Antecedentes
El 5 de abril de 1950, un pequeño grupo de geofísicos norteamericanos se reunió para cenar en la casa que James Van Allen tenía en Maryland. El motivo era recuperar un evento científico mundial que se había celebrado en dos ocasiones anteriores con el nombre de Año Polar Internacional.

Dicho evento se celebró por primera vez en 1882 y aglomeró a varias naciones en una empresa internacional para estudios de geofísica de las regiones polares mediante el establecimiento de estaciones científicas para la realización de estudios meteorológicos, magnéticos y aurorales.
Con motivo del 50.º aniversario de aquel primer evento, se celebró el Segundo Año Polar Internacional en 1932. James Van Allen, que había participado en esta segunda edición, quedó tan satisfecho con la experiencia que se propuso impulsar una nueva colaboración internacional. En los años siguientes, la tecnología avanzó de forma notable —en instrumentación, computación e ingeniería aeroespacial, entre otros ámbitos— y, tras un largo periodo de bloqueo de la cooperación internacional debido a la Guerra Fría, pareció llegar el momento adecuado para relanzar la iniciativa.
Imaginaos la sobremesa de la cena: Van Allen, Sydney Chapman, Lloyd
Berkner, Ernest Vestine, J. Wallace Joyce, S. Fred Singer tomando una buena copa de brandy mientras fuman «Lucky Strike» en el salón de su casa en 1105 Meurilee Lane, Silver Spring.
Tras aspirar una profunda calada de su cigarro, Lloyd se gira hacia Sydney y le dice:
«Sydney, ¿no crees que ya es hora de celebrar otro año polar internacional?».
Todos habían pensado lo mismo. Allí mismo empezaron a planificar los futuros contactos con diversas organizaciones que llevarían a celebrar el 25 aniversario del Año Polar Internacional, que acabaría denominándose Año Geofísico Internacional 1957-1958. Y ese año cambió el mundo (Y no porque fuera un año con máxima actividad solar).

James Van Allen participó activamente en el desarrollo del instrumental del primer satélite estadounidense, Explorer 1. Uno de los principales experimentos que transportaba la pequeña sonda era un tubo de Geiger-Müller, encargado de “contar” las partículas cargadas —principalmente protones y electrones— que lo atravesaban. La elevada densidad de partículas registrada permitió inferir la existencia de dos zonas de radiación de alta energía alrededor de la Tierra. Su origen se encuentra en la interacción del viento solar con la alta atmósfera terrestre, cuyas partículas quedan atrapadas por el campo magnético del planeta. Esta banda ubicada principalmente en el ecuador se conoce hoy como los cinturones de radiación de Van Allen (que no deben confundirse con el cinturón rockero de Van Halen 😊).

Año Geofísico Internacional (1957-1958)
Para saber en qué consistí el Año Geofísico Internacional puedes acudir a la entrada de la Wikipedia. Allí encontrarás suficientes referencias.
Yo me voy a centrar en la que justifica esta entrada de blog.
Dos años antes de la celebración de los acontecimientos programados para ese año, el presidente norteamericano, Dwight Eisenhower, aprobó un proyecto que consistiría en el lanzamiento y puesta en órbita de un pequeño artefacto autónomo como uno de los grandes acontecimientos del año.
Menos de una semana después, un científico de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) anunció que su país también lanzaría un satélite artificial en el marco del Año Geofísico Internacional.
Obviamente, nadie esperaba que lo hiciera y, mucho menos, adelantara a los norteamericanos.
Primer satélite artificial
El desarrollo del primer satélite artificial norteamericano recayó en los Laboratorios de Investigación de la Marina. El Proyecto Vanguard se puso en marcha.
La carrera por ser los primeros en el espacio había comenzado. Y no era solo una carrera tecnológica dentro del contexto de la Guerra Fría: Era una batalla propagandística.
La prensa jugó un papel de altavoz fundamental en la incruenta batalla propagandística (obviamente en uno de los bandos ideológicos, ya que en el otro el secretismo era total). Y ahí es donde la revista semanal LIFE aparece en esta historia.
La revista LIFE había nacido poco antes de la Segunda Guerra Mundial y pronto se convirtió en la ventana que mostraba el mundo a los estadounidenses. El uso de fotorreportajes para mostrar la sociedad americana contribuyó a extender la imaginería del llamado «estilo de vida americano». No solo se dedicaba a mostrar la vida de las estrellas de Hollywood, sino que se centraba también en los acontecimientos políticos, la clase media, los movimientos sociales y, en esos momentos, en la incipiente carrera espacial.
En este artículo vamos a mostrar como quedó plasmada la carrera espacial en dicha revista.
La primera portada dedicada a la nueva frontera espacial fue la siguiente

Scientific race against time to launch the first man-made moon
Los norteamericanos no se lo esperaban. El 4 de octubre de 1957 todo cambió.

