Los puentes de Dorsoduro

Con esta tercera entrega dedicada a los puentes de Venecia, nos adentramos en el sestiere de Dorsoduro que, junto a San Polo y Santa Croce, forma el ventrículo meridional de la ciudad, donde el agua y la piedra conviven en un ritmo más sereno.

El punto de partida del itinerario será el Ponte dellAccademia, el primero que uno se encuentra desde el sur cruzando la nada cristalina brecha que separa las dos mitades del corazón de la Laguna.

Así que encamínate desde tu hotel hasta dicho puente bien temprano, ya que el sestiere de Dorsoduro nos va a llevar una buena jornada de safari fotográfico.

No sigas al conejo blanco, sino la flecha para empezar el itinerario.

Partimos desde la Chiesa di Santa Maria della Carità y bordeamos su flanco izquierdo hasta alcanzar el Rio Terà Foscarini. Allí se abre, discreto, un angosto pasadizo —la Callesella Rota— que nos conduce a la Calle Nuova Sant’Agnese. Sin abandonar esta vía, el camino nos lleva hasta la Fondamenta Venier, donde se presenta la primera parada de nuestro itinerario: el Ponte de San Vio.

Ponte de San Vio

Tras cruzar el puente, emprendemos un breve recorrido de ida y vuelta, pensado para fotografiar —y al menos alcanzar su punto central— uno de los tres puentes privados de Dorsoduro. Giramos a la izquierda por el Campo San Vio y, en apenas unos pasos, llegamos al Ponte al civico 732.

Ponte al civico 732

Si nos acercamos hasta el extremo del Campo San Vio, podremos contemplar la discreta —casi insulsa— fachada terrestre del Palazzo Barbarigo, en marcado contraste con la magnificencia que despliega hacia el Gran Canal. Desde aquí, sin embargo, esa belleza permanece oculta: los palacios venecianos fueron concebidos para deslumbrar al visitante que llegaba por agua, no a quien se aproximaba a pie.


Desde el Ponte de San Vio tomamos la Calle de la Chiesa y avanzamos hasta la Fondamenta Venier dai Leon. Nada más llegar, nos asomamos al cercano Ponte del Formager, que puede fotografiarse desde la orilla del Rio de le Toreseie.

Ponte del Formager

Sin cruzar el puente, continuamos por la Fondamenta Venier dai Leon hasta que esta muere en un giro a la izquierda hacia la calle San Cristoforo. A nuestra lado, un largo muro de ladrillo resguarda el palazzo que alberga la colección de arte de Peggy Guggenheim, aunque no disponemos de tiempo para detenernos y contemplar sus obras de arte. Proseguimos hasta cruzar el Ponte San Cristoforo, que nos deposita en el recogido Campiello Barbaro.

Ponte San Cristoforo

Desde una de las esquinas de este Campiello puede fotografiar el magnífico Palazzo Ca’ Dario, un edificio renacentista que no me importaría visitar. Corto Maltés sí lo visitó.


Al avanzar por la Calle Barbaro, basta con alzar la mirada a la izquierda para descubrir la espectacular terraza de Ca’ Dario. La Calle se estrecha y se convierte en Ramo hacia la derecha y, casi sin advertirlo, atravesamos el Ponte San Gregorio.

Ponte San Gregorio

Continuamos por la Calle Barbaro hasta toparnos de frente con la fachada de la Abazia. La bordeamos por la izquierda, tomando la calle del mismo nombre, y atravesamos el sotoportego que desemboca en el Ponte de l’Abazia, el cual nos conduce hasta la basílica de Santa Maria della Salute, umbral oriental del sestiere de Dorsoduro.

Ponte de l’Abazia

Supongo que sentirás la tentación de avanzar hasta el extremo de la isla para contemplar San Marco, San Giorgio Maggiore y la gran panorámica del Gran Canal. Tómate unos minutos para hacerlo. Después, vuelve de nuevo a este punto.

Al avanzar por la Fondamenta della Salute nos encontramos con el Ponte al civico 170/C. Durante mi estancia pude comprobar que era un camino a ninguna parte, pues la Casa San Lorenzo se hallaba inmersa en un proceso de remodelación.

Ponte al civico 170/C

Nos adentramos de nuevo en el corazón de Dorsoduro cruzando el Ponte della Salute, al final de la Fondamenta.

Ponte de la Salute

Por el Rio Terà dei Catecumeni giramos a la izquierda hacia la Calle dei Squero, hasta desembocar en la Fondamenta Zattere. Para fotografiar el Ponte de l’Umiltà, crucé el puente y me adentré por uno de los estrechos pasillos de madera que se internan en la laguna —¡quién dijo miedo!—, donde atracan barcas y góndolas. Es casi la única forma de capturar imágenes de los puentes desde la Fondamenta Zattere, o, con un buen teleobjetivo, desde la isla de la Giudecca. En algunos casos también puede intentarse desde los canales que desembocan en el Canal de la Giudecca.

