo en la distancia —siempre que te acompañe un buen teleobjetivo—, como una presencia brillante y remota.
Aquí, en cambio, no lo necesitarás: lo tendrás a tiro de piedra.
Es el Ponte dei Pensieri que se yergue sobre el Rio de le Vergini como enlace umbilical entre madre e hija, una contradicción viva que desafía el hecho de que una virgen no puede tener dicho cordón sin haber perdido su condición.

Abandonamos el edificio residencial para regresar a la Salizada Streta. Si lo deseas, puedes acercarte de nuevo al Ponte dei Pensieri y asomarte a los jardines que se extienden más allá de la muralla de ladrillo del Arsenal.
Si el tiempo apremia, toma la Calle Larga Rosa que, en su tramo final, te ofrecerá una de las imágenes más icónicas asociadas a Corto Maltés en el álbum «Fábula de Venecia».
No reproduciré aquí esa perspectiva —Corto de espaldas, con el campanile de San Pietro di Castello recortándose en la lejanía—, sino otra menos onírica, aunque no por ello menos sugerente, en la que se revela la majestuosa presencia del hierro dominando el que es, quizá, el segundo canal más ancho de la ciudad.

Es momento de detenerse, de conceder un respiro a la marcha y dejar que la mirada repose en la Basílica de San Pietro di Castello, dedicando también un instante (o varios) a contemplar la joya Prattiana que alberga en su muro sur interior. Desde el jardín que se abre frente a su fachada, si se afina la vista, aún puede distinguirse en la lejanía el tenue perfil del puente umbilical plateado del Arsenal.
Reanudamos el camino para abandonar esta isla, precursora en los asentamientos humanos de la laguna, por el otro punto que la enlaza con el resto de Venecia. Para ello será necesario apartarse durante un trecho de la orilla, pues aquí la fondamenta se interrumpe y el agua queda momentáneamente fuera de nuestro alcance.
Dejamos a la izquierda el esbelto campanario y nos internamos por la calle Dietro el Campaniel, cuyo trazado nos conduce hasta la Fondamenta di Quintavalle. Desde el estrecho y suspendido embarcadero que se encuentra antes de que la orilla vuelva a desvanecerse, es posible capturar la imagen del siguiente puente: el Ponte di Quintavalle.
Sin embargo, si he de ofrecer un consejo nacido de la experiencia, conviene resistir la tentación inicial y cruzarlo primero: solo entonces podrás encuadrar la silueta de la Basílica sobre los pilotes de madera, hundidos en el fondo fangoso de la laguna, y obtener una composición en la que piedra, madera y agua dialogan en silencio.

Sin perder la dirección que nos marca el puente que acabamos de cruzar, encontramos otro cuya fisonomía apenas lo distingue de tantos ya recorridos: el Ponte Santa Ana. En su sobriedad casi anónima reside, sin embargo, una de las claves de la ciudad: la repetición que no cansa, la variación mínima que obliga a observar de nuevo, como si cada puente, por modesto que sea, reclamara su propia mirada.

Seguimos por la fondamenta Santa Ana hasta alcanzar el Campiello Correra y, ante la disyuntiva que se abre al elegir salida, optaremos por la calle que no lleva el nombre de aquel pintor barroco veneciano que terminó siendo madrileño.6
Tras un leve giro a la derecha al comienzo de esa calle, continuamos hasta su desembocadura en la calle Secco Marina, que tomaremos hacia la izquierda. A partir de este punto, la elección pierde importancia: cualquiera de las calles que se abren a nuestra derecha acabará conduciéndonos al siguiente canal.
Aun así, me permito sugerir la última opción, Corte Martin Novello, pues permite transitar el canal de San Isepo desde su mismo inicio. Es, además, la más amplia gracias a ese campo sin nombre que se abre de improviso. Las otras alternativas, en cambio, juegan con una ilusión repetida en el sestiere de Castelo: la de creer que se alcanza una bandera ajedrezada, cuando en realidad solo se atraviesan lianas donde, sobre la cabeza, vuelven a tenderse sábanas y camisas como ristras de suspiros.
Ya en la Fondamenta S. Giuseppe comienza un grupo de cuatro puentes, de los cuales, por ahora, visitaremos tres antes de adentrarnos en la Venecia reformada por Napoleón Bonaparte.
El primero de ellos es el Ponte al civico 787/N, un puente que casi parece una afrenta al resto de sus hermanos, tanto por la pobreza de sus materiales como por la naturaleza del lugar al que conduce. Carece de la dignidad silenciosa de otros pasos y se presenta, más bien, como una solución funcional desprovista de cualquier ambición estética perpetrada por un ingeniero falto de imaginación y respeto al lugar donde se ubica.