Los soviéticos se habían adelantado inesperadamente a la orgullosa industria y ejércitos norteamericanos. Un Bip-bip-bip (como el de un correcaminos burlón) podía sintonizarse cada poco más de 90 minutos viniendo directamente de encima de sus cabezas. El Sputnik 1 se convirtió en el primer objeto artificial humano en orbitar nuestro planeta.

The feat that shock the Earth
Es difícil describir el pánico que se apoderó de la sociedad norteamericana. Pero el miedo en el gobierno de la nación no era menor. Que la Unión Soviética tuviera los cohetes para poner aunque fuera un pequeño objeto en órbita suponía que esos mismos cohetes eran capaces de llegar al territorio estadounidense portando cabezas atómicas.
Lyndon B. Johnson, vicepresidente de Estados Unidos en 1957.El imperio romano controló el mundo porque era capaz de construir caminos. Más tarde — cuando se trasladó al mar– el imperio británico pudo dominar porque tenía barcos. En la época aérea fuimos poderosos nosotros porque teníamos aviones. Ahora, los comunistas han logrado asentar un punto de apoyo en el espacio exterior.
«Existe un peligro de extinción nacional» era la cantinela que se oía por los pasillos del Capitolio.
Cada proyecto que nacía en las cabezas de los técnicos y políticos estadounidenses acababa siendo derrotado por el misterioso planificador jefe soviético que nadie conocía en Occidente.
Había que lanzar un proyecto loco, algo que pillara a contrapié al Ingeniero Jefe soviético.
En una reunión de emergencia celebrada en Los Ángeles en 1958 se sentaron dirigentes del gobierno, del ejército y de la industria aeronáutica. Su objetivo fue discutir si era viable enviar un hombre al espacio antes que los rusos. El proyecto sería lanzar un misil balístico con una cápsula que llevaría en su interior un hombre (un simple paquete sin posibilidad de control sobre la trayectoria) y que caería en el mar con un paracaídas para aminorar el impacto.
La NACA se convirtió en la NASA y su primera tarea iba a ser la de encontrar a esas personas que irían dentro de esa cápsula. Así nació el programa espacial tripulado norteamericano.
En un principio, las condiciones de búsqueda de NASA para los candidatos a ocupar (que no pilotar) la cápsula Mercury eran más bien laxas. Se buscaba jóvenes universitarios con experiencia en alguna actividad peligrosa y que no superaran los 177 cm de altura. En el anuncio que publicó NASA figuraban, por supuesto, los pilotos de prueba, pero también se incluían otras profesiones como tripulación de submarinos, paracaidistas, montañeros, exploradores del Ártico e incluso hombre-bala circenses (como se muestra en la película de 1983 «The Right Stuff»).
Tuvo que ser el presidente Eisenhower quien pusiera un poquito de criterio para evitar que cualquier chiflado se presentara a la selección. Ike (como se conocía al presidente) exigió que los candidatos se restringieran a los 540 pilotos de prueba militares (508 según John Glenn) en activo que tuvieran menos de 39 años y hubieran realizado más de 1500 horas de vuelo en reactores y tuvieran un título universitario (o casi).
110 militares cumplían esas condiciones.
Y entre ellos no estaba ninguna de las estrellas fulgurantes de las Fuerzas Aéreas que tenía la Base californiana de Edwards como punto de referencia. Los pilotos “de verdad” no quisieron participar en un proyecto que solo quería conejillos de indias acurrucados en una cápsula con sensores en la piel y en los sagrados agujeros corporales. Entre estos hombres, los que tenían lo que hay que tener, se hizo popular llamar “Spam in a can” (es decir, pastel de carne en lata) a los 7 del Mercury.
El 17 de diciembre de 1958, 50 aniversario del vuelo de los hermanos Wright en Kitty Hawk, NASA anunció la denominación del proyecto espacial tripulado, Proyecto Mercury.
En enero de 1959, 69 de los 110 pilotos preseleccionados recibieron una carta «top secret» invitándoles a una reunión en el Pentágono. En esa reunión dirigida por Abe Silverstein y George Low anunciaron a los pilotos que NASA buscaba astronautas para el Proyecto Mercury. El 90% del grupo seleccionado se apuntó voluntariamente.
Las semanas siguientes fueron un auténtico infierno para los voluntarios. En primer lugar, fueron trasladados a la clínica Lovelace, en Nuevo México, donde se les sometió a todo tipo de pruebas médicas y fisiológicas con el objetivo de llevarlos al límite, de modo que fueran descartados a la mínima prueba no superada.
Los que pasaron esas pruebas siguieron en con pruebas psicológicas, psiquiátricas y físicas en el laboratorio de medicina aeroespacial Wright-Patterson, en Ohio.
El resultado de esas semanas de pruebas fue una lista con los nombres de 18 «hombres de verdad». El comité reduciría esa lista a 6. Pero al final fueron 7 los elegidos. El 1 de abril de 1959, día de los inocentes en la tradición norteamericana, Charles Donlan, responsable de la selección de candidatos, llamó a Alan Shepard para comunicarle que había sido elegido. Elegido para la Gloria.