Ponte de l’Umiltà

Durante un largo tramo recorreremos la Fondamenta delle Zattere, dejándonos acompañar por la luz rasante del atardecer, para contemplar y fotografiar los puentes que se asoman al Canal de la Giudecca. En un par de ocasiones nos internaremos en algún canal, ya sea para capturar la silueta de un puente fronterizo o para descubrir nuevos vados.

La Fondamenta delle Zattere conservará su nombre a lo largo de toda la ribera de la Giudecca, aunque irá modulando su genitivo conforme avancemos por ella.

El primero de los puentes que encontramos en la Zattere —que en este tramo recibe el nombre de ai Saloni— es el Ponte de Ca’ Bala. No existe aquí perspectiva ni embarcadero que nos permita alejarnos unos metros de la orilla; por ello será necesario internarse en el Rio de la Fornace y buscar el encuadre desde el Ponte Santi di Mezzo para obtener la fotografía que te muestro.

Ponte de Ca’ Bala

En el trayecto entre ambos puentes, a lo largo de la Fondamenta della Fornace, nos detenemos un instante para capturar la imagen del Ponte di San Mezzo y dedicamos otro momento a contemplar el jardín colgante y la Madonna con el Niño que, a modo de mascarón, se alza en la proa oriental de la fachada.

Ponte Santi di Mezzo

Regresamos a la Fondamenta delle Zattere y proseguimos la marcha en busca del sol poniente. Al pasar junto a la parada del vaporetto, la Zattere se transforma bajo la presencia de la iglesia de Santo Spirito y de ella coge el nombre. Apenas dejamos atrás la Accademia di Belle Arti de Venecia, se nos presentan las escaleras del Ponte dei Incurabili.

Difícil de fotografiar: no hay embarcaderos en las proximidades ni otro puente en el canal que nace a sus pies. Así que os dejo la sombra de un “incurabili” de esa enfermedad que se llama pasión veneciana. Tengo otras imágenes en las que el puente se aprecia con mayor claridad, tomadas al día siguiente desde la orilla opuesta del Canal de la Giudecca, pero no voy a incluir aquí las más de cuatro mil quinientas fotografías que hice en una semana.

Ponte ai Incurabili

Continuamos por la Zattere —ahora degli Incurabili— para desviarnos después por la Fondamenta Bragadin y acercarnos al Ponte de Mezzo, uno de esos puentes de ladrillo y piedra de Istria que salpican Venecia.

Ponte de Mezzo

Retornamos por la misma Fondamenta hasta el Ponte della Calcina. Este puente puede fotografiarse desde una terraza ganada al canal por el restaurante de la esquina, aunque para ello habrá que pagar una consumición. Más económico resulta, sin duda, tomar la fotografía en el camino de regreso a la Zattere, con el añadido —nada desdeñable— de incluir el “skyline” de la Giudecca.

Ponte de la Calcina

El siguiente tramo de la Zattere es ai Gesuati, nombre que toma de la Parroquia de Santa Maria del Rosario —o dei Gesuati. Desde ambas orillas del Rio de San Trovaso puede obtenerse una fotografía del Ponte Lungo. Yo opté por la de poniente, pues el sol se encontraba ya muy bajo y no había suficiente rango dinámico para corregirlo después en el posprocesado.

Ponte Lungo

Penúltimo tramo de la Fondamenta delle Zattere, que ahora toma el genitivo del puente que acabamos de cruzar. Bien podría ser esta la calle más larga de Venecia, como habrás comprobado mientras la recorres. Al comenzar nuestro paseo por esta ribera, la fondamenta era casi un sendero angosto; ahora, en cambio, su anchura es bien distinta —¡incluso aparecen árboles en el camino!—. En la orilla opuesta, el Molino Stucky va cobrando protagonismo a medida que alcanzamos el extremo de Dorsoduro.

Al llegar a la Calle del Vento, giramos a la derecha —porque a la izquierda, salvo que tengas ganas de un chapuzón inesperado, resulta francamente complicado—. El viento, o el nombre de la calle, nos acompaña como un guía invisible, arrastrándonos hasta el Campo de San Basegio, que da acceso a la fondamenta donde se alza el Ponte San Basegio, impertérrito ante el andamiaje que intenta darle nueva vida.

Ponte San Basegio

Desde este puente había previsto una fotografía del Molino Stucky y del Ponte Molin della Stazione Maritima, tal como había comprobado en mi meticuloso estudio previo del viaje. Pero, cuál no fue mi sorpresa al descubrir que allí no había puente: ¡Google me había jugado una mala pasada! Debo suponer que lo desmontaron para repararlo, o quizá simplemente le había llegado su hora. Los puentes, al fin y al cabo, están vivos… y, como todo ser vivo, también deben morir.

Esta era la fotografía que yo esperaba encontrar:

Imagen que muestra Google Street View

Y esto es lo que me llegó de Ali Express:

El no Ponte Molin della Stazione Maritima

No tenía sentido acercarme más, así que crucé por el Ponte San Basegio y me dirigí hacia poniente, en busca del último puente de esta ribera del Canal de la Giudecca. Este tramo bien podría decirse que no era Venecia: atravesé un aparcamiento de tierra lleno de camiones y furgonetas. ¡Esta no es mi Venecia!, pensé.