Avanzando apenas unos metros por la fondamenta San Giuseppe, uno no puede evitar preguntarse cómo lograron fijar los tendederos en la orilla opuesta del canal. Mi imaginación evoca entonces a los desaparecidos arqueros vénetos lanzando sus flechas, no con hierro ni con guerra, sino provistas de lianas, trazando en el aire ese entramado invisible del que hoy cuelgan, con naturalidad doméstica, sábanas y sayos.
El Ponte al civico 784/A da acceso a una vivienda asentada en el islote donde se alza la Iglesia Parroquial de San Giuseppe di Castello, cuya presencia apenas se deja intuir, encaramada sobre el tejado, si uno se separa lo suficiente como para descubrirla en ese juego de ocultaciones tan propio de Venecia.

No hacen falta más que unos instantes para capturar las dos perspectivas del puente de madera, que dejamos atrás para continuar hasta el siguiente. El Ponte San Isepo recupera materiales más nobles en su construcción y, así podemos olvidar la falta de dignidad de los anteriores.
Cruzamos el canal hacia el campo donde se alza la Iglesia Parroquial de San Giuseppe di Castello, cerrando así un pequeño tránsito en el que hemos visto como el hierro, la madera y la piedra conviven sobre las mismas aguas.

Utilizamos la única salida del Campo San Isepo que no discurre bajo un arco de ladrillo.7
Cuando, a la derecha, aparezca la Corte del Paludo, atraviésala para continuar por Paludo San Antonio, camino paralelo al suelo generado con escombros y piedra ganado a la laguna no hace tanto tiempo atrás.
Justo antes de que el camino se disuelva en el borde mismo del canal, toma la pequeña rampa de la derecha, que te elevará directamente hasta la plataforma del Ponte San Paludo.
Desde allí comienza a insinuarse otra Venecia, más salvaje, como si al otro lado aguardara una ciudad más viva, más cercana a su origen deshabitado y lagunar.

Una decepción nos saluda si miramos al sur desde el punto medio del Ponte del Paludo. El puente central del Canal dei Giardini se encuentra en obras, oculto bajo andamiajes y plásticos. Quizás cuando tú vayas ya haya emergido de su capullo regenerador. Compara si la mariposa que salga mereció la pena su incubación.

Al cruzar el Ponte San Paludo, pisamos un suelo que apenas cuenta con algo más de un siglo de existencia. Esta porción de laguna no fue ganada a las aguas hasta finales del siglo XIX, de modo que, al igual que ocurre con los canales que la ciudad ha ido cubriendo con el tiempo, bien podría hablarse aquí de una isola terà, una nueva tierra emergida.
Pronto se advierte que lo que se despliega ante nosotros, aun compartiendo origen con el resto de Venecia, pertenece a otra lógica. Es la misma materia —agua, fango, madera y piedra—, pero dispuesta de un modo distinto, me atrevería a decir que sin alma.
Traigo aquí dos planos de Venecia separados por apenas sesenta años. En el primero, fechado en el primer tercio del siglo XIX, es la isla de San Pietro la que define el límite oriental de la ciudad, puerta de entrada del sol naciente en la Serenísima. En el segundo, ya de finales de ese mismo siglo, se anuncia —todavía como proyecto— el surgimiento de una nueva tierra al este: la Isla de Santa Elena.
Hacia ese territorio nos dirigimos ahora. Un lugar que no solo amplió el contorno de la ciudad, sino que introdujo una forma distinta de entenderla. Allí comenzaremos a recorrer y descubrir qué tipo de puentes fueron concebidos para la modernidad.


Tras poner el pie en la Isola de Santa Elena tomamos el único camino flanqueado por césped a ambos lados.8
Cuando un edificio nos ofrezca un par de alternativas, elegiremos, una vez más, la que aparece escoltada, en esta ocasión, por árboles frondosos, como si el propio verde señalara el camino más amable9. Tras unos metros, a la izquierda, un arco encalado separa dos edificios: atraviésalo y permítete, por un instante, la ilusión de realeza al cruzar su vano y entrar en la Corte del Montello.
Si algo se echa en falta en esta corte es el pozo característico que, desde mi tercera visita a Venecia, bauticé como «salidas troll», esas presencias, ya no inesperadas, que parecen invitar a un descenso hacia Niðavellir. Pero nada nos retiene aquí: salimos por la derecha, tomando la calle del mismo nombre. Y si la corte no logró demorarnos, menos aún lo hará la calle, que abandonamos pronto para girar a la izquierda por la calle del Pasubio.
Al final, el agua reaparece, y cuando eso ocurre en Venecia, uno sabe, sin ningún género de dudas, que habrá nuevos puentes aguardando.
El primero que encontramos en este canal es el Ponte del Diporto Velico.