Walter «Wally» M. Schirra Jr., Alan B. Shepard Jr, Virgil I. «Gus» Grissom, Donald K. «Deke» Slayton, John H. Glenn Jr., Malcolm S. Carpenter y Leroy «Gordo» Cooper Jr.
El 9 de abril de 1959, los siete fueron presentados públicamente en una sala de prensa en el Dolley Madison House en Washington ante 200 periodistas.
Aquello fue una locura. En ese momento se convirtieron en algo más que los futuros astronautas, Se convirtieron en los héroes de América. En poco menos que dioses, Y eso tuvo un precio.
Todo el mundo quería saber de ellos: de sus familias, de sus gustos, de sus pasiones… y ocultar sus vicios.
El contrato de las Estrellas
La génesis del contrato de la revista LIFE con los astronautas del Proyecto Mercury varía según las fuentes utilizadas en la investigación. Todos los astronautas hicieron mención de ese hecho en sus autobiografías publicadas (o biografías autorizadas, ya que, al igual que los artículos que aparecieron en la revista, siempre había una mano o escritor dispuesto a cantar la gloria del héroe).
Por ejemplo, John Glenn habla en su biografía de que NASA había sido sobrepasada por el interés periodístico sobre ellos.
NASA planteó que debía haber una especie de cortafuegos que permitiera controlar qué información salía del grupo de los 7 astronautas (y de sus familias más cercanas).
Las propuestas de los medios a NASA debían ser aprobadas por la Casa Blanca, ya que los astronautas no dejaban de ser funcionarios públicos.
El Director de Relaciones públicas de NASA en ese momento, Walter Bonney, y el representante de los astronautas, Shorty Powers, propusieron que un afamado abogado neoyorquino, Leo DeOrsey, fuera el representante legal del grupo de astronautas. El elegido no era un desconocido en los corrillos de Washington, pues había representado al presidente Eisenhower en la redacción de su libro de memorias.
Y tal como empezamos este artículo, mencionaremos una nueva cena…
En agosto de 1959, Leo reunió a los siete astronautas y sus esposas en una sala privada de un exclusivo club de campo a las afueras de Washington. Al final de la cena se incorporó y dio los consabidos golpes de cuchara en su copa para llamar la tención de los presentes.
DeOrsay dijo que representarles como grupo iba a ser un reto apasionante. Ya había estimado qué dedicación laboral iba a suponer ese trabajo y si los astronautas le aceptaban (las esposas no tenían ni voz ni voto, al menos públicamente) solo iba a imponer dos requisitos
Leo DeOrsay, en la cena con los 7 (y las 7) del Mercury.«Primera, no aceptaré ninguna tarifa. Segunda, No se me reembolsarán los gastos en los que incurra al representaros».
Con estas condiciones, los afectados tardaron poco en aceptarlos.
Ese mismo mes, Leo negoció con diversos medios de prensa la exclusividad para contar sus historias y tener acceso a los hogares de los astronautas.
Ed Thompson, editor de la revista LIFE, fue la que hizo la mejor oferta:
LIFE puso sobre la mesa un contrato de 3 años (tiempo estimado de duración del Proyecto Mercury) por un importe de $500,000 a dividir entre las 7 familias.
Veinticuatro mil dólares anuales por familia, antes de impuestos. Una cantidad que duplicaba —e incluso triplicaba en algunos casos— el salario que los astronautas percibían como militares destinados al proyecto espacial.
No perdamos de vista que estos hechos ocurrieron en 1959. Un pasaje de la biografía de Alan B. Shepard refleja con claridad el pensamiento de Henry Luce, fundador y editor de la revista LIFE, acerca de la conveniencia de invertir medio millón de dólares de la época en algo que hoy puede parecernos trivial.
Henry Luce, fundador y editor de Life, consideraba uno de sus deberes cívicos promover la masculinidad de su país. Luce había dicho en una ocasión que su “misión” para la revista era «ver la vida, ver el mundo, presenciar grandes acontecimientos… ver cosas extrañas: máquinas, ejércitos, multitudes, sombras en la selva y en la luna». Se consideraba el retratista de lo que él llamaba el «siglo americano», y para ser el dueño principal de la historia del siglo, 500.000 dólares eran una ganga.
El anuncio del contrato y de la exclusividad que conllevaba se publicó en la propia revista en el número de 24 de agosto de 1959:

El primer pago de LIFE se realizó el 7 de noviembre de 1960, como puede verse en la carta enviada por C.D. Jackson de LIFE a Leo DeOrsay, representante de los astronautas. Como puede leerse, el segundo pago se retrasaría hasta que el primer norteamericano orbitara la Tierra. También hay una copia de la carta que Leo mandó a cada uno de los astronautas.


El agradecimiento de los astronautas a DeOrsey era tal que los siete portaron su ataúd cuando murió el 5 de mayo de 1965.

LIFE se encargaría de dar una visión edulcorada políticamente correcta de sus vidas. Presentó a los astronautas como unos perfectos boy-scouts que vivían en unas familias donde cada cual representaba el papel asignado por el modo de vida americano.
No todo el mundo en la NASA vio con buenos ojos este contrato —entre ellos Chris Kraft, primer director de vuelo de la agencia—, ya que exponía ante la opinión pública las vidas privadas (al menos, la parte que podía contarse) de los astronautas y de sus familias. Sin embargo, también tuvo efectos positivos: la exclusividad contractual permitió a las familias rechazar al resto de los medios, y los ingresos extraordinarios hicieron posible asumir los costes adicionales derivados de la representación pública —ropa, viajes, etc.— que el gobierno no cubría. Además, el contrato incluía una póliza de seguro de vida que ninguna aseguradora privada estaba dispuesta a ofrecer a personas que, de forma consciente, se sentaban sobre toneladas de combustible capaces de explotar en cualquier momento.
¿Por qué esta entrada de blog?
El motivo de esta entrada de blog es que en febrero de 2026 parte de mi colección de revistas de LIFE Magazine va a ser expuestas en el Museo Lunar de Fresnedillas de la Oliva (en la provincia de Madrid).

La historia reciente de Fresnedillas está ligada a los primeros vuelos de Apolo como una de las estaciones de control y seguimiento de las misiones tripuladas. Os recomiendo buscar información en internet y, mejor, id a visitar el Museo Lunar.
Hace unos meses contacté con los responsables del museo para ofrecerles en depósito los ejemplares que quisieran de mi colección de revistas. Para ello me acerqué un fin de semana con todas (porque tengo todas) para que eligieran cuáles iban a exponer.
La selección fue de diez ejemplares: cuatro números relacionados con el Programa Mercury, dos relacionados con el Programa Gemini y cuatro más relacionadas con el Programa Apolo.

Apréciese el gorro de pelo ruso con la insignia del número 1 (Yuri Gagarin)
Dado que en el museo estarán expuestas en marcos no se podrá ver el interior. Así que os he preparado las páginas de cada una de ellas relacionadas con la carrera espacial. Haciendo «clic» sobre cada portada podrás ver las páginas del interior.
Advertencia: Dado que el tamaño de la revista es mayor que un A4 y mi escáner es de ese limitado tamaño, he decidido usar las imágenes de acceso público que ofrece la New York Public Library para hacer la selección de las páginas relacionadas con el tema de este artículo. Al fin y al cabo la NYPL redirige a Google Books.
Programa Mercury
Las dos primeras portadas eran obvias para mí. Desde mi punto de vista son icónicas y representan el espíritu de los comienzos de la carrera espacial. Son las primeras tras la firma del contrato y han sido emuladas en cada una de las películas y series que han contado esa época.
Os traigo la misma foto tal y como aparecen en las distintas versiones cinematográficas y series de TV que se han hecho sobre el tema.