Pero mi objetivo era cruzar y fotografiar todos los puentes, así que debía perseverar ante el lamentable espectáculo que mis ojos contemplaban.

Finalmente, llegué a la última parada de la Zattere: el Ponte interno alla Stazione Marittima. Juzgad con benevolencia este puente; quizá, cuando envejezca, llegue a ser digno de sus hermanos.

Ponte interno alla Stazione Maritima

Damos media vuelta y emprendemos el regreso hacia el parking de San Basilio. Antes de alcanzar el Terminal de Cruceros, nos desviamos hacia la Salita San Basegio y giramos a la izquierda por la Calle Bevilacqua, que se prolonga en la Calle Lardoni: un apacible sendero de tierra, flanqueado por franjas de césped y un muro de ladrillo rojo. En la última curva a la izquierda se abre ante nosotros la Fondamenta de la Pescharia, de la que emerge, inevitable, el Ponte del Piovan.

Desde la Fondamenta Lizza Fusina se obtiene una imagen del puente enmarcado por las dos torres de la iglesia del Arcángel Rafael, un nombre que, por algún motivo impreciso, despierta en mí una extraña sensación de familiaridad.

Ponte de la Piova

Avanzamos por la orilla del Rio de l’Anzolo Rafael hasta quela Fondamenta quiebra su curso en un ángulo recto y se convierte en el Campiello de l’Oratorio. Rodeamos la imponente torre cuadrada de la iglesia de San Nicolo Mendicoli y, justo a sus pies, aparece el Ponte privato de la IUAV (Instituto Universitario de Arquitectura de Venecia).

Ponte privato dello IUAV

Merece la pena detenerse en esta iglesia, una de las más antiguas de la ciudad. He preferido encuadrar el conjunto, dejando el puente relegado a la esquina inferior derecha.


Ponte San Nicolo

Dejo a elección del fotógrafo ocasional la ribera por la que alcanzar el siguiente puente. Yo recomiendo la exterior, la Fondamenta Bari, aunque ambas conducen, sin desvío posible, hasta el Ponte San Nicolo.


Continúa por la Fondamenta de le Terese, que acompaña al río del mismo nombre. En la orilla opuesta se alzan unas casas de nueva construcción que mantienen la tradición de las chimeneas en altorrelieve desde la planta baja, donde se insinúa el hogar en el que crepitarán los troncos —difíciles de conseguir en esta ciudad— destinados a templar los húmedos interiores venecianos.

Ponte de l’Arzere (o Santa Terese)

La Fondamenta d’Arzere nos lleva a un curios puente de ladrillo, piedra y madera, el Ponte Lungo de Santa Marta.

Ponte Lungo de Santa Marta

Uno de mis innumerables vicios cuando viajo es detenerme ante las placas conmemorativas. A veces las busco —porque ya las he encontrado en la documentación previa— y otras se me revelan de improviso. Al cruzar este puente de madera te toparás con una lápida que recuerda un hecho único en Venecia. En el muro de ladrillo que se alza frente al puente, una discreta placa conmemora a las veinte víctimas del único bombardeo aliado que sufrió la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial. La fecha del suceso no se me olvida: coincide con mi cumpleaños.


Volvemos a cruzar el puente para retomar la Fondamenta de l’Arzele, esta vez hacia la izquierda. Continuamos por la Calle de la Madona hasta alcanzar otro puente de madera: el Ponte de la Madona.

Ponte de la Madona

Aunque a la izquierda se adivina un puente muy cercano —no como en la célebre película bélica—, no nos dirigiremos hacia él, pues se trata de uno de los puentes fronterizos entre Dorsoduro y Santa Croce, ya descrito en la entrada dedicada a este último barrio. Giraremos, en cambio, a la derecha por la Fondamenta della Madona, deteniéndonos un instante en el arco desnudo que une —o quizá separa— los dos edificios contiguos.

La orientación del puente ya debería sugerir su nombre. No es perpendicular a ninguna de sus orillas; por eso es un Ponte Storto.

Ponte Storto

La sucesión de puentes de madera en esta zona de Venecia podría hacer pensar que nos hemos topado con algún Ent, los árboles vivientes del Bosque de Fangorn. Bromas aparte, es hora de descubrir los siguientes puentes leñosos.

Sin llegar a terminar de cruzar el Ponte Storto, dirigimos nuestros pasos por la Fondamenta del Cereri. Apenas damos tiempo a un respiro, el Ponte Privato dell’Università nos abre el acceso a su campus.

Ponte privato dell’Università

Por la Fondamenta dei Cereri van a ir surgiendo hasta 4 puentes más.

El primero, el Ponte dei Guardiani, una mezcla de hierro y piedra.