Quizá no nos sorprenda la estructura del Ponte del Diporto Velico —hemos visto ya algún ejemplo semejante—. Lo más llamativo, en cambio, son los mástiles de los veleros que se alzan desde el cercano puerto deportivo: emergen como lanzas espartanas, rindiendo un homenaje nada estruendoso al rey Leónidas, cuya memoria parece encontrar un eco lejano en el León del Pireo que custodia el Arsenal veneciano.
Cuatro puentes más nos aguardan en el canal de Santa Elena. A primera vista podría parecer que es posible recorrerlo indistintamente por cualquiera de sus dos orillas, pero no es así. Si optas por la ribera oriental, pronto te verás obligado a regresar a la occidental: el paso queda interrumpido en las inmediaciones del Stadio Pier Luigi Penzo, que impide continuar junto a sus límites.
Confieso que, dada mi conocida repulsión futbolera, esta imposición no me supone contratiempo alguno; más bien al contrario, se diría que la propia ciudad, me conoce como yo a ella y, como justicia cósmica , evita que deba pasar por las inmediaciones de este templo cuyo credo no comparto.
Descendiendo por la Viale Piave nos encontramos primero el Ponte Novo de lo Stadio y luego el Ponte dello Stadio. Nuevo en madera y viejo en piedra.
Permitidme que los dos puentes que dan acceso al campo de fútbol sean mosrados en blanco y negro.


Y por último en este canal, aunque no por ello falto de interés, el Ponte privato del Collegio Morosini. Es el puente más oriental de Venecia, el primero en recibir cada mañana los rayos del sol, como si la ciudad comenzara allí a despertarse.
Salvo cuando la niebla se desliza sobre la laguna y lo envuelve todo en una visión incierta. En esos momentos, Venecia adquiere ese aspecto fantasmagórico que, por alguna razón difícil de explicar, es el que más me atrae: una ciudad que parece desvanecerse y, al mismo tiempo, revelarse con mayor intensidad. Pero eso, eso es otra historia.

Comenzaremos ahora una larga peregrinación por la orilla más meridional de Venecia. Se nos irá ofreciendo bajo distintos nombres, como si cambiara de personalidad a cada tramo, pero siempre con una misma acompañante: a nuestra izquierda, la laguna, extendida como un aliento vivo que, cuando sopla el siroco, empuja el Aqua Alta para reclamar su diezmo a canales y calles.
El primer tramo discurre por la Viale Vittorio Veneto. A este lado, los jardines continúan acompañándonos, como un contrapunto verde al aliento salobre de la laguna. Podríamos ceder a la tentación de tomar el vaporetto y fotografiar los puentes desde una singladura cercana, pero, por largo que sea el camino, la incertidumbre que genera la llegada a pie y encontrar el ángulo adecuado es un premio que no estoy dispuesto a perder.
Al cruzar el Ponte dei Pompieri, dejamos atrás la isla de Santa Elena, que se despide sin estridencias, como si supiera que todas mis partida de Venecia son, en realidad, antesala de nuevas llegadas.

Desde este puente podríamos fotografiar el Ponte Privato dei Giardini, pero como os dije unos párrafos más arribe, se encontraba bajo telas y andamios, así que ese puente queda como misterio irresuelto para una nueva visita.
La Viale Giardini Pubblici nos recibe y guía nuestros pasos hacia el corazón de Venecia. La aparición de un muro de contención en la orilla viene a recordarnos que la ciudad nos abraza a medida que nos acercamos a su centro.
Tras un quiebro casi imperceptible hacia la derecha, se alzan de improviso el campanile de San Giorgio y su hermano mayor, el de San Marcos. Es un instante que invita a detenerse, a tomar aire y dejar que la mirada se llene con ese perfil inigualable que la ciudad ofrece.
La frescura y la humedad de los jardines nos acompañan hasta el momento de abandonar la isla. Pero, como tantas veces en Venecia, la despedida se presenta en forma de dilema: dos puentes se nos ofrecen como salida.
El Ponte dei Giardini, apenas unos metros tierra adentro, discreto en su tránsito; y el Ponte Santo Domenego, erguido como último bastión frente a la laguna, abierto al horizonte.