Las otras dos portadas del programa Mercury no han sido fácil de elegir.
En la primera aparecen los candidatos al primer vuelo suborbital del programa (de izquierda a derecha: Glenn, Grissom y Shepard), pero sin anunciar quién sería el primero. En la segunda, quien sería el primer norteamericano en órbita: John Glenn.
La portada del equipo alpha de astronautas puede verse apenas un segundo en la serie de Disney+ de 2020.

Programa Gemini
El programa Gemini es el gran desconocido del programa espacial norteamericano y, sin embargo, fue una pieza clave para el éxito del reto propuesto por el presidente John Kennedy.
La primera portada es la actualización de la portada de presentación del Mercury. Aunque en esta ocasión sin ser tan personalista (aunque en el interior si hay una foto de los nuevos astronautas al estilo del número de 1959).
Como anécdota decir que los astronautas que aparecen en la portada tenían el mismo nombre.
Los candidatos a astronautas para el segundo grupo de NASA fueron convocados en el Hotel Rice en Houston a finales de 1962. Todos debían registrarse en el establecimiento con el nombre de Max Peck.
La segunda portada es una de esas fotografías que pasarán a la historia. El primer paseo espacial norteamericano realizado por Ed White en la misión Gemini 4.
Ese ejemplar es especial para mí. Lo conseguí en una librería de lance en Praga una semana antes del encierro originado por la pandemia de 2020.
En el interior se incluye una foto de la protección térmica del guante de White justo en el momento de perderse en el espacio. Fue un satélite artificial durante un mes antes de incinerarse al reentrar en la atmósfera terrestre.

Programa Apolo
Tampoco era sencillo seleccionar cuatro portadas del programa Apolo.
Tras un pequeño debate vueltas, éstas fueron las elegidas.
La primera refleja un momento crítico del proyecto Apolo: El accidente en la rampa de lanzamiento de la cápsula durante una simulación. Los astronautas Gus Grisssom, Ed White y Roger Chaffee murieron en el incendio que se originó por una chispa de un cable eléctrico en la atmósfera de oxígeno puro del interior.
La segunda lleva el reportaje del lanzamiento del Apolo 11. Aunque se publicó cuando ya habían llegado a la superficie lunar.
Y las dos últimas portadas de la decena elegidas para el museo.
La de la izquierda es un número especial dedicado exclusivamente al Apolo 11 y a los hitos de todo el programa espacial que acabó con la llegada del hombre a la Luna.
Y por último, una portada dedicada al Apolo 13. El accidente del Apolo 13 fue, como dijo Gene Kranz, su fracaso exitoso.
Esta portada fue la última dedicada al espacio durante la época gloriosa de la carrera espacial. El público se había cansado de la rutina de los vuelos espaciales y parafraseando a un periodista que aparece en la obra de Tom Wolfe:
> ¿Sabes qué es lo que realmente hace que un cohete se eleve?
> Me llevaría mucho tiempo explicarte la aerodinámica que…
> Las subvenciones. Eso es lo que hace que tu cohete despegue. Tenedlo muy claro.
> No bucks, no Buck Rogers. — Dejo el original por el juego de palabras. Traducido viene a ser: No hay pasta, No hay Flash Gordon (héroe espacial).
El sueño se había conseguido y como todos los sueños se desvaneció en el olvido tras despertar.
Y más…
El resto de las revistas merecen el esfuerzo de incluirlas en una entrada.
Dadme tiempo y prometo ponerlas.
Lecturas adicionales
- Genesis of the International Geophysical Year. James Van Allen. doi.org/10.1029/EO064i050p00977-01
- NASA’s PR Campaign on Behalf of Manned Space Flight, 1961-63. James Kauffman. doi.org/10.1016/0363-8111(91)90006-7
- Flight. My life in Mission Control. Chris Kraft. ISBN: o-525-94571-7
- Light This CANDLE. The LIfe & Times of Alan Shepard. Neal Thompson. ISBN: 0-609-61001-5
- Deke! Donald K. Slayton & Michael Cassut. ISBN: 978-0-312-85918-3
- Astronaut wives club. Lily Koppel. ISBN: 978-0-755-36259-2
- Chasing Moon. Robert Stone & Alan Andres. ISBN:978-0-008-30786-8
- John Glenn. A memoir. John Glenn & Nick Taylor. ISBN: 0-375-70785-9
- Elegidos para la gloria. Tom Wolfe. ISBN: 84-473-0946-0
- Colección Revistas Life Programa espacial. @rafasith













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