Ponte dei Guardiani

La escalinata que da acceso a la estructura de hierro me ha gustado, así que os toca disfrutarla también.

Ponte dei Guardiani

El siguiente es el Ponte privato del Convitto Biancotto, un instituto fundado tras la Segunda Guerra Mundial, para acoger a los huérfanos de los partisanos que lucharon contra los fascistas y el ejército aleman.

Ponte privato del Convitto Biancotto

Resulta casi un misterio comprender por qué este puente recibió el nombre de Ponte Rosso. Tal vez la clave resida en que la Fondamenta lleva el mismo nombre, lo que invita a preguntarse qué fue primero: ¿la Fondamenta o el puente?

Ponte Rosso

Justo antes de que el canal se doble hacia la izquierda, la elegante forja del Ponte dei Ragusei nos tiende una invitación silenciosa a cruzar. Al otro lado nos aguardaría una calle cuyo nombre susurra antiguos linajes venecianos. Pero la llamada del Santo, que nos invita a girar a la izquierda, resulta demasiado poderosa…

Ponte dei Ragusei

Efectivamente, la Fondamenta de San Marco es el camino a seguir para un nuevo puente privado, el de la Unità Sanitaria Local.

Ponte Unità Sanitaria Locale

Ahora cruzaremos, aunque solo por unos instantes, al ya conocido sestiere de Santa Croce. Los puentes de Ca’ Rizzi y del Pagan ya los hemos recorrido en la entrada anterior, por lo que te remito a ella para volver a admirarlos.

Regresamos a sestiere de Dorsoduro por la Fondamenta del Rio Novo para cruzar el Ponte de la Cereria, retomando nuestro paseo entre canales del gran sestiere del sur de Venecia.

Ponte della Cereria

Por la Fondamenta del Passamonte siguiendo las fachadas de edificios que uno no asociaría con Venecia, alcanzamos el Ponte de la Sbiaca.

Por un instante, podrías confundirte con las llamadas Venecias del Norte, ecos pálidos de lo que realmente constituye el espíritu de esta ciudad. Pero no aquí: en este barrio, ese alma veneciana clásica parece ausente, dejando solo un reflejo distante, casi ajeno.

Ponte della Sbiaca

Cambiamos de orilla del Rio dei Tolentini para seguir por la Fondamenta del Rio Novo. En la encrucijada con el Rio de San Margherita, giramos hacia la Fondamenta del Malcanton, desde donde nos asomamos al Ponte Renier, nuevo puente de forja con espirales aritméticas.

Ponte Renier

Un poco más adelante cruzaremos por el Ponte del Forno. Junto al puente, en una casa que carece de Fondamenta, se abre ante nosotros lo que yo llamaría un “ático al aire libre”: construcciones suspendidas sobre los tejados, apoyadas en pivotes de madera o de hormigón, coronadas por ligeras pérgolas y adornadas con macetas que desafían la gravedad. Un despropósito, quizás, entre algunas de las casas más bellas, pero también un curioso testimonio de la inventiva y la vida cotidiana que persiste sobre los canales.

Ponte del Forno

Seguimos por la Calle del Forno hasta girar hacia el sestiere de Dorsoduro, que desemboca en el Rio de Ca’ Foscari. Solo en Venecia se da esta paradójica maravilla: son las calles, y no los ríos, las que llegan a encontrarse con el agua, como si la ciudad se hubiera construido para fluir en lugar de ser atravesada.

El Ponte Santa Margherita se convierte en un respiro, un pequeño refugio sobre el flujo constante de personas que atraviesan el sestiere de Dorsoduro, dejándose llevar como un río hacia la Calle San Pantalon.

Ponte Santa Margherita

Hasta el siguiente tenemos un trayecto algo más largo de lo habitual porque no hay fondamentas en el Rio Ca’ Foscari y eso nos obligará a dar un rodeo para conseguir nuestra meta. Comenzamos tras cruzar el puente en el Campo San Pantalon y salimos de él por la calle del mismo nombre que nace en la posición opuesta al Ponte Santa Margherita. Al llegar a Sestiere Dorsoduro giramos a la derecha hasta llegar a la Calle Crosera, momento en el que giramos . de nuevo, a la derecha para seguir, inexplicablemente, por la misma Calle Dorsoduro que hace un rato guiaba nuestros pasos. Al llegar a la sede universitaria cruzamos el Ponte Ca’ Foscari.

Ponte Ca’ Foscari

Adéntrate en el interior de esta sede universitaria, aunque sea únicamente para cruzar el umbral de su magnífica puerta, abierta como una boca dispuesta a absorberte en su antiguo espíritu escolástico.

Acceso a Ca’ Foscari

Entra en la cafetería y regálate un buen ristretto: un sorbo breve, casi fugaz, pero de aroma y sabor persistentes, capaz de infundirte las fuerzas necesarias para emprender el siguiente tramo del camino hasta el Ponte de la Cavana de l’Enel.