Este es el primero de una serie de puentes monumentales que se despliegan a lo largo del extremo sur de Venecia. Los fotografié desde múltiples ángulos: desde la firmeza de la tierra y también desde la inestabilidad del agua. Sin embargo, aquí he decidido mostrar únicamente las vistas tomadas desde tierra, fiel al propósito inicial de este recorrido: un paseo, paso a paso, para retratar los puentes de la ciudad.
Un nuevo cambio de nombre acompaña nuestro avance. Al descender del puente, nos adentramos en la Riva dei Sette Martiri. Aún en este tramo nos escoltan algunos árboles, ya prisioneros tras verjas de hierro fundido, mientras el dominio de la piedra comienza a imponerse bajo nuestros pasos.
El Giardini della Marinaressa es el último en ofrecer su respiro desde la ribera sur de Castelo. Casi sin advertirlo, alcanzamos la intersección con la extensa Via Giuseppe Garibaldi, que bien podría haber sido una simple calle terà, de no ser por la necesidad de rendir homenaje al unificador de Italia.
Si por un lado —el que ya dejamos atrás antes de adentrarnos en la Venecia verde— se diluye en un final poco digno, por este otro la vía se eleva coronada por el Ponte de la Veneta Marina, como si quisiera redimirse de su otro extremo.

La Riva San Biasio toma el relevo de la de los Mártires. Es un tramo en el que los hoteles abren sus ventanas al sol y ofrecen cobijo a quienes buscan la claridad de la laguna. Yo, sin embargo, confieso preferir las calles estrechas y lóbregas, donde la noche parece comenzar antes y demorarse un poco más.
El Ponte San Biasio delle Catene nos conduce al siguiente tramo. Este puente admite dos formas de ser conquistado: una, más directa, reservada a los jóvenes o a quienes aún no sienten el peso de la jornada, con escalones firmes aunque no excesivamente empinados; otra, más indulgente, pensada para rodillas fatigadas tras un largo día de fotografías: una rampa suave que exige atención, pues debe tomarse en cuanto se presenta, ya que no concede segundas oportunidades una vez iniciada la escalera. Llegados a este punto me inclinó siempre por el plano inclinado, valga la redundancia.

Proseguimos bajo la nueva denominación de la ribera, ahora convertida en Riva Ca’ di Dio, hasta dejar atrás un terminal de embarcaciones. Entonces, casi invisible, se insinúa una pequeña abertura en el retranqueo de la fachada de un hotel, como si una sirena nos llamara a su encuentro.10
La primera opción a la izquierda nos conduce al Ramo primo de la Pegola, y ese será el camino elegido. Este nos lleva hasta la Fondamenta del Piovan, donde un puente de ladrillo y piedra de Istria —el Ponte Erizzo— nos ofrece una imagen que creíamos ya olvidada tras nuestro tránsito por la Venecia más abierta y verde: la intimidado de los canales estrechos, donde la ciudad no habla, solo susurra.

Capturada la imagen del Erizzo, erguido sobre el Rio de la Ca’ di Dio, regresamos sobre nuestros pasos, como si nos arrepintiéramos del último tramo recorrido. Desandamos el camino hasta la Riva y emergemos de nuevo por la estrecha ranura por la que nos habíamos internado, saliendo ahora con un ánimo renovado.
Allí, donde la laguna vuelve a abrirse, tomamos la derecha hasta alcanzar el siguiente puente de piedra: el Ponte della Ca’ di Dio. Tal vez el más imperial de todos los puentes de Venecia, aunque ese matiz —casi secreto— solo sabrán reconocerlo quienes hayan sido iniciados en el universo de George Lucas.11

En mis primeros Carnavales en Venecia, allá por el lejano 1997, tuve la fortuna —o la extrañeza— de ver un X-Wing posado en la laguna y de fotografiarme con un stormtrooper que, desde luego, no habría superado el exigente examen de ingreso en la 501st Legion.
En breve continuaré con una nueva entrada que completará esta dedicada al sestiere de Castello. Lo cierto es que este trabajo, iniciado hace ya más de un año, se está alargando casi tanto como el regreso de la humanidad a la Luna. Pero Castello bien merece una segunda parte, con sus puentes más bellos ya en el corazón de la ciudad.
Permanece atento para descubrir la segunda parte de Los puentes de Castello (enlace próximamente).
Notas
- Sigue por la Calle del Mandolin.
- Gira a la derecha por la Calle del Scudi.
- Elige la calle bajo el sotoportego de la derecha, la Calesela de l’Ochio Grosso.
- Sigue por la calle San Gioacchino. Te he tomado el pelo. La estela de la Virgen no señala nada ya que la calle continúa en esquina.
- El famoso sotoportego Zurlin.
- El pintor barroco veneciano que murió en Madrid es Tiépolo. Así que la calle a seguir es la calle Catapan.
- Sigue por Rio Terà San Isepo hacia la izquierda.
- Viale XXIV Maggio.
- Viale IV Novembre.
- Calle dei Forni.
- Si te fijas en la forja de la valla que protege a los transeúntes de caer al agua, podrás distinguir —o al menos intuir— el símbolo del Imperio Galáctico.



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