Avanza por el Sestiere Dorsoduro hasta alcanzar el Campiello dei Squelini y abandónalo por la Calle de la Madonna, una vía que parece condenada a morir en la fachada anodina de un edificio sin carácter, pero que, antes de rendirse, se abre a la derecha en un pequeño ensanchamiento tan discreto que casi no merece nombre. Cruza el arco que se alza frente a ti y gira a la derecha por la Calle de la Vida. Un breve juego de quiebros —izquierda, derecha, izquierda— te conduce a la Calle del Magazen, tras apenas cuatro pasos furtivos por la Calle de l’Aseo.

Y entonces, de pronto, la sorpresa: un espacio abierto, vasto y luminoso. Es el Campo Santa Margherita, que deberás atravesar para continuar por la primera calle a la izquierda de aquella que habrías tomado de no haberte desviado. Si has llegado hasta aquí, estás preparado para recibir instrucciones más complejas y, por qué no admitirlo, también un poco metafóricas.

Si entraste por la Calle del Forno, has acertado. La reconocerás por unas ménsulas casi a ras de suelo a tu izquierda —cuidado con la cabeza— y por un sotoportego que jamás ganaría un concurso de arquitectura y que, sin embargo, posee una belleza obstinada. Allí se revela el Ponte del Forno.

Sé que esperas encontrar aquí la fotografía de este puente pero, amigo, ya hemos pasado por él antes y, si no lo recuerdas, es que aún no he conseguido que te empapes del aire húmedo que respira la ciudad. gira la rueda del ratón hacia arriba y búscalo. Yo te espero en el siguiente puente, apenas a unos metros a la izquierda, siguiendo la Fondamenta del Malcanton.

Ponte de la Cavana de l’Enel

Ya te habrás dado cuenta de que este puente no se presta a una fotografía fácil: discurre pegado a la orilla del Río de Santa Margherita y no hay suelo firme al frente que permita tomar distancia. ¡Qué mala uva la de los venecianos, empeñados en levantar puentes que se resisten a ser fotografiados!

Pero no, la uva no es mala. Si te detienes en el centro del puente, te percatarás de un estrecho pasadizo justo al otro lado que se abre hacia el agua. Es la Calle de la Uva. Acércate a ella y obtendrás la imagen que te he dejado más arriba, como una pequeña recompensa para quien mira con atención.


Continuamos por la Fondamenta Foscarini hasta que el río cambia de nombre y pasa a llamarse Rio delle Muneghette. Allí nos espera el Ponte Foscarini, junto al Campo dei Carmini y la iglesia del Carmelo, cuya silueta evoca medio trébol de cuatro hojas, como si la suerte hubiera decidido acompañarnos en este tramo del camino.

Ponte Foscarini

Tras cruzar a la otra orilla para fotografiarlo, continuamos por la Fondamenta del Soccorso hasta situarnos en la base de la T que dibujan el Río del Carmini y el Río dei Tre Ponti, buscando el punto exacto desde el que el arco del Ponte Briati y su reflejo se funden en un solo ojo, inmortalizado ya en este blog.

Ponte Briati

No nos detenemos aquí y, unos pasos más adelante, aparece ante nosotros otro puente similar, de ladrillo y piedra blanca de Istria. Esta vez, como tantas otras que ya hemos visto, el puente toma prestado el nombre de la fondamenta a la que sirve: es el Ponte del Soccorso.

Ponte del Soccorso

Parece que estemos atrapados en un bucle espacial: los últimos puentes se parecen todos entre sí, casi idénticos, como ecos de una misma arquitectura. Y, efectivamente, tras doblar la esquina entre la Fondamenta del Soccorso y la de San Sebastiano, aparece otro puente de las mismas características: el Ponte de la Madalena. Sin embargo, esta encrucijada de agua y ladrillo me recuerda una viñeta de cómic que largo tiempo he intentado localizar. Creo que el jardín, que parece juramentarse sobre la fachada de la esquina, delata finalmente el lugar.

Ponte de la Madalena

El puente no nos deja otra opción que seguir por la Calle de la Madalena, que nos conduce al Campo drio il Cimitero. Lo recorremos por su lado derecho hasta acercarnos a la Fondamenta de la Pescheria. Allí, sobre las aguas del Rio del Arcángel Rafael, se yergue el Ponte de l’Anzolo, custodiado a los pies de una cruz dentro de otra cruz, como una matrioska: cada capa revela otro misterio, otro reflejo, que la ciudad guarda silenciosa entre ladrillo, piedra de Istria y agua.

Ponte de l’Anzolo

Volvemos sobre nuestros pasos por el Campo drio il Cimitero hasta la Chiesa di San Sebastiano, que dejamos a nuestra derecha, para avanzar por el campo homónimo, a los pies de su campanario, y desde allí cruzar el Ponte San Sebastiano.

Ponte San Sebastiano

Por una vez —sin que sirva de precedente— seguiremos la calle que surge del puente, la Calle Avogaria, sin desviarnos por ningún recoveco, hasta llegar al Ponte de l’Avogaria. El puente se yergue entre las fachadas por ambos lados, salvo un pequeño hueco a la derecha, al que me asomo con cuidado, inclinándome para capturar la imagen, consciente de que un paso en falso me arrojaría a las aguas que lo atraviesan.

Ponte dell’Avogaria

No quedé satisfecho con la toma y decidí replantear el lugar. Desde el quiebro lejano del Río dell’Avogaria se abre un embarcadero en la Calle Zappa Dorsoduro. Y como he venido a lo que he venido, me adentro en los callejones, dejándome llevar por el laberinto, en busca del ángulo perfecto que revele de nuevo el puente, su reflejo y su secreto escondido.

Ponte dell’Avogaria

Avanzamos pacientemente por la Calle Lunga San Barnaba hasta que la Calle de la Patienze se abre a nuestra izquierda como una invitación. Desde ese punto, el camino ya no admite extravíos: nos conduce, inevitable, hasta el primer puente del Río San Barnaba, el Ponte de la Patienze. Allí, suspendido sobre un edificio sin interés, se alza majestuoso el ábside de la iglesia del Carmelo.

Si te desplazas unos pasos hacia la derecha por la Fondamenta Gherardini, la composición se revela casi por sí sola, como un encuadre esperado. La mía, en cambio, fue ligeramente forzada: el magnífico campanario se alzaba en contraluz, recortado contra el cielo, obligándome a invocar al dios Apolo para rescatar su imagen del tártaro oscuro que apareció en la captura.

Ponte de la Patienze

Ya que hemos iniciado el camino por la Fondamenta Gherardini, nos dirigimos por esta orilla hasta el Ponte dei Pugni.

La presencia de una barcaza mercadera en la proximidad del puente, invita a hacer un alto en el camino, casi como un gesto antiguo, para comprar algo de fruta. Yo cedí a la tentación y me deleité con unos dátiles medjoul, carnosos como el melocotón y dulces como una rima bien temperada, de esas que permanecen en la memoria mucho después del último verso.

Ponte dei Pugni

Aún nos aguarda un último puente en este río, visible ya desde nuestra pequeña parada gourmet, como una promesa que se deja ver antes de alcanzarse. En sus inmediaciones se sitúa esa X imaginaria que marca el lugar señalado por cierto arqueólogo célebre, obsesionado con desentrañar el misterio de la vida eterna.

Pero antes de enredarme en ese asunto —que da para leyendas, persecuciones y fe mal entendida— dejo constancia de la imagen del Ponte de San Barnaba.

Ponte San Barnaba

El puente no era, en esta ocasión, el verdadero motivo de la parada. La razón de mi prolongado descanso se encuentra justo enfrente: el campo que se abre ante la iglesia, cargado de memoria y de celuloide.

Campo san Barnaba

¿Lo reconoces?

Primera pista: Katherine Hepburn, perdiendo el equilibrio y cayendo a las aguas del Río San Barnaba en Summertime, 1955.

Katherine Hepburn en Locuras de verano

Segunda pista: tres arqueólogos —uno de ellos rubia y nazi— siguen las claves anotadas en el diario del padre de uno de ellos. Excavan bajo la iglesia, atraviesan catacumbas, pistean ratas, profanan la tumba de un guerrero templario y se sumergen en aguas oscuras bajo el fuego de un lámina de petróleo. Finalmente, emergen por una alcantarilla en el centro de la plaza. Creo que con eso basta para que adivines a qué película me refiero.

Indiana Jones y la última cruzada

Evidentemente, el lugar merecía una pausa lenta y consciente. Me acomodé en la terraza del bar que se abre al inicio de la Calle del Traghetto Vecchio, pedí un Aperol Spritz y saqué mi propio diario. Entre sorbo y sorbo, levantaba la vista para reafirmar el privilegio del instante, anotando impresiones y sensaciones que, con el tiempo, acabarían encontrando su hueco aquí.


Tras finalizar el cocktail, dirígete por la Calle del Tragheto hacia el Gran Canal. No hay nada digno de mención en el trayecto hasta llegar al embarcadero, donde hay una de las paradas para los vaporetos que, sin cesar, deambulan atiborrados de esa clase de visitantes que se conforman con un paseo por la aorta veneciana, y así creer, que han visto y sentido la ciudad. . A la izquierda el Ponte Novo Ca’ Rezzonico da acceso al palacio que alberga una espléndida colección del siglo XVIII.

La fotografía del puente puede capturarse desde el propio embarcadero, sin embargo, pero he preferido compartir una imagen nocturna desde un vaporeto, mientras regresaba a mi residencia durante la semana que duró esta aventura.

Pont Novo Ca’ Rezzonico

Desde este punto no es posible avanzar: el Gran Canal nos niega el paso como Cerbero en el Hades. Solo cabe desandar lo andado. Pero no es preciso volver al Campo de San Barnaba, donde ya reposaste un buen rato en la terraza a la sombra de la iglesia de fachada blanca, bajo la mirada vigilante —y cómplice— de Leonardo, el de Vinci.

A la izquierda se abre un estrecho desfiladero de ladrillo, la Calle del Pistor o del Lotto, una hendidura rojiza por la que apenas se cuela la luz y que nos conduce, como un susurro, hasta el Ponte Malpaga. Es uno de esos puentes esquivos cuyo arco parece reservarse a la contemplación desde el agua: hay que rendirse a la góndola para capturar su perfil reflejado en el canal o, si el bolsillo calla, continuar hasta el siguiente puente —si no queda demasiado lejos y el canal no se entretiene en meandros— y observarlo desde allí. En Venecia, la contemplación de la belleza siempre exige un pequeño, o a veces grande, rodeo.

Ponte del Malpaga

El puente no nos concede alternativa: al cruzarlo, solo cabe seguir de frente por la Calle Malpaga que, al poco, muere en la Calle dei Cerchieri. El desvío a la izquierda rara vez defrauda —en Venecia, casi nunca lo hace—, pero esta vez la tentación dura apenas un suspiro.

Hemos de tomar la calle que se abre a la derecha, que conduce en línea recta hacia el puente que ya se adivina unos metros más adelante. Como ocurre tantas veces aquí, la vía adopta el nombre de aquello que anuncia: Ponte de la Toletta.

Para fotografiar este puente tuve que buscar en las proximidades una calle morta, vía que concluye de manera abrupta en el agua, como si de trampolines se trataran. Y sí, había una: el Ramo Secondo della Toletta.

Desde allí, no me quedó más remedio que asomarme con cautela y dejar que la cámara —suspendida en mi mano derecha— robara la imagen del puente que solo posa para quien se atreve a llegar hasta el borde mismo del abismo. Hubiera sido muy interesante ser cazador cazado en este toma, pero para eso hubiera necesitado una compañera de viaje.

Ponte de la Toletta

Desandando el Ramo Secondo y girando a la derecha en la Sacca, el espacio se abre de pronto en la Fondamenta de la Toletta, donde un viejo quiosco metálico nos ofrece máscaras, góndolas y cualquier objeto que acabará en el salón de alguna casa indeterminada. Allí se alza el semicircular Ponte del Squero, tendiendo su arco entre las dos orillas del Rio de la Toletta.

Ponte del Squero

Unos pasos más allá nos aguarda el Ponte Lombardo, atalaya equidistante y cofa desde donde observar el pasado y el futuro.
al Este, el ya hollado Ponte de la Toletta;
al Sur, el coqueto Ponte Squero, cuya joroba parece emerger del canal;
y al Oeste, nuestro próximo destino, piedra preciosa que hemos visto brillar en las aguas estancadas.

Si no fuera por que sé lo que ha de venir ,allí otearía el infinito.

Ponte Lombardo

Al final de la Fondamenta Lombardo se materializa, al fin, la piedra preciosa que habíamos divisado al Oeste desde nuestra imaginaria cofa: el Ponte de le Turchette. Su nombre —que evoca la turquesa— parece rendir homenaje al color primigenio de las aguas venecianas.

Ponte de le Turchette

Realizamos un camino de ida y vuelta por la Fondamenta Borgo hasta el Ponte de le Romite, cuyo nombre parece brotar del murmullo antiguo con que se imploraba a los ermitaños que habitaron en la cercana Iglesia delle Eremite.

Ponte de le Romite

Regresamos hacia el Ponte de le Turchette, oteando a la izquierda el rumbo de nuestro siguiente destino. Caminamos por la Calle Lunga San Barnaba, tomando el giro que nos lleva hacia la izquierda, hasta que la estrechez del camino nos introduce en la Calle de l’Indorador, que nos conduce con naturalidad al Campiello Squero. Allí, como última puerta antes de cerrar esta etapa, se alza el Ponte Ognissanti, anunciando el final de nuestro trayecto por Dorsoduro.

Ponte Ognissanti

En este momento emprenderemos una auténtica maniobra marinera: como los pescadores que se adentran en aguas procelosas soltando sus artes, así haremos nosotros. Primero nos dirigiremos a un punto lejano, sin detenernos en los puentes que encontremos, y solo después, con calma, desandaremos el camino, deteniéndonos en cada uno para capturar sus imágenes. Al término de esta travesía nos aguarda uno de esos rincones secretos que hacen de Venecia un laberinto de maravillas ocultas.

Durante nuestro avance por Rio Terà Ognissanti, es posible adivinar el antiguo cauce del canal que aquí fluía, como un recuerdo líquido todavía susurrando bajo la piedra y el adoquín. Fíjate cómo el centro de la calle se distingue de los laterales, como un lápida que encierra el espíritu del viejo canal. En 1866, este rielo fue condenado a convertirse en tierra firme. No existe castigo más cruel para un canal veneciano: arrancarle el devenir de sus aguas es arrebatarle el alma misma.

En la antigua desembocadura, gira a la derecha por la Fondamenta Ognissanti hasta el Ponte Sartorio, punto desde el cual iniciaremos el regreso con un paso lento pero firme, conscientes de que al término del camino nos aguarda una recompensa que hará que cada instante recorrido haya valido la pena.

Ponte Sartorio

El primero, el Ponte al civico 1462/A, un sencilo puente asimétrico de madera.

Ponte al civico 1462/A

El segundo, el Ponte Cortelotto, un feo puente de hormigón y hierro que nos conduce hacia una estrecha callejuela que desemboca en la Zattere.

Ponte Cortelotto

El tercero, Ponte Canal, posee dos singularidades que lo distinguen del resto:

Da acceso a una corte sin salida, un pequeño oasis cerrado, al que solo se puede llegar cruzando este puente. Bien podría decirse que es un puente privado y, al mismo tiempo, comunitario.

Presenta dos vanos, sostenidos por tres pilastras ancladas en el propio canal. Esta solución estructural no es frecuente en Venecia, y solos se encuentra en algunos puentes de madera, más largos y expuestos al paso del tiempo y de las mareas.

Ponte Canal

La Fondamenta Ognisanti se enlaza con la contigua Fondamenta Bonlini a través del Ponte de Borgo, que permite franquear el Rio de Romite, que transcurre silencioso desde el cercano refugio de los ermitaños, como si aún custodiaran el recogimiento de aquel lugar.

La fotografía bien podría pasar por una toma aérea, como si hubiese sido capturada por un dron; sin embargo, fue tomada desde un punto elevado que ofrece esa rara y privilegiada perspectiva.

Ponte de Borgo

El secreto de esa vista de pájaro reside en el cercano Ponte Trevisan, que, perpendicular al de Borgo, se alza apenas un poco más que este: lo suficiente para que una hormiga como yo pueda subirse a hombros de sus compañeras y, desde esa atalaya, descubrir una nueva dimensión.

Desde allí, si se dirige la mirada hacia Occidente, puede contemplarse, emergiendo sobre los tejados de la vieja Venecia, la blanca mole de la basílica de Santa Maria della Salute. Si llegas poco antes del atardecer, brillará como faro en la noche.

Ponte Trevisan

El último puente sobre el Rio de Ognisanti es el Ponte de la Scoazzera, que permite el paso de los viandantes desde el Campo San Trovaso —lugar predilecto de descanso para los gatos vénetos— hasta la Calle Magazen.

En la confluencia de los dos canales se encuentra el Squero di San Trovaso, un antiguo astillero de madera, lugar donde nacen y reparan las embarcaciones más reconocibles de la ciudad, las góndolas.

Ponte de la Scoazzera

El squero nos impide el paso por una orilla que deja, en ese punto, de existir; y así, la Fondamenta Bonlini abandona por un momento su condición de ribera para convertirse en camino que, de forma inesperada, desemboca en un pequeño parque, donde un pozo emerge del césped como un recuerdo del pasado.

Atravesando este campo llegamos al Ponte San Trovaso, penúltima parada de este extenuante caminar por Dorsoduro, donde el cansancio se entrelaza con una íntima sensación de satisfacción, la de haber recorrido un barrio menos frecuentado, más silencioso, y quizá por ello más auténtico.

Ponte San Trovaso

Por la orilla izquierda del Rio San Trovaso avanzamos por la Fondamenta Toffetti hasta alcanzar nuestra meta de hoy.

Quizá, a primera vista, pueda parecer un puente más. Sus materiales son de este mundo —ladrillo, yeso, hierro y piedra de Istria—, humildes y conocidos. Nada en él parece reclamar la singularidad, ni anunciar que guarda, en silencio, algo más que su mera función de paso.

Si has leído mi entrada sobre la Venecia de Corto Maltés, ya sabes qué es lo que lo hace especial: es uno de los tres lugares mágicos y recónditos adonde acuden los venecianos cuando se cansan de la autoridad establecida, para atravesar los portales que allí se abren y que los conducen a territorios maravillosos.

Aunque yo no puedo evitar preguntarme qué lugar podría ser más maravilloso que este mismo, el que habitan los venecianos, suspendido entre el agua y el tiempo, donde cada puente parece prometer, en silencio, un umbral hacia lo desconocido.

Hemos finalizado el recorrido de Dorsoduro en el Ponte de le Maravegie, el puente de las Maravillas.

Un buen lugar para subirse a él, esperar a que la fortuna despeje la vista de presencias ajenas y mirar al frente como si te encontraras en la proa de un navío; y entonces, como Jack Dawson, sentir por un instante que eres el rey del mundo.

Ponte de le Maravegie

Próxima jornada: Castello.



Una respuesta a «Los puentes de Dorsoduro»

  1. […] Misterio en Venecia Caminante no hay camino, se hace camino al… programar Explorando Venecia a Través de Corto Maltés De canales, huellas, máscaras, secretos y grafos Los puentes de San Polo Los puentes de Santa Croce Los puentes de Dorsoduro […]

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Físico por formación, astrónomo por devoción, ingeniero por alimentación, poeta por necesidad.

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